Se estima que fue en la primavera de 1336 cuando Petrarca –inspirado por el ascenso que el rey Filipo de Macedonia hizo de los montes Hemo, en Tesalia– le escribió a Dionisio da Burgo San Sepolcro, monje agustino y amigo suyo, la célebre carta en donde el poeta le narró su expedición al Monte Ventoso (Mont Ventoux), en la Provenza francesa, junto a su hermano Gherardo. El relato, considerado como uno de los textos fundacionales del Humanismo renacentista, extiende su eco más allá de su propio tiempo, ya que en él es posible bosquejar las huellas de un estado anímico cuyas raíces parecieran estar expandiéndose en nuestros días. Una vez alcanzada la cumbre de la montaña, Petrarca describe cómo experimentó, fruto de la “insólita ligereza del aire y el escenario sin límites” que se desplegaba ante sus ojos, una privación de sentido, como si el mundo visto desde arriba lo hubiese arrojado fuera de sí. Frente al espectáculo de las nubes bajo sus pies, el Olimpo griego, al que sólo conocía por sus lecturas, le llegó a parecer menos increíble. Embargado, cuenta el poeta que tomó las Confesiones de San Agustín y abrió una página al azar. Leyó en voz alta para que su hermano pequeño escuchara: “Y fueron los hombres a admirar las cumbres de las montañas y el flujo enorme de los mares y los anchos cauces de los ríos y la inmensidad del océano y la órbita de las estrellas y olvidaron mirarse a sí mismos”.Estupefacto, cerró el libro y guardó silencio, para luego experimentar enfado consigo mismo: como si el pasaje hubiese estado destinado a ser leído en esa cumbre y en ese mismo instante, el filósofo italiano constató ese mismo olvido que escribió el obispo de Hipona. Incluso entonces, escribe Petrarca: “Había estado admirando las cosas terrenales, yo que ya para entonces debía haber aprendido de los propios filósofos paganos que no hay ninguna cosa que sea admirable fuera del espíritu, ante cuya grandeza nada es grande”. Petrarca tuvo que perderse en la grandeza de dicha cumbre para caer en la cuenta de “cuán faltos de juicio están los hombres, pues descuidan la parte más noble de sí mismos, se dispersan en múltiples cosas y se pierden en vanas especulaciones, de modo que lo que podrían hallar en su interior lo buscan fuera de sí”. Seis siglos después, Kundera nos dirá lo mismo a través de Jaromil, ese joven pintor que crece creyendo que es el artista elegido y predestinado a la grandeza, pero cuyo lirismo y ciego entusiasmo juvenil lo llevarán no sólo a ser incapaz de ver el ver horror subyacente al totalitarismo, sino también a la constante insatisfacción humana de creer que la verdadera existencia –y la vida, finalmente– ocurre siempre lejos de la propia realidad. Ante la desorientación de Petrarca, el Monte Ventoso se proyectaría como el espejo de una montaña interior que no se ha sabido escalar. En su ascenso, el poeta anhelaba contemplar el cosmos exterior —los Alpes, el Ródano, el mar—, pero en el momento de mayor expansión visual se da cuenta de que ha olvidado la única contemplación que realmente importa: la interior. Atado al devenir de esas “vanas especulaciones” con las que se llenan los días y se cree que la vida está en otra parte, experimenta la parálisis que impide la expansión de su espíritu.Su enfado ante la cita agustiniana es la vergüenza del naciente hombre moderno ante la exigencia de una conciencia interior que pareciera haberse descuidado. Un ascenso que incomoda y que, precisamente por eso, se termina relegando. Petrarca escribirá que descendió el Monte Ventoso callado, sin querer hablar con su hermano. Su silencio es el puente entre el paso de la Edad Media y el Renacimiento; la tensión entre el ascetismo espiritual y el individualismo del yo: el símbolo que se ha dado cuenta de que se ha estado buscando fuera (bien sea en la naturaleza o en la belleza) un tesoro que siempre estuvo depositado en el interior. Pero si bien la carta es reflejo de una crisis del conocimiento contemplativo en los albores de la modernidad, guarda en sí un remedio para el alma: el retorno hacia una cosmología en la que el afuera y el adentro constituyen un mismo movimiento, amparado en la idea de que el cosmos es imagen de Dios y el humano es imagen del cosmos. Visto así, el silencio de Petrarca posibilitaría una apertura, ya que en él aguarda la comprensión de un umbral hacia lo divino.Quizás, es en este descenso callado y cabizbajo del poeta latino en donde anida una de las paradojas de nuestros días: pues allí donde hemos endiosado y reivindicado un individualismo exaltado y entusiasta, y allí donde hemos hecho del viajar y del conocer el mundo una condición de posibilidad para nuestra plenitud y felicidad terrenal, hemos terminado por marginar de nuestra vista el que quizás sea el ascenso más relevante de todos: el de las cumbres del espíritu. ¿El resultado? Ese desierto que avanza, sigiloso y discreto, por las nubes del alma. Un desierto impregnado del olvido de lo divino y el silencio de templos vacíos que han terminado por asimilar dogma con devoción, moral con piedad, y han depositado a Dios en doctrinas del más allá, exiliándolo así del corazón, incesantemente presente, ese reino de los niños del más acá. Un desierto que pareciera rendir pleitesía ante la marcha embriagadora que las máquinas y sus respuestas pulcras suscitan en nuestras entusiastas pupilas. Pero ya lo advirtió Nietzsche: “¡Ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!“.Por todo esto, quizás aún no sea tarde para hacer nuestro el embargo de Petrarca, reconocer el olvido agustiniano y, lejos de sumirnos en la queja o la rendición, ascender las dunas de nuestro propio Monte Ventoso, con la cabeza descubierta y en la voz de la alegría que llamamos silencio. Ese silencio de náufrago que se sabe huérfano de orillas, pero que aun así bracea por la vida: pues nunca estamos más cerca de encontrarnos que estando perdidos.