Los dos señores gordos estaban llorando. El chico parecía incómodo, como si buscara algo que decir sin encontrarlo. El deber impulsaba a la camarera a aproximarse para servir el vino blanco que escaseaba en las copas, pero su juvenil timidez la frenaba, quién sabe qué tragedia causa la pena de estos hombres. Aunque la delectación con que los señores gordos seguían atacando sus langostas respectivas contradecía la idea de un dolor moral irreprimible. Tal vez lloraban de risa. Sí, los había visto reír al principio, le pareció que relataban al muchacho anécdotas que ambos habían compartido.- ¿Qué esperas? -susurró el maître-, sirve más vino en la seis.La camarera sirvió a los dos señores gordos, pero cuando iba a rellenar la copa del muchacho, este alzó su mano derecha: “No, gracias, no quiero más vino, que luego se me traba la lengua”; una frase que devolvió a la mesa la vitalidad perdida, las voces risueñas y la plática jovial de antes. Rubiera estaba a prueba como narrador. Aquella tarde debía relatar el último partido de su primera Liga, y no tenía la certeza de que fueran a contar con él la temporada siguiente. Por eso sintió un gran alivio y no poco orgullo cuando oyó decir a Terrachet, uno de sus maestros, respetado cronista y gran conversador: “José Mari, este chico puede ser el nuevo Matías Prats”. Una exageración, naturalmente, estimulada por el vino y la animada charla, pero Rubiera sabía que el respaldo de aquellos dos veteranos podría serle de gran ayuda.A José María Múgica siempre lo llamaron el Gordo. Lo suyo era innato, una imposición genética que aprendió a sobrellevar con humor desde la infancia, cuando caminaba alegre portando un balón de reglamento de camino a su colegio silbando la famosa melodía del Gordo y el Flaco. Sobrellevar con humor no quiere decir que el problema le hiciera gracia. Lo había demostrado apenas un rato antes, en el taxi que tomaron para ir del hotel al restaurante. En cuanto el conductor advirtió la inclinación trasera que los trescientos kilos causaban en su vehículo, no pudo evitar referirse a los hábitos alimenticios de sus dos orondos pasajeros: “un poco de lechuguita de vez en cuando tampoco viene mal”, bromeó. “¿Sabe lo que ocurre?”, replicó Múgica sin dejar de mirar por la ventanilla, “que cuando comemos lechuguita, a este señor y a mí nos entra tanta mala hostia que nos ponemos a matar taxistas”. Rubiera, en el asiento del copiloto, apenas contuvo una carcajada.Múgica, que había sufrido lo indecible todas las dietas habidas y por haber, se dedicó al periodismo porque el físico no le daba para el fútbol. Su cuerpo le privó de cumplir el sueño de correr la banda de San Mamés y colocar en el área precisos centros a lo Gaínza, pero su ingenio natural y sus abundantes lecturas le allanaron una vocación de cronista deportivo que en Estados Unidos lo habría llevado a escribir una docena de libros y quién sabe si a ganar un Pulitzer, y en España le alcanzó apenas para llevar junto a su esposa y su único hijo una vida burguesa de los treinta a los cincuenta, una existencia confortable que la crisis terminal de La Gaceta amenazaba entonces. Todos daban ya por hecho el cierre inminente del periódico, hasta el punto de que su director hubo de recurrir a su propio bolsillo cuando el gerente se negó a pagar desplazamiento y hotel de un enviado especial a Las Canarias para un partido sin apenas trascendencia. Aquel estaba destinado a ser su último viaje profesional. “He invitado a Múgica a comer”, había dicho Terrachet al joven locutor, “apúntate, a ver si lo animamos un poco”. Era como sentarse a la mesa de Zarra.El antiguo Scala Barcelona.Jesús Fraiz Ordóñez / http://labarcelonadeantes.com/Porque Rubiera admiraba a Múgica desde niño, desde que cada martes su abuela repetía en voz alta algún sputnik que le hubiera hecho gracia. Por alguna razón desconocida, Múgica había escogido llamar como a los satélites soviéticos a las frases breves, chispeantes, que a modo de greguerías utilizaba para resumir sus impresiones del partido del domingo en La Gaceta, pasadas ya las crónicas apresuradamente escritas a pie de campo para la Hoja del Lunes. Múgica era ramoniano, por supuesto, y valleinclanesco, y mihurista, tanto en el teatro como en la plaza, donde se rendía a la elegancia del joven Joselito cuyo toreo clásico comparaba con los regates y centros de Txetxu Rojo, al que en célebre hipérbole denominó “Mozart del fútbol”.Como Valle, era dado al histrionismo gamberro y en ocasiones hacía gala de una altanería mal recibida por los envidiosos, que nunca faltan en la profesión. Cuentan que la víspera de un partido en Barcelona, mediados los años 70, un grupo de periodistas que seguían al Athletic trató de acceder al Scala, la sala de fiestas de moda, encontrándose con que no había mesas libres. Guillermo Fernández, locutor de Radio Nacional y responsable de protocolo del Ayuntamiento de Bilbao, utilizó sus recursos como eficiente relaciones públicas dirigiéndose al maître, mientras señalaba con gesto discreto a su grueso colega, que le pareció el más adecuado por ser el único que, según su costumbre, vestía traje y corbata.