Cuando nací no lloré. No me salía. No supe hacer lo que se espera de cualquiera al llegar al mundo. Empecé a ponerme morada y pasé mis primeras horas en esta vida en una incubadora de La Paz. Esto hizo llorar a mi madre, reacción esperable de cualquier madre. Hay momentos ―muy pocos― en los que llorar es lo normal, a nadie le sorprende, y la vida sigue sin que nadie repare o se incomode. Los paritorios son de esos lugares en los que casi todas las emociones y las formas de expresarlas son bienvenidas. El comienzo y el final de la vida se parecen en esto, también.Salí de la incubadora, como ya habrán intuido, crecí y sí, soy una llorona. Y una gran defensora del llanto; esto cuesta; a veces, incluso se me olvida y me boicoteo. Que un adulto llore no está bien visto, no se entiende, se interpreta como debilidad o infantilismo. Está más aceptado gritar que llorar. En una discusión, por ejemplo, no suele extrañar que el tono de voz vaya subiendo, que sea despreciativo, que se insulte o se sea grosero, lo que dota a la situación de dosis de violencia; sin embargo, si alguien suelta una lágrima, aparece un elemento disruptivo, hay quien colapsa y no sabe cómo tomárselo. A la mayoría le resulta difícil gestionar el llanto del de enfrente, y más si no es en una de esas pocas situaciones y motivos por los que se supone que es normal llorar. Y la rabia no es uno de ellos, pero ¡ay... cuánto se llora por rabia!, por aguantar esas respuestas y reacciones violentas, por morderse la lengua. Cuántos problemas mayores evitan esas lágrimas cargadas de cólera, esas que salen del lacrimal con peso, densas, llenas de furia. Si esto fuera literal, a su paso dejarían surcos quemados y profundos en las mejillas.A mucha gente le resulta difícil gestionar las lágrimas del de enfrente, son elementos disruptivosOtras frecuentes, pero poco normalizadas, son las que salen al hablar en serio. Sí, sí, el llanto por contar lo que se siente, por compartir cómo se está, qué problemas se tienen, las situaciones vitales por las que se pasa, por abrirse en canal... Me encantó una frase que oí el otro día de alguien que justo estaba haciendo eso, y no era en un círculo íntimo con poquísimas personas. Estaba exponiendo una situación y en un momento dado dijo que iba a llorar, que actuásemos como si nada; casi me levanto y aplaudo. Lo mejor: quienes estábamos allí lo entendimos perfectamente y eso hicimos: escuchar. Cuántas veces he sentido lo mismo: estar hablando de algo que te importa, y como te importa y te remueve, tu cuerpo reacciona llorando, pero claro, eres adulta, estás en un ambiente que no es íntimo. Te das cuenta de que te van a salir las lágrimas, llega un punto en que no las puedes controlar, la voz se te quiebra, lo intentas, pero ahí van... Se desparraman. Ojalá ese “voy a llorar, actuad como si nada”. Y que de verdad se comprendiera, se siguiera escuchando y teniendo en cuenta lo que se dice y no que se está llorando. Que no se entendiera llorar como fracaso. Defiendo las lágrimas; no como oda al llanto sin más, sino como reivindicación de esta forma de expresión, menos dañina y más sanadora que otras. No hay unas instrucciones para llorar. Sí, oso llevarle la contraria a Cortázar. Hay múltiples maneras de hacerlo, tantas como causas: soledad, desesperación, tristeza, alegría, dolor, angustia, miedo, desahogo, pánico, belleza, hambre, rabia, pena, sueño, desasosiego, agobio, cansancio, asfixia, amor, ira, impotencia, felicidad, oscuridad, pasión, frustración, debilidad, terror, vacío, plenitud, necesidad de atención, euforia, placer, risa, esfuerzo, castigo, ansiedad, amargura, nervios, victoria, odio, incomodidad, pérdidas, logros, emoción... Ya saben, acéptenlo y actúen como si nada.
Actúen como si nada
Una reivindicación del llanto como forma de expresión














