A propósito del revuelo generado por las palabras de los Javis en Cannes, afirmando que el fascismo asesinó a Lorca por ser gay, subí una publicación a mi perfil de Instagram en la que advertía que poner en primer plano la persecución histórica de los homosexuales en España no es reescribir la historia, sino exponerla a la luz; una luz que muchos prefieren no mirar por temor a lo que puedan ver en ella.

En el post escribí literalmente: “A Lorca lo asesinaron por tener el descaro de exhibir con orgullo el esplendor de su diferencia; es decir, porque era todo lo que odia un fascista: un hombre libre, un poeta extraordinario y un gran homosexual. La furibunda reacción ante el triunfo de los Javis en Cannes confirma que, un siglo después, el sector más reaccionario de este país sigue arrojando las mismas piedras contra los artistas que se atreven a mirar de frente nuestra memoria. Esta España sí”.

Lo que sucedió inmediatamente después supuso la constatación de la tesis del post: la súbita aparición de los heraldos del fango, orquestados con inercia robótica, acudiendo con pacato furor a, de nuevo, amordazar la verdad. Una vez más, la vieja letanía de la ocultación. La sección de comentarios se pobló urgentemente de un tropel de aclaraciones desesperadas por desmontar el relato.