Actualizado 11/06/2026 - 06:35h.
Se han examinado, han programado los últimos detalles de los interraíles de ahora, tan distintos a los de sus padres, y esperan hoy las décimas de la selectividad para entrar en los dobles grados, en el grado, que quieren. O que creen que quieren. O ... que les han dicho que tienen que querer. En ese que se ha puesto de moda. En Medicina, como antes sus primas más responsables, las hermanas mayores de sus amigas más empollonas. Mismo efecto de arrastre de principios de los 90 en las ingenierías pero ahora en Medicina porque, pese a las huelgas, a las guardias, ofrece un camino duro pero seguro, un maratón con meta. Y, desde allí, vidas distintas: dermatólogas de consultas boyantes como algunos pómulos o cirujanas plásticas como las de Barcelona que alivian el alzhéimer con cirugía. Con las décimas que abren o cierran grados acaba una cobertura informativa de la selectividad cada vez más intensa que, sin embargo, no logra que cuajen soluciones a los problemas apuntados hace años por la profesora de Estadística de Valladolid Cristina Rueda, la primera que puso el dedo en la llaga de las distintas selectividades por comunidades para acceder a un único distrito. El problema sigue ahí, atenuado por cierta cooperación entre comunidades del PP. Pero no es el único. Hay una clara inflación de sobresalientes en las notas de bachillerato, mientras los resultados en las pruebas internacionales nos indican que el nivel en Matemáticas y en comprensión lectora no es de matrícula de honor. Las razones de esa inflación de notas son variadas, entiendo, pero básicamente habrá profesores sin ganas de enfrentarse a padres sobreprotectores de una prole cada vez más reducida. Si cada vez más padres hacen los deberes con los niños, las notas también son en parte a ellos. Las décimas que salgan hoy importan en un sistema con universidades privadas que no paran de crecer por sus contactos –entre los alumnos, con las empresas–, con públicas de provincias que apenas exigen aprobar para muchos grados a las que pocos quieren ir y sin ninguna española entre las mejores del mundo, otro tema ausente del debate político que, con razón, monopoliza el olor nauseabundo de una cloaca que lidera un presidente del Gobierno doctor con una tesis sospechosa. El sistema tiene fiebre y muestra síntomas de desidia, endogamia, meritocracia falseada, mediocridad enquistada y poco cuidado a las islas de excelencia. Pero, cuando hoy aparezcan las notas y las décimas, se pasará de página hasta el año que viene. Y, pese a la narrativa informativa de estos días, que habla de chavales a los que «les va la vida» en esta prueba, no es para tanto. La vida es mucho más. Aunque esas décimas importen y hacerlas más justas debería ocupar a quien está en comprar a los jóvenes con billetes de tren baratos que llegan a destino con cada vez más retraso.












