En el Bar Casino, en Cornellana, venden un sencillo bocadillo que nació el siglo pasado, triunfó gracias a los pescadores de salmón y se ha consolidado como una parada obligatoria en el Camino Primitivo de Santiago
Poco se habla de la invasión silenciosa de los toldos despersonalizados. No sabemos el momento preciso en el que las marcas de cerveza, de vermú, de vino o de lo que sea comenzaron a acaparar el paisaje visual de las calles, uniformando las fachadas de nuestros bares. Vale, sí, los contratos de exclusividad son muchas veces fundamentales para la subsistencia, pero qué pena que los logos acaben con la identidad viejuna. ¡Maldita vida moderna!
Echamos de menos los lemas impresos que son una declaración de intenciones como “Especialidad en bocadillos”, que es lo que lees junto a “Café Casino” en la lona granate que cubre la terraza de este bar de Cornellana, un pueblo de apenas 700 habitantes del concejo de Salas, en Asturias.
Nos pirran los bares por los que no ha pasado el tiempo, y en el Casino van sobrados de solera. Reúne todos los checks del viejunismo bien: barra de acero inoxidable pulida por miles de codos, mesas que han conocido infinitas tertulias, servilleteros de metal que resisten invictos al paso de las modas, y, sobre todo, expositores repletos de pinchos con pintaza. No busques aquí tostadas de aguacate.






