Actualizado a las 19:02h.
Cristóbal Cantos estaba durmiendo mal. Cualquier ingeniero del ICAI debe estar vacunado para la presión, la frustración, cierta injusticia en un cate. Estudiar mucho no te garantizaba aprobar. Ni los sobresalientes del colegio. Notas. Él había ido anotando lo que le quitaba el sueño. Esas ... inyecciones de dinero público en empresas sin estudiar a fondo sí lo merecían. Lo consultó con la almohada y con algún amigo íntimo. No podía pasar por eso. No estaba en su naturaleza, que le susurraría Marco Aurelio. Decidió grabar alguna conversación. Y así supimos que su jefa se refería a él como «alma de cántaro» cuando el ingeniero experto en finanzas se mostraba extrañado por la ausencia de informes para justificar las inversiones de la sociedad pública. Arrancaba el caso Invercaria en aquella Junta de Andalucía. 2012. Catorce años después, muchas piezas separadas más tarde, el caso acumula sentencias, condenatorias y absolutorias. Cantos volvería a hacer lo que Bartolomé Lora, vicepresidente de la SEPI, no hizo con la operación de rescate de Plus Ultra. Tragar. Estampó su firma en algo que apestaba, le hubiera tenido que decir un olfato financiero educado en Cunef. Asume la responsabilidad por una operación que ve legal, pese a los informes de subordinados sin firmar, a las carpetas vacías que la SEPI ha mandado al juzgado. Venía la idoneidad del rescate, eso sí, con informes externos de Deloitte. Que se lo haga mirar Deloitte, por cierto. Cajas de ahorro, Plus Ultra, cátedra de Begoña.














