“No habíamos empezado a correr, e incluso antes de que empezáramos a caminar, ya teníamos delante de nosotros todos los obstáculos para no poder dar ni siquiera el primer paso”.Esta frase la podría haber pronunciado cualquiera de los pequeños empresarios que participarán en la protesta nacional de autónomos el próximo domingo en Barcelona. Pero la ha dicho alguien que está al otro extremo del empresariado: Christophe Fouquet, el CEO de ASML, la empresa europea que fabrica las máquinas más complejas del planeta. Es la compañía más estratégica de Europa; si dejara de producir sus componentes, acabaría en cuestión de días con la revolución de inteligencia artificial en todo el mundo. Mané Espinosa / ArchivoLas declaraciones de Fouquet, en la revista Politico, son el colofón a meses de quejas por parte de las tecnológicas europeas (Airbus, Ericsson, Mistral, Nokia, SAP, Siemens, etcétera) contra la aplicación de la ley europea de Inteligencia Artificial. Los obstáculos reglamentarios que los políticos europeos impusieron a la IA, ¡antes de que el mercado existiese!, están impidiendo que las empresas tecnológicas europeas tengan la más mínima posibilidad de competir con las estadounidenses y las chinas. Fouquet da un dato escalofriante: el 99% de las ventas de ASML (el componente indispensable para la IA) son a empresas de fuera de Europa­.Se acordarán de esa ley europea de IA porque Pedro Sánchez estaba orgullosísimo de ella. Fue su único “logro político” durante la presidencia española del Consejo de la UE en el 2023. Se negoció con prisa para que él se anotase un tanto: a una semana del acuerdo había parlamentarios que eran incapaces de explicar varios conceptos de la ley, aunque estaban liderando su negociación. Lo que entonces Sánchez calificó como un éxito “con sello político español” que iba a permitir a Europa y a España “liderar con el ejemplo sobre IA” es ahora un obstáculo no ya para que Europa­ lidere en IA, sino para empezar a figurar en ese mercado.Nuestro retraso en IA pone en cuestión no solo el legado de Sánchez, sino la metodología reglamentaria de EuropaLa IA hay que reglamentarla, por supuesto, pero el catetismo de querer ser los primeros ha sido un error monumental. Las empresas europeas de IA han tenido que dedicar su esfuerzo desde entonces no a competir con americanos, chinos e indios, que van a toda pastilla, sino a intentar eliminar (con moratorias, simplificaciones, suavizaciones, un paquete de excepciones para uso industrial de IA, etcétera) varios de los artificiales obstáculos que les impusieron unos políticos e instituciones que no tenían ni idea de IA cuando legislaron. De poco sirve ser los primeros en legislar, si eso hace que seamos los últimos en innovar.Nuestro retraso en IA pone en cuestión no solo el legado de Sánchez, sino la metodología reglamentaria de toda Europa. Las instituciones y políticos europeos siguen actuando como lo hacían en los noventa, una época boyante, en la que todo era sencillo e íbamos a velocidad crucero. Su misión principal era controlar los excesos del mercado, fiscalizándolo; y lo hacían con la tranquilidad de saber que sus errores no eran trascendentes. Pero este es un momento radicalmente distinto: estamos en una carrera estratégica hiperrápida donde el problema ya no son los excesos del mercado de nuestras empresas, sino que no logramos entrar en ese mercado. Los errores ahora se pagan caro. Y es todo complejo, así que los políticos tienen que apoyarse en las empresas europeas que saben de IA; trabajando con ellas, no contra ellas. ¿Qué saben los políticos de IA? ¡Entre cero y nada!Con la IA solo hay dos caminos: o propulsa a Europa o la mata. Seguir creyendo que el crecimiento tiene que estar pilotado con mano de hierro por el poder público, reglamentando sin involucrar a las empresas y tomando decisiones de inversión puramente políticas (que encima en la UE conllevan complejos equilibrios geográficos) es letal para Europa.A los políticos europeos les gusta decir que nuestro modelo de inteligencia artificial es el de una IA “responsable y humanista”. Pero poner en riesgo la actividad económica europea por cabezonería política y bisoñez re­glamentaria no es responsable. Y con­vertir a Europa en una cápsula del tiempo en la que no se puede progresar no es humanista.