Basta conocer la habitual caminata de Carmelo Hernández entre su casa en la calle del Guerrero y Las Tablitas, dos puntos dentro de Getsemaní, para entender la identidad de este sector de Cartagena donde conviven el vértigo cosmopolita, los ecos del antiguo arrabal rebelde y una vida barrial que sobrevive entre vendedores ambulantes, turistas de todo el mundo, y hoteles y restaurantes funcionando en casas centenarias.Carmelo Hernández, artista plástico de 63 años, visita semanalmente Las Tablitas, una tienda entre las calles Las Palmas y Las Chancletas que se llama así por las tablas viejas y azules que la revisten. La casa se volvió un ícono al conservarse tal cual la construyeron hace más de 100 años, cuando el tren aún pitaba y los rieles hacia el río Magdalena bordeaban el barrio. Cada día, este punto se llena de un público dispar: desde carretilleros o jugadores de dominó, hasta nativos y extranjeros que se unen a tomar cerveza y a dejarse llevar por la brisa y la música: “Las Tablitas es el punto de encuentro no solo de Getsemaní sino de Cartagena. Van abogados, ingenieros, personas que hacen teatro, pintores, músicos, gente nativa del barrio, de acá de Cartagena, de otros países. De todo. Se pasan ratos muy amenos, charlando, conociendo gente nueva. Y se forman tremendas rumbas”. Sus días favoritos son los jueves y los sábados. El punto de partida es su casa de toda la vida en Getsemaní, el lugar de sus primeros trazos y donde ahora pinta de día y dibuja en las noches. Queda en el pasaje Spath de la calle del Guerrero, un corredor cultural lleno de arte.Cuando lo deja atrás con destino a Las Tablitas lo primero que se encuentra es la Plaza de la Trinidad, donde se fraguó la Independencia de Cartagena en 1811, y donde Carmelo ha tenido libertad artística. Al transitarla, se reencuentra con los personajes de Getsemaní cotidiano, los colores de mi barrio, una de sus obras. Sobre todo, con vendedores de tinto, fruta o pescado que en su momento supo plasmar en acuarelas. El tiempo entre su casa y Las Tablitas, normalmente de cinco minutos, se extiende cuando se detiene a ponerse al día con este y el otro: “Hay un gaitero que aparece en mi trabajo. En una lo pinté cansado, doblado, y en otra, tocando la gaita y la maraca. Se llama Pedro Luis. Hay otro que es guitarrista. Es argentino y toca la música de Carlos Santana. Y hay un saxofonista, ese funciona en horas de la noche. A todos los saludo, todos son amigos”.Mientras conversa o debate sobre los problemas del barrio con conocidos, siempre habrá mucho sucediendo a su alrededor: malabaristas y pirómanos jugándose la vida por una propina, el batir de las cocteleras de bares aledaños incitando a un trago, turistas con sus cámaras junto a los grafitis en paredes antiguas, pitos por el tráfico, niños y palomas revoloteando, mendigos en el rebusque cerca de la parroquia, el sonido de campanas del vendedor de helados o el del llamado a misa, bailarines pidiendo monedas a cambio de pasos de break dance. En fin.Vista aérea del vibrante barrio de Getsemaní, en Cartagena. Foto: Todayphoto - stock.adobe.comTodo ese revuelo se puede apreciar con claridad desde la esquina que une la calle de La Sierpe con la de San Antonio. Allí funciona el restaurante El Solar en una elegante casa de dos pisos y con vista a toda la plaza. Fue fundado en 2015 por Tom, un belga que trabaja en informática, y su pareja Emelis, una chef cartagenera. Su carta combina sabores del Caribe y Europa.Cindy Hernández, gerente y una de las socias del restaurante desde hace dos años, lo disfruta a diario. “La vibra en la plaza es muy musical. Se oye salsa, merengue, hip hop, ritmos latinos o jazz. Suenan en los restaurantes o por los cantantes que pasan por acá. También vienen raperos, bailarines, el que imita a Michael Jackson, el que hace de Shakira y el que canta igual a Héctor Lavoe. A veces hay eventos culturales de cumbia en la plaza o pasan bandas colegiales”.Aunque Cindy creció en Blas de Lezo, otra zona de Cartagena, su vínculo con Getsemaní siempre ha sido especial. Su colegio la llevaba al cine en los teatros que quedaban en el barrio, cerca del Parque Centenario y donde ahora funciona el Four Seasons. Ese sector era el escape hacia otros mundos. También el recordatorio de que lo mejor era andar acompañada…“Hace unos 12 años había temas de prostitución, drogas, peleas. Había calles muy oscuras. Eso fue cambiando. Llegaron otro tipo de negocios que fueron dándoles vida a casas abandonadas. Todo se volvió más familiar”, afirmó Cindy. “Ahora hay restaurantes, puestos de comida rápida, cocteles en la calle y gente en los andenes. Yo digo que este es de los barrios más felices de Cartagena. Sino el más