Hay una frase que paraliza. Seis sílabas que detienen el tiempo y revuelven el estómago: “Tenemos que hablar”. Quien la escucha sabe, sin que se diga más nada, que algo importante está a punto de cambiar. El corazón se acelera. La mente ensaya respuestas para preguntas que aún no llegan. Los psicólogos tienen un nombre para eso: ataque de ansiedad, la angustia de lo que aún no ocurre. Pero ese miedo primitivo, ese instinto de autoprotección ante lo desconocido, también ha sido históricamente el umbral de las transformaciones más necesarias. Porque detrás de cada “Tenemos que hablar” que nos heló la sangre casi siempre hubo una verdad que no podíamos seguir ignorando. La historia lo confirma una y otra vez. El 28 de agosto de 1963, Martin Luther King Jr. no subió al estrado del Lincoln Memorial a quejarse. Subió a decirle a una nación entera “Tenemos que hablar”. Ese día convirtió el miedo colectivo en sueño compartido. Llevaba años de silenciosa brutalidad racial que nadie nombraba en voz alta desde los podios del poder. Ese discurso no terminó el racismo, pero inauguró el lenguaje con el que una sociedad decidió mirarse al espejo y actuar. Porque hablar, cuando se hace con verdad y con propósito, no destruye: reconstruye. La pregunta entonces no es si debemos hablar. La pregunta es si estamos listos para escuchar. Más si, después de escuchar, estamos dispuestos a actuar. Porque Guayaquil lleva meses diciéndonos “Tenemos que hablar” y nosotros seguimos sordos. Y mientras las balas no se detienen, la institucionalidad también sangra. Y lo más grave: no tenemos autoridades electas. Todo esto ocurre mientras los políticos se pelean por el micrófono. Y nosotros, los ciudadanos, nos quedamos compartiendo noticias que nos indignan sin hacer nada más. La queja sin acción es una forma elegante de rendirse. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué hacemos tú y yo desde donde estamos con lo que tenemos? La respuesta comienza, como casi todo lo que vale la pena, en una conversación. Pero no cualquiera. Hablo de diálogos con propósito. De esas conversaciones que cuando terminan dejan tarea asignada. En familia: dejemos de esquivar los temas difíciles en la mesa. La inseguridad, el miedo, el futuro de los hijos, el negocio que ya no rinde son conversaciones que duelen, pero no nombrarlas no las resuelve. Propongamos una reunión familiar mensual, no para quejarse, sino para identificar qué cambio pequeño y real podemos hacer juntos. La familia que habla con honestidad es más resiliente que la que solo se abraza en las tragedias. Con los amigos: los grupos de amigos son los mejores laboratorios de ideas que desperdiciamos. Tenemos contactos, talentos, conocimientos que raramente ponemos al servicio de algo más grande que el plan del fin de semana. Propongamos una hora mensual para “la reunión de los que sí quieren hacer algo”: el activismo no siempre requiere marchas, a veces requiere una lista de contactos y voluntad. Hoy el llamado no puede venir solo de arriba. Tiene que nacer de abajo, de cada barrio, de cada familia, de cada mesa de trabajo donde alguien todavía cree que Guayaquil vale la pena. La ciudad no se va a salvar sola. Nos toca a nosotros. La conversación ya empezó. La pregunta es qué vas a hacer tú cuando la termines. ¡Tenemos que actuar! (O)
Lourdes Luque: Tenemos que actuar | Columnistas | Opinión
Porque Guayaquil lleva meses diciéndonos “Tenemos que hablar” y nosotros seguimos sordos.













