Pocas cosas se parecen más a rozar la eternidad con los dedos que un reloj mecánico
De todos los dioses salvajes que inventamos los humanos, ninguno resulta tan implacable como aquel con el que dimos forma al tiempo. Crono, que ya en la Antigüedad vino a fundir dos divinidades distintas, solía representarse con una hoz en la mano, instrumento con el que castró a su padre Urano y con cuyo filo, según pinturas posteriores, cercenó también las alas de Cupido. La alegoría no podría estar mejor construida, porque cada instante de nuestra vida evoca una suerte de parricidio freudiano. Cualquier segundo nace gracias a la muerte...
del instante precedente. Y si el presente surge de la muerte del pasado, no es menos cierto que este mismo presente morirá a manos de un futuro inminente.
Los antiguos supieron advertir que el fluir del tiempo no era caótico. Las cosechas, las estaciones y la propia vida parecían someterse a una cadencia que venía dictada por la regularidad de los astros. En la rotación de las esferas encontraron no solo un orden, sino una promesa de inteligibilidad. Medir el tiempo fue, en ese sentido, una forma de leer el mundo. Por eso la aparición del reloj mecánico no debe entenderse como un simple progreso técnico, sino como una de las más audaces traducciones que ha llevado a cabo nuestra especie: condensar en un objeto minúsculo el pulso entero del universo.






