Afuera, en la Séptima Avenida, hay una larga cola para ver el show del saxofonista David Murray presidida por la luz roja de ese neón incombustible. Pasan los años y las modas, pero ahí sigue esa imagen tan icónica de Nueva York. Una vez se desciende por la escalera y se entra en la sala del Village Vanguard, se tiene la sensación de acceder a un sitio de otro tiempo. Desde el fondo, con esa iluminación tenue, el concierto del quinteto de Murray crea la sensación de estar todavía en los sesenta.En una metrópoli tan mutante, este reverenciado paisaje del jazz neoyorquino conserva casi intacta su identidad, con esa sensación de cueva y el entarimado al fondo. Este club ejerce hoy de símbolo de resistencia contra la transformación de la Gran Manzana y de una codicia inmobiliaria a la que le importan poco los mitos.Ese poso se certifica con esas paredes repletas de fotos de leyendas, casi todas en blanco y negro. Una de las primeras que se observa es de Miles Davis. “De él solo tenemos esta”, señala un empleado. A diferencia de otros cracks musicales, Davis no aparece tocando su instrumento, la trompeta, pero su sonido todavía resuena en este escenario, uno de los lugares esenciales en su carrera.El Village Vanguard adquirió el rango de templo del jazz moderno a partir de finales de la década de los cincuenta bajo la propiedad de Max Gordon. A su muerte, en 1989, tomó las riendas su esposa Lorraine, que mantuvo el espíritu. Tras su desaparición, en el 2018, lo dirige la hija de ambos, Deborah Gordon, con idéntica pasión. A Miles Davis, de quien este 26 de mayo se conmemora su centenario, le sorprendería ver que casi todo está igual que por aquellas fechas de 1958 en que debutó en este recinto. Llevaba dos años tocando en el Cafe Bohemia cuando Gordon lo fichó.“Las multitudes que venían a vernos al Bohemia simplemente se trasladaron al Vanguard y hubo llenos totales mientras estuvimos allí”, recuerda Miles en su autobiografía de 1989. En un periodo en que ya se había enganchado a las drogas –“inyectarme heroína cambió por completo mi personalidad, y me transformó de una persona amable, tranquila, honesta y atenta en alguien que era todo lo contrario”–, reconoce que se mudó de club por una única razón: el dinero. “Max me dio mucho más dinero. Antes de empezar le dije que me tenía que dar 1.000 dólares por adelantado, en efectivo, o no actuaría”, señala.El Village Vanguard, mítico club de jazz neoyorquino, luce como una reliquia de aquella épocaEntre sus recuerdos figura una noche en la que, actuando en el Vanguard, Gordon quiso que tocara acompañando a una cantante. Miles le respondió que ni hablar, pero se lo diría a Herbie (Hancock), que sí aceptó el encargo.“Le pregunté a Max que quién era esa mujer, cómo se llamaba. Me respondió que se llamaba Barbra Streisand y sería una estrella realmente grande. Así que cada vez que la veo hoy en alguna parte, digo ‘maldita sea’ y simplemente niego con la cabeza”, rememora en su relato.Cuando Miles bajó esa escalera que lleva al Vanguard, bajo el mismo neón, llevaba unos 14 años en Nueva York, donde llegó desde San Luis, donde se crio, para estudiar en la exigente Juilliard School, si bien pronto se interesó más por la verdadera escena jazzística de la ciudad que por las clases.Tocaba por clubs de Harlem y, sobre todo, entró en contacto con Charlie Parker Bird y Dizzy Gillespie, sus referentes en la era del bebop. Además de Vanguard y el Bohemia, su trompeta resonó en el Birland o el Blue Note.Nueva York, que le sirvió de ida y vuelta, ejerció de lugar formativo clave en su carrera. Su forma como referente mundial. De ahí que muchos expertos consideren que Miles Davis es uno de los hitos musicales más representativos de la cultura del jazz neoyorquino. Muchas de las grabaciones más significativas de su carrera se realizaron en estudios de Nueva York, incluidas sesiones para álbumes tan representativos e inolvidables como Kind of blue o Bitches brew.En la Gran Manzana aprendió su arte de la improvisación y de reinventar una disciplina. Bird fue su inspiración.
Miles Davis, allá donde se forjó la leyenda
Llegó en los años cuarenta a Nueva York, donde se fogueó y dio forma a su arte













