Si elegimos ingredientes equilibrados, la lasaña puede convertirse en un plato saludable, sabroso y reconfortante al mismo tiempo. Al prepararla con berenjenas, conseguiremos una opción más ligera que la tradicional, con láminas de pasta y carne. Esta versión vegetal no tiene nada que envidiar a la original y conserva toda su personalidad: el aroma a horno, las capas y el gratinado. En este caso, se sustituye la carne por una de las hortalizas mediterráneas con más carácter.
La lasaña es uno de los iconos gastronómicos por excelencia de Italia, pero su origen tenemos que buscarlo en la antigua Grecia. Su nombre proviene del laganum o lagana, el recipiente en el que se cocinaba la lasaña, una receta elaborada a base de finas capas de masa rellenas. En el siglo I d.C. ya hay referencias a este plato en De re coquinaria, de Apicio. En aquella época, la preparación se basaba en unas láminas de masa hechas con harina y agua intercaladas con carne o pescado.
La receta siguió evolucionando a lo largo del tiempo. Si buscamos un registro escrito, tenemos que esperar a 1287 en Bolonia. En el Memoriali Bolognesi encontramos una referencia a la lasaña en un poema. Pero la primera receta más parecida a la actual se encuentra en el Liber de Coquina (manuscrito anónimo de 1300) redactado en Nápoles, donde se habla del plato De lasanis, detallando láminas de pasta cocidas en agua que se intercalaban en capas con especias y abundante queso rallado.







