Los días de Vidrio (Duomo / Àmsterdam), de Nicoletta VernaDecía Unamuno que uno de los males del país es la envidia. Este aforismo se le atribuye a él, pero pudo haberlo afirmado cualquier otro escritor. Yo lo suscribo. ¡Y lo padezco! Soy envidiado y siento envidia por igual. Pero intento que no me nuble el entendimiento. Por ello, nada más volver de Praga del fallo del Premio de Literatura de la Unión Europea, al que estaba nominado con La península de las casas vacías —y que finalmente no me llevé—, escribí a la ganadora, Nicoletta Verna, para que me avisara en cuanto tuviera su novela en castellano. Tuve que esperar año y medio, pero vosotros estáis de enhorabuena, pues hoy han salido en las librerías de todo el país la traducción española y la catalana.He de confesar que, de no haber sentido mucha simpatía hacia Nicoletta, no le habría pedido el texto con semejante urgencia. Pero me ganó con la humildad con la que se dirige a todo el mundo. Pronto me vi envuelto en una lectura memorativa, libre e imaginativa que me resultó familiarísima, tanto que no siento pudor al afirmar que este es el libro que hubiera querido escribir de haber nacido en Italia: la herida que causó el fascismo en Italia narrada con humor y bajo cierto “realismo costumbrista, lírico, mágico”; la intrahistoria de un pueblo que es reflejo de todo un país.Me reconozco en el texto porque ambos quisimos recuperar el sufrimiento de nuestros antepasados para fortalecer la memoria democrática y humana, y por la exagerada inocencia de los personajes trazados, de dos familias que van menguando ante la presencia constante de la muerte y la brutalidad de la naturaleza. Además de un espíritu general, nuestros libros comparten escenas casi idénticas: empiezan con un nacimiento infecundo, con la descripción del inodoro de la familia y del marranillo de San Antón; y con damajuanas, una muda, un ciego, un último tango que bien podría ser verbena... Ambos describimos cómo duermen los niños apilados en las camas, a un personaje que ve a sus hermanos muertos y a otro que se va a la guerra; el batallón que llega al pueblo y enciende la mecha bélica; a las mujeres que cosen sus propias mortajas porque saben que van a morir…Dejando a un lado estas similitudes que tanto me asombraron, descubrí una novela total y preciosa que encierra verdaderamente un mundo, de cuyos personajes te encariñas poco después de comenzar la lectura, y que sirve para entender y sentir un momento de la historia reciente italiana, pero también, y casi con más fuerza, para evadirte y construir un espacio imaginado. Se trata de un libro que te clava escenas poderosas en la memoria, como la relación entre una madre y el agua durante el embarazo, o entre un personaje y el retrato del Duce; o la escena desagradable de la cabeza cortada. He subrayado lo lírico, pero olvidé lo macabro. Hay una violencia explícita en toda la historia, generalmente urdida por hombres que pierden el juicio en la guerra, que señala la ruindad del que se acostumbra a matar. El libro, pese a engalanarse con las bellas costumbres peculiares de un territorio concreto, contiene numerosas escenas violentas. Y ahora entiendo a mis lectores cuando me abroncan por haber matado a un personaje de forma vil.Nicoletta, si no son suficientes nuestros textos para pararle un poco los pies al fascismo, iremos juntos a besar las tallas del Guidarello italiano y del Medinacelli español, a ver si obran milagros. Hasta entonces, te seguiré leyendo.Os dejo la frase que escribí para la faja del libro, y la fecha y el lugar donde lo presentaré en España junto a Nicoletta. Estáis todos invitados.¡La península italiana de las casas vacías! Ya no me hará falta narrar la herida fascista de Italia en realismo mágico. Una de mis novelas europeas favoritas. Lírica y divertida; cruda e inmisericorde. Y siempre maravillosa.Presentación en Madrid: 28 de mayo a las 19:00 / Librería La Mistral