Decía el personaje de Kate Winslet en La vida de David Gale que no había que fiarse nunca de los bares que fotografíen en su carta los platos que ofrecen. De esa costumbre de exponer bravas, calamares o bocatas con mayonesa, decía nuestra reina de Titanic, es mejor pasar. No siempre lo aplico, pero cuando lo hago me ensimismo con la idea de descubrir cómo será esa ensalada de brotes con pulpo que describen en el menú, aunque luego una lechuga de bolsa me devuelva a la cruda realidad. El papel todo lo aguanta... De lo que escribimos que haremos a lo que luego acabamos haciendo: que le pregunten si no a la clase política, que manuales de un futuro dorado escampan por doquier para luego acabar condenándonos a la mediocridad. El desencanto, que me dura.Cubiertos de plástico Xavier Cervera / PropiasPero hay gente que cuenta bien las cosas, que las prepara bien y las sirve con mimo. Es la gente sencilla, esa a la que quiero en mi mesa. Ese bar de barrio que te planta las mejores croquetas y que si tarda con las rabas te pide mil veces perdón, la ensaladilla sin deconstrucciones ni embustes, como bien la sirven en mi querido Alicante. La buena cocina que hemos visto pocharse en casa y que a veces, si tienes suerte, te encuentras cuando sales a cenar. Por eso leo con atención a Paco Alonso: su recomendación de Ultramarinos Huerta fue de los mejores aciertos en mi ranking reciente. Como nos está pasando con los comercios, diseñados pensando en el turista, la restauración también está perdiendo esa aura propia, local, auténtica. Tanto QR para enseñarme el parmentier de patata y el coulant de chocolate que tienen todos los bares de la misma acera, cuando lo que necesitamos es ese menú del día que nos salve de la rutina y la nada. La cocina también nos define, nos coloca. Evoca lo que fuimos y dónde estuvimos, nos habla del presente y del futuro. Nos permite reunirnos, querernos, ¡salvarnos!Tengo un amigo que estos días trabaja puliendo el que será su nuevo local. Un restaurante pequeño donde hará sus alquimias esperando que el comensal se siente a la mesa con la misma tolerancia con la que él se enfrenta a cada plato. En su buen hacer hay mucho de su nonna, y habrá otro tanto de aquel viaje, hasta de nuestra conversación. Son los platos los que hablan por nosotros muchas veces: mi abuela cocinaba el pescado con el mimo de quien filetea el mejor atún de la Almadraba y aquel manjar suyo era lo último, lo más barato, que quedaba en el mercado. Porque de la humildad, y del amor, salen siempre las mejores recetas. Me acordaba hoy de la buena cocina porque tengo el libro de Alonso en la mesa, un mensaje de mi amigo cocinero, Yelel Cañas, por leer y el sabor de aquel arroz con marisco de mi abuela merodeando mi memoria. Sigamos cocinando, por mucho que haya quien nos diga lo contrario.Redactora en la Comunidad Valenciana. Escribe de actualidad empresarial y sociedad. Ha trabajado en VIA Empresa y Canal 9, y fue becaria en Las Provincias. Es licenciada en Periodismo y Comunicación y tiene un Máster en Periodismo Digital