Su mirada felina ha puesto rostro al jazz junto a la sonrisa bonachona de Louis Amstrong, y su música ha definido el género prácticamente desde que se crió, un siglo atrás, en la ribera este de San Luis, junto al Misisipi. Miles Davies fue el músico que revolucionó el mundo del jazz, ese término del que renegaba por limitador, y de paso el de la música en general. Lo hizo además cuatro o cinco veces, como él mismo recordó a una invitada en una cena de gala en la Casa Blanca cuando la señora le preguntó por qué estaba allí. “¿Y usted, qué ha hecho para estar aquí aparte de ser blanca?”, remachó el trompetista de San Luis, conocido por tener pocos pelos en la lengua.Resulta imposible glosar el papel de Davis en unos párrafos, como imposible es contar las veces que utiliza el término”hijo de p.” en su autobiografía (Alba editorial) donde habla sin tapujos de una vida errática en la que conoció el cielo del éxito y el infierno de las drogas. Condujo Ferraris y durmió de prestado en casas de músicos a quienes robaba los instrumentos para conseguir heroína, como hizo con la trompeta de Clark Terry. Entre uno y otro extremo parió Kind of blue, considerado el disco por antonomasia del jazz, revolucionó la fusión con Bitches brew y arropó bajo su égida a una legión de músicos que se convirtieron a su vez en referentes del género, de Bill Evans a Marcus Miller, John Coltrane, Herbie Hancock o Ron Carter. Algunos de ellos visitarán Barcelona el próximo julio para homenajear al trompetista en el concierto We want miles del festival de Jazz de Barcelona, con la presencia de antiguos colaboradores como Miller, el saxo Bill Evans o el guitarrisa Mike Stern.“Davis dio tres o cuatro giros espectaculares en el jazz, cambió la manera de jugar desde que pasó de pensar en acordes a hacerlo en escalas con el jazz modal”, apunta Pere Pons, autor de Miles Davis: Sketches of Catalonia (Enderrock). “Con determinados arreglos podía coger melodías de toda la vida y transformarlas en nuevas composiciones”, añade de un artista “que no tuvo miedo de adaptarse a los tiempos sin perder su identidad. Dio un lenguaje musical a cada cambio social, estético o político que se produjo”, por eso tiene claro que “del rock al hip-hop, del funk al soul, Davis es un icono absoluto para toda la música desde los años 50 hasta nuestros días”.Discípulo en su juventud de Charlie Parker y Dizzie Gillespie, Davis se rodeó a lo largo de su carrera de músicos jóvenes con gran talento, desarrollando una relación antropofágica con ellos. “Se alimentó del talento de unos jóvenes que luego tuvieron grandes carreras como líderes, y que se alimentaron de la música de Davis. Eligió a quienes podían hacer la música que él quería, y a cambio los músicos crecieron con su propia identidad”.La fama del príncipe de las tinieblas, como se conocía a Davis por su fama de malcarado, se extendió por el mundo gracias a trabajos como Birth of the cool, donde rompió con el bebop, Kind of blue y Sketches of Spain, fruto de su interés por la música española y en particular el ‘Concierto de Aranjuez de Rodrigo’. “Desde finales de los 40, a Davis se le conocía en los pequeños círculos jazzísticos de Catalunya como el Hot Club de Barcelona, o también el de Madrid. Era un personaje que hacía de las suyas junto a Parker y Gillespie”, rememora Pons sobre los prolegómenos de la primera visita allende los Pirineos, en 1967, invitado por el propio Hot Club para actuar en el Palau de la Música. Una actuación que jamás llegó a realizar, pues huyó con lo puesto de la ciudad descontento con el dinero que debía cobrar y deseoso de encontrarse en París con la amada Juliette Greco, dejando en Barcelona a su banda formada por Ron Carter, Wayne Shorter, Tony Williams y Herbie Hancock, que sí actuaron entre el deleite y la decepción del público.La siguiente visita de Miles a la ciudadCondal, en 1973, corrió a cuenta de Valentí Grau, veterano de la escena íntimamente vinculado a la JazzCava de Terrassa, que se encargó de acompañar al músico por Bocaccio, el Drugstore de Tuset y la sala Zeleste, donde le presentó a Tete Montoliu. “Hablaron un par de minutos y ya está”, recuerda Grau, que se vanagloria de haber asistido a todos los conciertos de Davis en Barcelona, además de haberlo presentado en su actuación del Palau d’Esports de 1981.“Era un tío durillo, con la mirada te fulminaba”, recuerda Grau tirando de una imagen tan difundida como discutida es por Julio Martí, el promotor que durante los años 80 trajo a Davis varias veces a España, incluido el concierto de 1988 en Madrid donde se desmayó tras dos horas de actuación. “Volvíamos al camerino los dos solos cuando se desmayó y no le encontraba el pulso”, recuerda Martí, que además es médico. Fue a él a quien dijo la histórica frase: “no me dejes morir aquí, mándame a casa”, a lo que respondió con el lenguaje lleno de insultos que empleaban: “you motherfucker won’t gonna die here” (tú no vas a morir aquí, hijo de p...).