Acaba de pasar unos días en Madrid y su agenda podría haber competido con la de un ministro. Nada más aterrizar, se subió a un escenario para hacer un show en directo dedicado a la planta del café. En los días posteriores dio charlas, impartió una masterclass, organizó un club de escucha y, en algún hueco que le quedó libre, se pasó por la radio. Por suerte, también ha podido aplacar la sed y llenar el estómago en alguno de los muchos bares de la ciudad y encontrarse con algunas amistades y colegas del mundo de la gastronomía en su sentido más amplio, desde bartenders a investigadores. Podemos asegurar, sin lugar a dudas, que ha exprimido el tiempo hasta la última gota. Había ganas de que Maxi Guerra, creador del podcast Gastropolítica, volviera a España —el pasado 2025 estuvo en Madrid en el marco del festival Estación Podcast, donde este año ha vuelto a participar— y no es para menos. Este uruguayo revolucionó el panorama en 2022 con un original formato en el que la comida se entreteje con la política en historias sorprendentes y, sobre todo, muy bien contadas. Con una duración breve, que suele oscilar entre los 15 y los 20 minutos, Gastropolítica ha logrado atraer a oyentes de habla hispana de ambos lados del Atlántico que, con más o menos interés por el mundo culinario, quedan hechizados por la forma de narrar de Guerra. “Siempre he tenido claro que en el podcast yo no soy importante, lo que importa son las historias”, cuenta frente a una taza de café en el centro de Madrid, una bebida que le obsesiona y a la que ha dedicado varios episodios de Gastropolítica, entre ellos, el que dio el pistoletazo de salida y que exploraba las relaciones de la cafetera Bialetti con el fascismo. Se refiere a sí mismo como “disperso” por la cantidad de caminos que abrió y que dejó inacabados hasta llegar a donde está ahora. Estudió cine y cocina, pero también comenzó las carreras de literatura y antropología, que acabó abandonando. Fue en el sector de la comunicación donde, poco a poco, confluyeron todas sus inquietudes. Empezó editando la revista de humor Unhuevo, que tuvo bastante circulación en Uruguay y, tiempo después, se lanzó a hacer unos vídeos de cinco minutos en YouTube, a los que bautizó como Las recetas dispersas. En ellos, cocinaba (sin mostrar su cara) e iba contando historias “en direcciones dispersas, un poco en la lógica de lo que después sería Gastropolítica”. A raíz de estos vídeos, en 2017 le llamaron de Radio Del Sol para hacer un programa semanal y, durante varios años, compaginó sus colaboraciones radiofónicas con su trabajo en una librería. Cuando dejó de hacer este programa, después de unos 200 episodios, se planteó escribir un libro, pero la escritura no fluía, así que probó con el podcast y encontró el tono que andaba buscando. Así nació Gastropolítica, que fue como “tirar una botella al mar y que, de pronto, empezara a conectar con mucha gente de habla hispana por todo el mundo”. Un gran mérito, sobre todo porque no sigue casi ninguna de las recomendaciones de Spotify para que un podcast triunfe: apuesta por un formato corto y publica solo unos ocho o diez episodios al año “de manera muy antojadiza”, como dice él. Esta lógica obedece a su propio deseo de querer huir de la autoexplotación y darle a cada historia el tiempo que necesite. Además de sus colaboraciones en tres programas de la radio uruguaya, Gastropolítica es, hoy, la principal ocupación de Maxi, porque a su alrededor han surgido talleres, charlas y clases en diferentes países. El podcast ha recibido premios como el de Mejor Narración Sonora Emergente en Español en el Festival Sonar de México o el de Mejor Podcast en el Festival Sonora de Uruguay y, en 2025, estuvo nominado en los Premios Ondas Globales del Podcast en la categoría de Mejor Anfitrión. La comida como vehículo de las historiasGastropolítica es un podcast narrativo donde las historias están en el centro, pero también tiene algo de ensayístico, “de acompañar a alguien en el pensamiento”, apunta Maxi. “Con Gastropolítica encontré un formato lo suficientemente flexible, aunque con su personalidad definida, donde mientras más me alejara del punto original, más iba a ganar la historia. Hay un componente de sorpresa en cada episodio, que es lo clave. Si yo agarro una historia que ya ha sido contada, por ejemplo, la historia de la Bialetti, siempre le tengo que sumar algo". Le ha dedicado episodios a la vaca Ubre Blanca, mito de la Revolución Cubana, a la historia migrante de los tomates o a la mafia siciliana de los limoneros, entre otros temas que empiezan a tomar forma, casi siempre, fuera del ámbito culinario, lo que ayuda a enriquecer el podcast con multitud de referencias. “Desde que comencé a prestarle atención particular a la comida, es como una pestaña que mantengo siempre abierta. Estoy leyendo