A la sombra de un ciprés que aún se conserva (o recuerda) en los jardines del Convento de los Mártires, en una colina junto a la Alhambra de Granada, tierra de Federico García Lorca, pero casi cuatro siglos antes, Juan de Yepes Álvarez, ya convertido en Juan de la Cruz, escribió entre 1582 y 1585 “Subida al Monte Carmelo”, un extensísimo comentario al poema “Noche oscura del alma”, de 1578, destinado a los frailes y monjas que querían una guía para entender las profundas y tantas veces incomprensibles metáforas de sus versos. En el libro I de la “Subida…”, en su capítulo 13, el lector se encuentra con unas palabras que parecen tener mucho más de laberinto que de guía, -“para ir a donde no sabes / has de ir por donde no sabes”-, y que resuenan poderosamente en “East Coker”, el segundo de los “Cuatro cuartetos” del premio Nobel de literatura T. S. Eliot: “para llegar a lo que no conoces / has de ir por una vía que es la de la ignorancia (…) / para llegar a lo que no eres / has de ir por el camino por el que no eres”. De alguna manera, tanto uno como otro proponen la vida como un viaje ascético de desprendimiento, un camino hacia el yo interior por la vía de la desnudez de todo lo que en ese yo no es identidad, sino impostura, lo que nos plantea una cuestión mucho más radical acerca de qué es, en el fondo, un viaje, qué es viajar y, sobre todo, qué es la vida cuando se la considera de ese modo, como viaje y la persona como ese “homo viator” del pensador francés Gabriel Marcel.
Viajamos para volver
Un viaje, qué es viajar y, sobre todo, qué es la vida cuando se la considera de ese modo, como viaje y la persona como ese “homo viator” del pensador francés Gabriel Marcel.












