Venus golpeó la mesa con la palma abierta y mandó llamar a su hijo antes del amanecer. La diosa llevaba horas repitiendo las mismas órdenes porque la belleza de una mortal empezaba a provocar comentarios incómodos entre los templos y los mercados.
Cupido escuchó aquellas exigencias mientras jugueteaba con las flechas doradas que guardaba en el carcaj. Venus quería castigar a Psique y obligarla a caer en brazos del hombre más despreciable del mundo. El muchacho alado salió del palacio con esa misión todavía en la cabeza y con la obligación de obedecer a su madre.
El arquero acabó atrapado por el deseo ajeno
El mito cuenta que Cupido terminó enamorado de la mujer que debía castigar. Varias versiones antiguas, recogidas después por autores latinos y por estudios sobre la mitología griega y romana, coinciden en ese giro. Venus ordenó que Psique sufriera por su belleza, aunque el propio dios del deseo acabó atrapado por la emoción que provocaba en los demás. La historia convirtió a Cupido en una figura distinta del niño travieso que disparaba flechas a mortales y dioses, porque el personaje dejó de controlar aquello que representaba.
Las narraciones antiguas describían a Cupido como el hijo de Venus y, en muchos relatos, también de Marte. Los textos griegos lo identificaban con Eros, mientras la tradición romana acabó usando el nombre de Cupido. Su arma principal era un arco acompañado por dos clases de flechas. Las doradas despertaban un deseo inmediato y las de plomo provocaban rechazo o indiferencia.