una novela y de pronto hay una referencia gastronómica y ya sé que eso, en algún momento, me va a servir. También hay temas que busco porque me interesa llegar a ellos, pero los mejores disparadores suelen venir de lecturas o películas que no son gastronómicas”.Puede que haya a quien le sorprenda que, en un podcast sobre gastronomía, no tengan presencia las grandes estrellas de los fogones, pero es algo que Maxi tuvo claro desde el principio: “Ni los restaurantes ni los chefs están en el centro de Gastropolítica, porque ya hay una comunicación gastronómica que pone el foco en ellos. La vida de la mayoría de las personas no gira en torno a los restaurantes, sí que lo hace en torno a la alimentación, a la comida doméstica, a lo que compran en el supermercado o al tupper que se llevan al trabajo. El restaurante es algo excepcional en su vida cotidiana. Si solo podemos hablar de gastronomía a partir de los restaurantes, nos estamos perdiendo un ámbito enorme de la vida de la gente“.Para este comunicador, la comida es el más universal de los temas de conversación. En otras áreas, como el cine o la música, no es tan fácil encontrar intereses o referencias comunes. La comida, en cambio, es el terreno perfecto para que afloren las historias y las anécdotas. También hay algo mucho más personal detrás del interés de Maxi por esta temática: “Soy de una timidez atroz. El trabajo en los medios me ha ayudado a soltarme, pero durante mucho tiempo para mí era angustioso iniciar una conversación. Y lo que descubrí al interesarme por la gastronomía es que era el vehículo ideal para romper el hielo con cualquier persona de cualquier clase social, de cualquier contexto cultural o político”. En parte, esta también fue la razón por la que quiso aprender a cocinar: “La cocina es una habilidad tanto técnica como humana. En mi caso, expresar cariño a través de la comida era clave. Ese mimo que a veces me costaba dar en palabras o en gestos, se transformaba en comida”. Para explicar su interés por la política, la otra “pata” del podcast, recurre a una analogía: “Así como el glutamato monosódico es un resaltador del sabor, para mí la política actúa como un resaltador de cualquier tema. Si en una historia hay política, me va a llamar la atención”. Más allá de su timidez y de valerse de la comida para iniciar conversaciones, su propia familia, procedente de Líbano e Italia, ha influido de manera destacable en su fascinación por lo culinario. “Son dos culturas gastronómicas fuertísimas, que tienen mucho que ver con la comida en la diáspora. La libanesa, en Uruguay, se vive mucho de puertas adentro, con la cocina de las madres y las abuelas en las casas, mientras que la italiana, como en tantos otros países, se vive sobre todo hacia fuera, en los restaurantes. Mi vínculo con la comida italiana, además, tiene que ver con mi abuelo paterno, que tuvo durante décadas un bar en el barrio montevideano de La Comercial. Yo apenas lo conocí, pero el ‘fantasma’ del bar siguió salpicando la vida familiar hasta el día de hoy. Así que, más allá de la mezcla de nacionalidades, también está esa mezcla de culturas gastronómicas y de formas de entender la gastronomía”.Preguntado por el candente tema de la desaparición de las cocinas en las casas que algunos vaticinan, Maxi ríe y le resta gravedad, afirmando que esa visión apocalíptica sobre el fin de la cocina ha estado ahí siempre, “cuando veíamos Los Supersónicos y pensábamos que dentro de 20 años los robots nos iban a hacer la comida, hasta que nos dimos cuenta de que es el área donde más difícil es introducir la mecanización". Él insiste en la importancia de la cocina como vínculo humano y en que, a pesar de que cada vez le dediquemos menos tiempo a cocinar en casa, es un espacio que no se va a perder. Sí se aventura a hacer un análisis sobre las fuerzas que operan en el hecho de que la gente se anime menos a cocinar. “En El perfeccionista en la cocina, Julian Barnes cuenta cómo, cuando empezó a vivir solo, cocinar en casa pasó de ser un suplicio a ser un ‘placer tenso’, y para mí esa imagen es perfecta. Si una persona se quiere acercar por primera vez a cocinar siendo adulto, suele tener dos ideas en la cabeza: una es la lógica imperante en Masterchef y otros programas y series de cocina, del chef autoritario que va a juzgar tu plato, y la otra es esa visión de cocinar disfrutando, bailando y cantando, del placer puro, que es muy difícil de alcanzar. Siempre hay un punto de tensión en el que sentís ‘esto me puede salir mal’, ‘tengo poco tiempo’ o ‘no le va a gustar a la otra persona’. Pero si logramos sacar el miedo a no estar a la altura y quitar todas las capas de romanticismo que rodean a la cocina, vamos a allanar el camino para que la gente cocine y descubra el vínculo personal que implica darle de comer a alguien".