Como advirtió el pastor luterano alemán Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), asesinado por el nazismo en el campo de concentración de Buchenwald, la maldad necesita necesariamente de una legión de estúpidos para funcionar. De algún modo ellos equivalen al combustible que se echa en una caldera para mantenerla encendida. Y su relación es con frecuencia tan estrecha que incluso maldad y estupidez pueden ser confundidas, cuando en realidad son complementarias. Sobre esa ligazón se detiene Ricardo Moreno Castillo en Breve tratado sobre la estupidez humana, una obra lúcida y corrosiva como suelen ser las de este madrileño, matemático, filósofo y docente, empeñado desde hace años en destruir creencias estupidizantes, en luchar contra la pereza mental, en denunciar aberraciones de la crianza y de la educación. Al respecto caben recomendar con entusiasmo su Panfleto antipedagógico y De la buena y la mala educación, libros de lectura imprescindible para padres y docentes. La prosa de Moreno Castillo es un bisturí afilado con inteligencia, humor y un rico bagaje cultural, que corta sin piedad en las entrañas de los lugares comunes y de todo lo que obstruye, desvía o deforma la facultad humana de pensar. En su efectivamente breve obra sobre la estupidez, relaciona a esta con la maldad y la ve como más nociva que esta: “Es más fácil luchar contra la maldad (porque actúa con una cierta lógica) que contra la estupidez (que carece de ella). Si pudiéramos suprimir la maldad, el mundo sería un poco mejor. Pero si pudiéramos suprimir la estupidez, el mundo sería muchísimo mejor”. No cabe duda, puesto que suele ser normal que a los malos se les tema y que se construyan defensas y antídotos contra ellos, mientras a los estúpidos muchas veces se los subestima, como explicó Carlo Cipolla, o hasta es posible que se los observe con cierta benevolencia o espíritu festivo. Mientras eso ocurre, quienes actúan con maldad usan frecuentemente a los estúpidos como idiotas útiles, valga la redundancia, o como caballos de Troya para sus planes. Al trazar el itinerario histórico del uso de la estupidez al servicio de la maldad el periodista y ensayista italiano Pino Aprile afirma que “Los más inteligentes no se sentaban en el trono, pero encontraban la manera de influenciar al rey estúpido para hacer que este tomara decisiones no siempre estúpidas sino malvadas”. Aprile es autor de Elogio del imbécil, ensayo publicado en 1997, y de su reciente secuela Nuevo elogio del imbécil, en donde procura responder a una pregunta esencial: ¿por qué si el ser humano es inteligente actúa como un estúpido? Entre las conclusiones de su investigación, algunas resultan tan interesantes como preocupantes. El principal propósito de nuestra especie, en los primeros tramos de su existencia, fue sobrevivir. Y puesto que poseemos una inteligencia más compleja y refinada que otras criaturas, esa inteligencia nos permitió lograr el propósito. No sólo sobrevivimos, sino que hemos derrotado enfermedades y mejorado las condiciones de la existencia, y nos hemos multiplicado y extendido al punto en que nos vamos acercando a los 10 mil millones de habitantes. Sin embargo, anota Aprile, 250 mil años después de nuestra aparición como sapiens, el tamaño de nuestro cerebro, cuyas conexiones neuronales son la base de la inteligencia, sigue siendo el mismo. Para aumentar su tamaño, también debería hacerlo el del cráneo que lo contiene, lo que resultaría traumático o letal a la hora de nacer. No pasaríamos por el canal de parto. Por lo tanto, deduce el ensayista, la naturaleza parece haber optado por la cantidad antes que por la calidad en lo que se refiere a nosotros. Demográficamente las proporciones de las diferentes características de los individuos se mantienen, y esto significa que, a medida que aumenta la población, hay numéricamente más individuos inteligentes y también más estúpidos de generación en generación, según Aprile. El problema es que los inteligentes son creativos, inventan cosas que mejoran y alargan la vida y si esto se perpetuara sin solución de continuidad llegaría un momento en que no cabríamos en el planeta y tampoco habría alimentos para todos. ¿Qué hacer, entonces, con los inteligentes?, interroga el ensayista. La naturaleza se inclina por eliminarlos, mientras mantiene constante la reproducción de estúpidos. Así es como nuestra especie, el Homo Sapiens, desarrolla su agresividad y su violencia intraespecíficas y se convierte en la única especie que elimina sistemáticamente a sus semejantes.