“Era un personaje muy dicharachero”, recuerda Martí, “pero tenía ese problema en la voz, hablaba bajito porque le operaron de la laringe y fue incapaz de seguir las instrucciones del médico, le dijeron que callara pero ¿Quién calla a Miles Davis?”. Adicto a multitud de drogas, cuando el promotor le conoció era “una farmacopea viviente”, viajaba con un cargamento de medicinas que ingería todo el tiempo y mezclaba con la insulina, pues era diabético. No sorprende el hábito que tenía de llamar a Martí de madrugada para que fuera a su habitación y hablar de cualquier tema, “cosas inconexas, mezclaba de todo, de la familia a la música, cambiaba de tema sin parar”.Con sus bandas, Davis mantenía una buena relación desde su papel de autoridad moral. “Todos se referían a él como chief”, un papel que representaba antes de salir a tocar: “llamaba a los músicos a su camerino uno a uno para hablar con ellos, no había grupito”, recuerda Martí, aunque tenía sus favoritos como Al Foster o Vince Wilburn, su sobrino, al que se llevó de gira como batería. “Quería estar al día de todo lo que pasaba, especialmente de lo musical, por eso encontraba a aquellos músicos”. El autor de Sketches of Spain también tenía interés por el flamenco, que descubrió a través de su novia Frances. “En el coche escuchábamos a Camarón o Kiki Morente”, recuerda Martí.Poco amante de la prensa, no pudo evitar encontrarse a cientos de periodistas durante su primera rueda de prensa en Madrid en 1983, en el hotel Palace, “había cientos de personas, fue una de las más multitudinarias en décadas”, recuerda. Su actitud se debía en parte al trato que había recibido por ser negro, “tenía muy viva la situación racial aunque a nivel personal, no público”, destaca Martí, a quien le decía “eres jodidamente blanco, pero me gustas”.El bajista Carles Benavent no tuvo tanta intimidad con el legendario trompetista, pero puede contar que tocó con él en el festival suizo de Montreux, en 1991, uno de los últimos conciertos que Davis dio en su vida organizado por Quincy Jones. Gil Godstein, mano derecha del mítico productor, contactó con Benavent. “Fue un sueño, estaba en mitad del escenario, detrás de Miles, y me dio la mano al terminar, algo que según me dijeron no acostumbra a hacer. Me llevé este premio”, recuerda.En aquella velada, una de las pocas en que el músico interpretó una retrospectiva de su carrera, el bajista catalán interpretó Soleá y The Pan Piper, del disco Sketches of Spain. “Todos los que hemos tocado jazz o cosas parecidas lo tenemos presente, en la época de la banda Máquina lo escuchamos bastante, Bitches brew o Kind of blue, que intentábamos conseguir en vinilo”, añade el único músico allende los Pirineos que tocó con el trompetista.“Miles ha sido un referente para cualquier músico de jazz, ya sea trompetista o instrumentista en general”, comenta la también trompetista Andrea Motis. “Se sentía precursor de varios estilos y tenía una gran ambición, por eso le gustaba su cometido de adaptarse a la actualidad, al mundo cambiante en que vivió y convivir con las influencias del momento”.En este camino, Motis destaca la actitud que tenía el trompetista por encima de su calidad como intérprete, “no le daba importancia a los errores, algo con lo que conviven todos los músicos, el juicio de lo que es correcto o incorrecto. Desde una óptica tradicional puedes encontrar muchos errores en sus discos y directos, pero él jugaba con esta decepción mezclada con su actitud, no sabías si se había equivocado o lo hacía a propósito, le daba igual”.Trompetista precoz al igual que Davis, Motis comprende el carácter mordaz del músico. “Tocar la trompeta es sufrido, al inicio es difícil y eso hace que los trompetistas tengamos un punto irónico, humorístico”, destaca. “Estás muy expuesto, el riesgo de cometer errores que se noten mucho es alto”, de ahí que todos los trompetistas compartan este cliché, también Davis, “es una forma de supervivencia, la gente se vuelve chula porque pasas mucha vergüenza”.Amante del boxeo, pintor empedernido y dandy adicto a renovar su vestuario, Miles falleció en 1991 con 65 años, pocos para quienes deseaban seguir escuchándole, pero muchos para una vida que pasó apretando siempre el acelerador, como le gustaba hacer con los Ferrari que poseyó. Pero si algo le impulsó en la vida fue la música, como recuerda en el inicio de sus memorias: “La sensación más fuerte que he experimentado en mi vida (con la ropa puesta) fue cuando oí por primera vez a Diz y a Bird juntos en St. Luis, Missouri, allá por 1944”.