Varios son los factores que influyen para cuidar bien un jardín. Y, como es sabido, estos cambian dependiendo del lugar en el que se viva. A la hora de cuidar una planta concreta en un país tan heterogéneo como España, las diferencias pueden ser abismales en cada región: criar una camelia (Camellia japonica) en Vigo es una tarea sencilla, pero esta especie puede sufrir una muerte rápida en un pueblo del interior de Granada.Uno de los principales parámetros diferenciadores en cada provincia es la temperatura. Por poner un ejemplo, en un día de febrero en Teruel podrán alcanzar unos exiguos 3 °C, cuando en Málaga se rozarán los 19 °C a la misma hora. Si esto se extrapola al mantenimiento de plantas, se verá cómo en una jornada así la mayoría de las plantas turolenses se encontrarán en una plácida parada vegetativa por el frío, mientras que las malagueñas estarán en plena vegetación, relanzadas además por el alargamiento de los días conforme se aproxima la primavera. Por supuesto, aquellas aves del paraíso (Strelitzia reginae) que están felices en Andalucía morirían pronto en el riguroso invierno aragonés. Dentro de lo que es el frío invernal, hay zonas españolas que nunca bajan de 5 °C, un guarismo mágico para los amantes de la jardinería porque indica que será posible cultivar un amplio abanico de especies más sensibles al frío. Asimismo, también se encuentran localidades donde es rara la noche que se baje de 10 °C, lo que va a permitir tener en el jardín especies tropicales de todo tipo, que crecerán dichosas como expatriadas en tierra extraña.Se comprueba de esta forma cómo la temperatura es un factor limitante de cultivo cuando el termómetro marca sus cifras más bajas. La genética de las plantas hace el resto, y aquellas que jamás tuvieron que generar un mecanismo de defensa frente a las heladas caerán como presa fácil de la escarcha. Por el contrario, las que provengan de tierras con inviernos crudos sabrán defenderse de esos extremos.Pero también las temperaturas altas pueden matar a otras plantas que tengan un metabolismo poco preparado para afrontar veranos tórridos. Esto es muy evidente en las plantas con el llamado metabolismo C3, las más abundantes en el planeta, acostumbradas a no sufrir extremos ni de calor ni de insolación fuerte y sostenida. Cuando llegue el mes de julio y las máximas diurnas superen los treinta y pico grados, muchas de esas especies entrarán en barrena, porque no están habituadas a la canícula sofocante que se vive en muchas zonas de la península ibérica.Concretamente, es lo que le sucede al tomate (Solanum lycopersicum), que vegeta sin pausa en la primavera, pero que en las regiones castellanas se queda casi paralizado en las semanas más ardientes, en las que, además, se ve atacado con fuerza por la araña roja, ante la bajada de defensas de la planta por ese estrés. Por eso, en ciertas zonas de veranos más dulces, los tomates no sufren tanto esa parada vegetativa estival por el calor.Hay otras plantas con metabolismos fotosintéticos a los que no les afecta el bochorno, como son los propios de las llamadas plantas C4 y CAM. Este último es el de las suculentas, como los cactus, y muchas de sus especies continúan su crecimiento en pleno verano. Estas son ideales para esos veranos insufribles, así como aquellas plantas autóctonas de esas regiones, por supuesto. En este punto, un buen asesoramiento por parte de un viverista es imprescindible para acertar con las especies que resisten bien en unas condiciones de cultivo concretas.A la inversa, una planta cuya genética esté preparada para vivir inviernos gélidos requerirá de esa parada para estar sana. Por eso no se verán crecer frutales como manzanos o perales en zonas cálidas, carentes de horas frío —por debajo de 7 °C—, que es un periodo de reposo necesario para ellos. La humedad ambiental es otro factor que varía enormemente de un lado a otro. El rango ideal para la gran mayoría de las plantas es el que se mueve entre un 60% y un 70% de humedad ambiental, que también es perfecto para las mucosas de las vías respiratorias del ser humano. Ciertas plantas de origen tropical no van a sobrellevar que este parámetro baje de un 50%, por debajo del cual comienzan a necrosar tejidos de sus hojas, como se ve en aquellas que amarronan sus bordes. Por ello, las plantas de interior más cultivadas suelen ser las que afrontan con valentía porcentajes más bajos, inclusive por debajo del 30%. Esto se comprueba con muchos helechos en el norte de España, donde crecen y crecen sin parar, mientras que en otros lugares con humedades ambientales bajas sufren hasta decir basta: un helecho real (Osmunda regalis) en un jardín cántabro estará pletórico en verano, pero en otro jardín toledano se verá reducido a la nada, con sus delicadas frondas chamuscadas ante el aire seco y castigador.En esta humedad ambiental influye mucho, lógicamente, el reparto de las lluvias a lo largo del año, ya que es habitual que en la península haya amplias regiones en las que las nubes cierran su grifo desde finales de primavera hasta el otoño. Donde eso ocurre, es más complicado luchar para que un tipo de plantas sobreviva al verano. El ideal será entonces plantar aquellas especies más resistentes al clima seco, aunque en la jardinería en macetas esto es más complicado, al requerir riegos frecuentes y constantes.