- Disculpe, señor. Pero el marqués de Múgica estará mañana en el palco del Camp Nou y ha invitado a la prensa bilbaína con motivo del partido; sería un desaire muy incómodo para él que le impidan el paso a un local tan importante como el suyo.De inmediato, el responsable de la sala dispuso que abrieran un espacio cercano al escenario y raudos camareros habilitaron una mesa y las sillas correspondientes para el aristócrata vasco y sus acompañantes. Metido en su papel, cuando les fue ofrecida una botella de cava, Múgica la observó con desdén y exclamó: “No, por favor, cava no; champán”. Todo el presupuesto con el que los modestos redactores contaban para una noche de diversión se fue en pagar una fanfarronada que pudo parecer cara entonces, pero resultó barata si tenemos en cuenta las veces que los presentes la relatarían en el futuro.En sus días de gloria le advirtieron contra esa arrogancia que siempre acarrea enemistades. Pero el marqués no habría sido fiel a su naturaleza ni alimentado su leyenda si, por ejemplo, hubiera aceptado con humildad la reconvención de un administrador del periódico que, en el transcurso de una vuelta ciclista a España, le rogó que dejara de cargar en las dietas la botella de cava del minibar que se bebía mientras redactaba en su Olivetti la crónica de la etapa correspondiente. Múgica, que seguía la carrera en el asiento trasero de uno de los coches de la organización y al llegar a su habitación se duchaba y se ponía el pijama para escribir en la cama, le replicó a través del teléfono situado en la mesilla: “Si El Correo quiere la firma de Múgica, tendrá que pagar los gastos de Múgica”. Rubiera se tronchaba con esa y otras anécdotas relatadas entre gruesas risotadas por Terrachet y apuntadas con gracia por su protagonista, pero sobre el silencio posterior, mientras los tres volvían sus ojos al plato y las viandas, se cernía la niebla cenicienta de la gloria perdida. Aunque al más joven le pareciera simple calima isleña.Los locutores de radio Matías Prats (i) y Enrique Mariñas (d) retransmitiendo una final de Copa entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona. Efe/md/clREDACCIÓN / EFENada había en juego en el partido de la tarde, un trámite postrero en aquel experimento fallido del play off. El Athletic apenas había hecho lo necesario para salvar la categoría. Decían que aquel era un equipo de transición, por no calificarlo directamente de mediocre, aún embarcados como estaban en la nave del triunfo que habían conocido pocos años antes, con dos inesperadas ligas consecutivas y una copa obtenida en épica batalla contra el Barça de Maradona. Es la altura del rival lo que otorga grandeza a la victoria.Entre los episodios memorables que contribuyeron a labrar aquellos éxitos, también ocupa un espacio la leyenda de Múgica. Marzo del 83, recta final de un campeonato que el Athletic acabaría logrando para poner fin a veintisiete años de sequía liguera. Los rojiblancos son humillados por el Betis con un 5-1 que siembra de dudas aquel joven vestuario. Dos días después, en Lezama, los jugadores hallan, sobre la pizarra donde su entrenador bosqueja las tácticas, una página de periódico titulada a cinco columnas “Carta a un león herido”. Múgica, al que todos conocen como El Gordo y sin embargo respetan porque -al contrario que otros periodistas- nunca alterna con ellos, les arenga desde la autoridad de viejo cronista. Y los Zubizarreta, Sarabia, Goiko, Dani... leen en silencio aquellas frases que el entrenador, Javier Clemente, ha creído oportuno transmitirles de esa callada manera, tan distinta a su habitual locuacidad: “No olvidéis que el mayor error es sucumbir al abatimiento”, “no olvidéis que el Athletic tiene un corazón que no envejece”, “es preciso haber sido derrotado para poder ser algo”...Rubiera escuchaba conmovido, no solo por el sentimiento que transmitían sus ilustres colegas, sino porque recordaba el abrazo con su madre en la cocina cuando la radio cantó el final del último partido de aquel campeonato, que se había jugado en el mismo estadio que los esperaba esa tarde, y las lágrimas que vio desbordarse en los más viejos durante la espontánea y alocada celebración que inundó las calles de Bilbao. Lágrimas como las que humedecían los ojos de aquellos dos hombrones a quienes la camarera exponía con voz titubeante la lista de los postres de la casa.Rubiera lo ignoraba entonces, pero no lloraban por la emoción de recordar aquel triunfo, sino porque eran ellos, sentados frente a sendas langostas en el que sería su último viaje como enviados especiales, los leones heridos que se hallaban en el trance de sucumbir al abatimiento, los viejos corazones derrotados. Aquella misma mañana, la oferta laboral en la que Múgica confiaba para no verse abocado a un desempleo de difícil remedio a su edad se había ido al traste porque, según el director del diario en cuestión, la redacción no quería “figuras”. Un par de días antes, Terrachet, en una reunión a la que había sido convocado con el fin de planificar la temporada radiofónica que debía comenzar tras el verano, había sabido por el abogado de la empresa que no tenía nada que planificar porque los accionistas habían decidido prescindir de él y el noventa por ciento de la plantilla para dedicar las emisoras del grupo a la más rentable radio-fórmula musical. Acabados los postres, Terrachet pidió la cuenta. Al depositarla sobre la mesa, la joven camarera preguntó sonriente:- ¿Tomarán algún licor?- Nada de licor -replicó Múgica-. Champán.