“Yo soy quien soy gracias a José Luis Cuerda, Ramón Gómez de la Serna y Phineas y Ferb”. A Mariang Maturana (27 años, Cartagena) le encantaría desarrollar las conexiones de esta inesperada tríada: “Tienen un humor absurdo de una inteligencia prodigiosa. Estas cosas tan refrescantes y rocambolescas te abren las puertas de todo lo que se puede hacer”. También le gustaría profundizar en la historia del arte, en general, y en el futurismo, en particular. Pero no. Cada vez que la entrevistan, le preguntan por un único tema: la juventud. Así, en general. “Me parece un error tratar a la juventud como una experiencia monolítica y mucho más ponerme a mí como portavoz. A pesar de lo que pueda parecer, no me gusta hablar en sentencias ni en subrayados”, explica. En apenas cuatro años, La Pija y La Quinqui, el podcast que presenta con su amigo Carlos Peguer, los ha consagrado a ambos como prescriptores de esa supuesta juventud. A golpe de reels virales, las conversaciones improvisadas que mantienen con los invitados famosos se han convertido en una manera de estar al tanto de las últimas tendencias. Pero Mariang nunca buscó nada de esto. La primera vez que se colocó delante del micrófono aún era estudiante de Bellas Artes y por no gustarle, casi no le gustaba ni hablar. “A mi esto es una cosa que me preocupa. No sé si tengo un tumor que me está alcanzado el cerebro pero he cambiado radicalmente mi forma de ser sin una razón concreta”, bromea. Pero al instante, como volverá a hacer varias veces a lo largo de esta conversación, se lanza a contradecirse. “Bueno, tampoco he cambiado tanto, soy una persona muy introvertida y siempre preferiré el silencio. Nunca me ha gustado, ni me gusta, ser el centro de atención”, explica. A aquella niña de Cartagena, a la que ya le incomodaba salir de su grupo de cinco amigas, le horrorizaría asomarse a la exposición continua con la que lidia ahora. Y esto es muy importante. Porque la atropellada historia de la vida y milagros de Maturana es una muy particular forjada sobre un desencanto que ya es marca de la casa: sin grandes metas aspiracionales, con algo de picardía, mucha improvisación y una afiladísima mirada sobre el mundo de las apariencias en el que habita. “Hay una cosa que me hace mucha gracia. Cuando una persona se hace famosa siempre salen vídeos de cuando se disfrazaba de pequeña y parece que ya sabía que quería ser actriz. ¡Pero qué va! Niños hemos sido todos y el canelo lo hemos hecho todos con una toalla en la cabeza”, bromea. Lo que sí ha mantenido desde niña es su pragmatismo y su capacidad resolutiva. De allí que, cuando el podcast reventó el algoritmo, no dudó ni un segundo en convertir esa labia que ni siquiera sabía que tenía en un modo de vida. Maturana terminó la primera temporada recibiendo a Rosalía y su hermana Pili en su propia cocina después de presentar su TFG y al poco ya habían fichado con Spotify para centrarse, sobre todo, en las charlas caóticas e improvisadas con famosos. Allí se desató un huracán que acabaría por atraer a los dos Pedros más conocidos del país— a saber, Sánchez y Almodóvar— y que aún sigue soplando con la misma fuerza. ¿La clave? “Vamos con el coño fuera. Yo siempre digo que no hacemos entrevistas. Está muy desdibujado el perfil de entrevistado y entrevistador. Hay veces que me miro la Wikipedia del invitado de camino a la grabación y no lo digo desde la falta de respeto. Para que se cree esa transparencia naíf hay que estar en igualdad de condiciones y, si estudio mucho al invitado, siento que se queda desprotegido”, aclara. Mientras los invitados y temporadas pasan —ya van camino de cerrar la quinta— la complicidad entre Maturana y Peguer sigue intacta. Aunque, eso sí, hace mucho que dejaron de ser esos dos universitarios inseparables. “Al principio Carlos y yo éramos como la Guardia Civil, el 77, pero ya no. Entendemos la vida de forma muy diferente. Compartíamos más cuando éramos estudiantes y teníamos una base monetaria limitada. Es que Carlos es muy pijo y ahora que tiene parné le van otras cosas. Pero seguimos siendo amigos, no todo el mundo puede decir que mantiene una relación laboral con su amigo sin que su amistad se vea perjudicada”, explica. Juntos se lanzaron al salvaje mundo del audiovisual en el que nunca han dejado de lloverles las ofertas para replicar la viralidad del podcast. ¿Cuál ha sido la más descabellada? Maturana ni lo duda: presentar programas de prensa rosa. “Se nos dice mucho que hacemos prensa del corazón. No lo veo por ninguna parte, solo por la misoginia y la homofobia. ¿A una mujer y un maricón que hablan con gente famosa no les queda otra opción?”