Dicen los que saben que el protagonista de esta historia es el trompetista argentino más respetado por los músicos de jazz de Nueva York. Cualquiera que lo haya escuchado en esos solos imposibles entendería el porqué de semejante distinción, y más de uno caería en el embeleso.

Mariano Loiacono nació en Cruz Alta, Córdoba. En su casa la música era inevitable, sus padres tocaban la guitarra por placer, y las reuniones, donde solía juntarse mucha gente, terminaban siempre con las infaltables guitarreadas. “Yo tenía cinco o seis años y ya tocaba un poco la guitarra y me la pasaba cantando Mercedes Sosa. Tenía un casete de ella y lo cantaba de punta a punta. En la pileta del pueblo me pagaban con helado para que cantara. Me paraban arriba de la mesa y yo cantaba sin ningún problema. También escuchaba a Serrat, Zitarrosa, Atahualpa, Eduardo Falú”, recuerda.

A los ocho años comenzó a tomar clases de piano con una maestra del pueblo, Edith, una vasca. Tenía facilidad, pero no le gustaba mucho. Hasta que descubrió el sonido de la trompeta. “De chico mi viejo tocaba la trompeta en la banda municipal del pueblo, pero había dejado de tocar y la trompeta había quedado guardada. Yo nunca la había visto y un día mi mamá limpiando la encontró. Mi papá se puso a tocar y yo quise probar y me salió enseguida”, cuenta. Le faltaba una semana para cumplir los 12. Entonces, lo mandaron a estudiar trompeta a la Escuela de Música Silvio Agostini, de Cruz Alta. Ahí sí le encontró el gusto, sobre todo cuando pudo integrar la banda de la escuela. A los 14 ya viajaba solo a Rosario para tomar clases con el solista de la Sinfónica de Rosario. Y, más tarde, en Buenos Aires, se perfeccionó con Fernando Ciancio, solista de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires.