No es una vasija de barro para contener bebidas. Es un vientre preñado de agua, un animal salvaje, un chamán sonriente: belleza y ritual. No es un collar de piedras, conchas, semillas y plumas: es un talismán acariciado por las manos que con tiempo y paciencia la hicieron única insertando una a una sus cuentas, rezando el rosario de su creación. No son máscaras de pájaro, jaguar y mono: son seres míticos de maderas nacidas de su propia tierra y pintadas con los tintes de sus insectos y minerales. No son alfombras con olor a químico salidas de fábricas sin haber sentido jamás el calor de la piel humana: son tapices donde los saberes ancestrales se entrelazan con el ritmo y la fantasía propia de sus tejedoras: abuelas que cantando y contando enseñaban a sus nietas el arte de tejer, pintar, esculpir y tornear. Rituales de un planeta distinto a aquel donde el vídeo de un desconocido o las palabras de un robot nos explican el mundo. Los objetos artesanales irradian la calidez de la huella humana, la satisfacción de las manos que crean con orgullo y conocimiento, con ese entusiasmo infantil que hace brotar de las cosas ordinarias lo extraordinario. Si el capitalismo depredador y el consumismo desaforado nos han convencido de rodearnos de objetos sin alma –creados defectuosamente para reducir su vida útil y asegurar el continuo ciclo de uso y desecho–, el retorno a los objetos hechos a mano, con amor y cuidado para durar, con una presencia que acompaña, restaura la relación sana y recíproca con la naturaleza y revaloriza la labor humana. Pero ni los caprichos de diseño que engalanan las mansiones ni los souvenirs turísticos que explotan la labor de los artesanos y deforman la autenticidad cultural son objetos con alma. La artesanía nace de la comunidad y pertenece a la comunidad. Debe ser creada con armonía y remunerada con justicia. Debe reconocer el sacrificio, la habilidad de las manos que la crean y los saberes que la preceden. Hamacas salvadoreñas de fibra de mezcal, tapices argentinos y paraguayos que narran la flora, la fauna, los sueños y el ritmo de sus tierras, vestidos, shigras, y collares ecuatorianos que rescatan lo que una vez fue marginalizado por ser indígena y manual y hoy es celebrado por eso mismo. Hasta Leipzig han llegado las creaciones de Olga Fisch para ser expuestas en el Museo de Artes Aplicadas y Etnología en la flamante exhibición “El alma de los objetos: artes aplicadas de Latinoamérica”, que muestra cientos de obras fascinantes de colectivos y artesanos individuales que investigan, recuperan y desarrollan técnicas de alfarería, joyería, tejido, tallado, serigrafía y pintura. La esencia de estas obras es comunitaria (saberes ancestrales), ecológica (materiales locales y obtenidos en reciprocidad con la naturaleza) e individual (exploran la voz propia en el proceso creativo). Son objetos familiares y extraños, únicos pero interconectados, prácticos y conmovedores que representan hoy la resistencia ante la producción masiva y la inteligencia artificial que explota los saberes sin enriquecerlos ni reconocerlos mientras se bebe el alma de la naturaleza y las relaciones humanas. (O)