. “A mí me llega cada puta mierda que ya hay que tener valor para hacer esa propuesta y acabar el mail con: ‘Creemos que encajas en esto’. Estamos en un momento de sobreproducción audiovisual desatada, se sacan formatos como churros. Aquí entra la responsabilidad de no contribuir a este gran vertedero de productos. Muchas veces te dicen: ‘Firmamos por tres meses y a ver qué tal’. Te lo digo yo. Una puta mierda. Para dejar poso hace falta tiempo. No vas a crear comunidad, esa palabra que se utiliza ahora tanto, en tres meses. ¿Estás loco?”, defiende. “No quiero tener 40 años y que al buscar mi nombre en Google me salga mierda”. Pero, de nuevo, Maturana no le tiene miedo a la contradicción y se lanza al segundo a por ella, casi como por deporte. “Luego te dicen lo que pagan y… yo he hecho mierdas y seguiré haciéndolas. A veces piensas que van a ser buenas y otras lo haces por un tema didáctico, para ver cómo te desenvuelves. Trabajando para marcas y televisión aprendo una asertividad necesaria. El trabajo personal que me llevo de poner el coño en la mesa es algo que aprecio mucho”. “A mí me llega cada puta mierda que ya hay que tener valor. Muchas veces te dicen: ‘Firmamos por tres meses y a ver qué tal’. Te lo digo yo: una puta mierda”Ante todo, en este proceloso ecosistema mediático, Maturana ha aprendido a moverse con un único mantra: “Yo estoy en esta vida de prestado. Nunca lo concebí, no hice nada para conseguirlo y no tengo sueños a los que llegar. Por eso no me ha costado nunca decir que no”. Sobre esta piedra ha construido un currículum que supone toda una rara avis para el ecosistema actual de influencers. Por un lado está su perfil de Instagram, donde alterna las etiquetas esperables de “publi” —así es como se debe marcar la publicidad pagada en redes—, con textos, reflexiones y denuncias a modo de stories. Incluso conserva las típicas publicaciones universitarias de las que es fácil arrepentirse. “Me da ternura que mi perfil sea una pequeña biblioteca de Alejandría personal. Necesito estar manchada, que se me vean las cosas y no me importa cómo me perciben las multinacionales. Esta moda de despersonalizar al influencer como si fuese un famoso de Hollywood de los años veinte me parece cateto y de una podredumbre mental muy grande. ¿Quién eres? ¿Por qué eres una esfera lisa sin recovecos”, explica. Pero el algoritmo siempre se le ha quedado pequeño. Antes de que despuntara el podcast ya trabajaba como guionista en la productora creativa Dollhouse, aún sigue allí, y después se ha lanzado a firmar columnas de opinión para la revista S Moda y hasta entrevistas. Sí, entrevistas, aquello que juraba y perjuraba no hacer en el podcast, y que ahora prepara juiciosamente con tiempo de sobra. Quizá, por eso, resulta inevitable que esta misma entrevista se dé la vuelta, que Maturana mire la conversación desde el otro lado y que aparezca, de nuevo, la dichosa juventud. “Podemos tener una conversación de 40 minutos que, si tú quieres que hable del concierto de Bad Bunny porque piensas que la juventud habla de eso, vas a coger esos tres segundos y lo vas plantar en el titular. Yo puedo poner todo de mi parte, pero el que la transcribe eres tú”. Afortunadamente no caerá esa breva. “Yo estoy en esta vida de prestado. Nunca lo concebí, no hice nada para conseguirlo y no tengo sueños a los que llegar. Por eso no me ha costado nunca decir que no”Hablamos, en su lugar, de la plataforma de blogs Substack que, por qué no decirlo, también se ha puesto de moda en esa juventud. Ahora escribe sus reflexiones por allí. Pero no, tampoco se quiere convertir en la enésima influencer en sacar un libro. Al menos por ahora. “Me niego a firmarlo con el arroba de Mariang. No todos tenemos que escribir un libro. Que yo escriba en Word dos páginas sobre mí misma y que el primer pensamiento de la gente sea que tengo que escribir un libro habla mucho de este momento oscuro del consumo de cultura en el que vivimos”, expone. Su cabeza, en cambio, está más centrada en explorar nuevas vías del audiovisual. En concreto del documental, aunque no revela mucho más. “Estoy obsesionada con encontrar nuevas formas de contar historias. Claro, esto queda horripilante en una persona que hace publicidad, pero yo hago las publis para, en un futuro, encontrar esas nuevas formas de contar. Quiero hacer algo que no me lleve a coger el móvil y ponerme a ver stories después de los créditos”. Y no cuesta mucho imaginarse a cualquiera de sus tres pilares secundando esta sentencia: de Gómez de la Serna al mismísimo Phineas.
Mariang Maturana de ‘La pija y la quinqui’: “No todos tenemos que escribir un libro”
Cinco temporadas después de crear uno de los ‘podcasts’ más influyentes de España, que ha tenido a Almodóvar o Pedro Sánchez entre sus invitados, esta cartagenera se niega a acomodarse en cualquiera de los caminos que alguien podría esperar de ella