feliz”.Y agrega: “Ahora incluso hay un Four Seasons que representa calidad y nos trae un tipo de turista con mayor poder adquisitivo y más eventos. Eso nos impacta positivamente. Cada vez se siente más seguro el barrio. La gente puede caminar tranquilamente por aquí”. Pero Carmelo aún no se siente del todo satisfecho. Ni con la modernización ni con el orden público. Eso no le imposibilita reconocer que la seguridad ha cambiado drásticamente. De niño, salía temprano a las calles a seguir las gotas de sangre en el piso que lo llevaran al nuevo lugar de los hechos. Y en la Plaza de la Trinidad también vivió momentos de angustia, como cuando presenció un asesinato con puñal hace unos 50 años. “Al llevar toda una vida viviendo en Getsemaní, he visto cómo ha pasado de ser un barrio peligroso a uno de los más icónicos a nivel nacional e internacional”, expresó. La seguridad dejó hace años de ser la principal preocupación. Ahora su mayor miedo es que las circunstancias lo obliguen a mudarse. Y es el mismo miedo de muchos vecinos: que la llegada de grandes establecimientos termine haciendo impagable la vida diaria. El Cedro Rojo Después de dejar atrás la Plaza de la Trinidad para seguir hacia Las Tablitas, Carmelo se adentra en la calle del Pozo, que para él es lo mismo que seguir conversando con su obra. Ese corredor inspiró algunas de sus acuarelas: casas coloniales convertidas hoy en locales y entradas a otras calles icónicas techadas por sombrillas multicolores o banderitas tendidas entre fachadas enfrentadas. A la altura del callejón Ancho trabaja un conocido getsemanicense que comparte el mismo miedo de Carmelo. Se llama Dávinson Gaviria, y desde hace años se vio obligado a dejar de ejercer la carpintería para administrar su bar Carpintero Social Club.“El miedo a la gentrificación siempre ha estado. Hay lugares cercanos, como la ferretería, que han sido desalojados recientemente. Les pidieron el local porque el canon de arrendamiento tiende a subir todo el tiempo”, afirmó Dávinson, de 46 años. La transformación del barrio no lo ha podido sacar. El lote donde oficiaba como carpintero bajo las sombras de un roble y un níspero que nacía en un patio vecino, lo convirtió hace 12 años en el bar que hoy administra. Su mayor distintivo es la coctelería con guiños a su primera vocación. Por algo hay un trago que se llama cedro rojo. Lleva vodka y jugo de naranja y granadilla, y enaltece la madera de ese árbol que era la que más trabajaba como carpintero.Aunque los getesemanícenses celebran la llegada de nuevos hoteles y comercios, y una mejor seguridad, su miedo ahora es que la gentrificación los obligue a mudarse. Foto: Adobe StockOtro distintivo es la ubicación. El callejón Ancho lleva ese nombre en realidad porque es solo un poco más amplio que el callejón Angosto, paralelo en la siguiente cuadra. Pero no obsta para que su reducido espacio esté lleno de vida, especialmente después de las dos de la tarde cuando se va copando de pintores con sus bastidores, artesanos, bailarines, cantantes, mesas con los tradicionales jugadores de parqués, dominó y cartas, y turistas en busca de comida, cocteles y una fiesta que parece interminable.El sueño de Dávinson es vivir para siempre ese carnaval diario que alberga su calle: “No veo una vida sin este barrio. Aquí tengo mi familia, mi fuente de trabajo. La seguridad no la sientes en otro lado. Acá puedes tener tu puerta abierta, los comercios no tienen rejas y puedes sacar tu celular. Son cosas que no tienen precio. Aquí nací y aquí me quiero morir”.En Las TablitasDespués de dejar atrás las entradas de los callejones, Carmelo ingresa por fin a la calle de las Chancletas, otro pasadizo por el que solo pasa un carro a la vez. Avanza entre murales y grafitis, casas restauradas a lado y lado, y por entre la multitud frente a la tienda. Se escuchan todos los acentos. Hay desde cartageneros de a pie hasta franceses tomándose fotos.“Ahí se han hecho muchas fotografías para reinas y comerciales de cosas tradicionales de Cartagena. Cada vez es más conocido este punto. Ahí uno conoce gente nueva todo el tiempo”, explicó Carmelo. Las Tablitas representan bien la naturaleza de Getsemaní: confluyen con tranquila armonía la nostalgia por las costumbres y el frenesí del consumismo moderno. Y no importa que haya tan poco espacio entre andenes. Aquí parece que todavía caben todos.
Bares, música y arte en cada esquina: la historia de Getsemaní, el barrio más feliz de Cartagena
En cada uno de sus rincones y estrechos callejones ocurren, al mismo tiempo, historias tan apasionantes como difíciles de creer. Habitantes, comerciantes, turistas y artistas, así lo confirman: “Es el barrio más feliz de Cartagena”.









