Las canciones nombran con frecuencia la angustia cual síntoma de amor. Como en el tango Nostalgias: “angustia de sentirme abandonado y pensar que otro a su lado pronto, pronto, le hablará de amor”. O Los Panchos en Toda una vida: “no me cansaría de decirte siempre que eres en mi vida ansiedad, angustia y desesperación”. Y Usted, con Luis Miguel: “usted es la culpable de todas mis angustias y todos mis quebrantos”.Quizás el monólogo de Hamlet, muy vigente, condensa la angustia esencial, la duda entre soportar o resistir las calamidades de la vida: “Ser o no ser, esta es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con atrevida resistencia? Morir es dormir (…). ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con solo un puñal”. ¿Es entonces la angustia una condición fundamental que nos coloca frente a la nada como advertía M. Heidegger? ¿O es esa perplejidad sobre el tiempo circular, o el desasosiego de Borges en El remordimiento por no haber sido feliz? ¿O incluso el horror ante el alarido infinito del Krakatoa plasmado por E. Munch en El grito?Del latín angostura, angustia alude a la congoja y aflicción opresiva sin causa precisa, ¿o acaso no nacemos con un grito primordial? La angustia se siente en el cuerpo, y “se distingue del miedo, porque el miedo es miedo a los seres del mundo, y la angustia es la angustia frente a mí mismo”, expresa J. P. Sarte en El ser y la nada. En Miedo líquido, Zygmunt Bauman señala que los ‘estremecimientos existenciales’ acompañan siempre al sujeto y no hay defensa infalible ni recursos suficientes ante los golpes del destino y los estremecimientos que lo originan. Miedo al miedo, en palabras de J. Lacan.Para Sigmund Freud, la angustia advierte un peligro interno-pulsional, un afecto, un deseo inhibido difícil de nombrar e íntimo del sujeto. Está fuera del lenguaje, es enigmática y siniestra. Vale recordar el poema Alma en los labios de Medardo Ángel Silva, inmortalizado por Julio Jaramillo: “Perdona que no tenga palabras con que pueda decirte la inefable pasión que me devora”. Ese afecto excepcional abre la posibilidad de desear y crear; testimoniado por muchos artistas y escritores como Joyce, Woolf, Pizarnik, Plath, van Gogh, Dostoyevski, Beethoven, Mozart, Puccini. Sin angustia, observa V. Palomera, la vida sería, como en Macbeth, sombras, una historia de ruido y sin significado.Estar angustiado reclama una respuesta, sea a través de un síntoma o una invención, porque ese afecto, sin sentido y silencioso sentido en el cuerpo, puede producir nuevas iniciativas. No se trata de eliminarla sino de ponerla a producir, es lo que plantea el psicoanálisis. Mientras menos se quiera decir, más significado adquiere ese silencio. (O)
Gilda Macías Carmigniani: ¿Es inevitable la angustia? | Columnistas | Opinión
Mientras menos se quiera decir, más significado adquiere ese silencio.











