“Tú nunca harás de protagonista”. Son solo cinco palabras, pero Candela Peña (Gavá, Barcelona, 52 años) las tiene grabadas a fuego. Se las dijo Javier Bardem cuando estudiaban interpretación en el estudio de Juan Carlos Corazza. Ella tenía 18 años; él, 22 o 23. Eran unos chavales, dos desconocidos que aspiraban a vivir de la actuación, pero Javier ya era Bardem, el hijo de Pilar, el sobrino de Juan Antonio, el nieto de Rafael, la última promesa de una saga de grandes talentos. Candela, en cambio, solo era María del Pilar (ese es su verdadero nombre), la hija de Antonio y Pepa, los dueños del bar de su pueblo.“No quiero hablar de esto porque han pasado más de 30 años. Lo único que puedo decirte es que admiro infinitamente a Javi y que estar cerca de él fue un motor para mí, un motor para decir: yo también voy a ser protagonista. No voy a pelear por otra cosa en mi vida que por conseguirlo”, explica Peña a El País Semanal. Mide poco más de metro y medio, pero se vuelve inmensa cuando enseña su cara más cómica. Ha estado más de cinco horas frente a la cámara haciendo muecas, poniéndose y quitándose pelucas, posando en albornoz, con mantilla, con plumas de marabú y hasta limpiando el suelo con una fregona.“Ojo, a lo mejor Javi tenía razón. Con mi perfil y mi físico, a lo mejor es verdad que nunca me tendrían que haber dado un papel de protagonista, pero he peleado por ello y aquí estoy”, reflexiona. Irónicamente, hizo su debut cinematográfico con Bardem en Días contados, película de Imanol Uribe de 1994. Al año siguiente, los dos fueron nominados a los Goya. Ella no se llevó nada, pero la nominación le abrió las puertas para trabajar con directores como Pedro Almodóvar (Todo sobre mi madre, 1999) e Icíar Bollaín (Hola, ¿estás sola?, 1995; Te doy mis ojos, 2003).Para su primer papel de protagonista tuvo que esperar un poco más. Le llegó casi una década después con Princesas, filme de Fernando León de Aranoa, con el que ganó el Goya a mejor actriz protagonista. Ya ha perdido la cuenta de los premios que tiene. “No es falsa vanidad, pero no los cuento”. Tiene tres Goya, dos Gaudí, cuatro Ondas, siete premios de la Unión de Actores, dos Biznaga de Plata del festival de cine de Málaga, dos medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos, entre otros.Candela Peña es una de las mejores actrices españolas de su generación. Paradójicamente, no le sobra el trabajo. “No te creas que me ofrecen muchos papeles”, admite. Tiene su teoría al respecto. Sabe que tiene fama de “problemática” y “exigente” e intuye que le cae mal a los productores. “Hoy me has visto trabajar. No soy eso que dicen. Pero no voy a quejarme. No soporto a la gente que dice: ‘No ocupo el lugar que debería’. Estoy donde estoy y entiendo que hay gente a la que le gusto y otra a la que no”.Tiene claro que en esta industria no gustan las actrices con opiniones. Cuando ganó el Goya por Una pistola en cada mano, en 2013, arremetió contra los recortes en sanidad y educación y contra los desahucios. Su discurso se viralizó. “Decir lo que piensas es un problema en este negocio, no conviene porque hay que quedar bien. Yo no sé qué tengo que decir para quedar bien y tampoco sé con quién tengo que quedar bien”, reconoce. “Quizá se deba a que mis padres nunca me sentaron en la mesa de los niños y nunca me dijeron ‘delante de los mayores no se habla’. He podido hablar siempre. No entiendo que la gente se guarde tanto sus opiniones”.Lleva seis años sin tener un papel principal en una película. La última que protagonizó fue La boda de Rosa, en 2020. El 5 de junio vuelve a la pantalla con La desconocida, thriller de Netflix dirigido por Gabe Ibáñez. En la cinta, basada en la novela de Rosa Montero y Olivier Truc, interpreta a Anna Ripoll, una detective atormentada que se embarca en una carrera contra reloj para descubrir la identidad de una mujer desconocida (Ana Rujas) y los secretos ocultos en su memoria.De este proyecto le interesó más lo que se intuye en la historia que lo que se cuenta en ella. Su personaje es una mujer deprimida, golpeada por el suicidio de su hermano, que se obliga a sí misma a volver al trabajo. “El suicidio es la primera causa de muerte no natural del mundo. Los datos son escalofriantes. La gente se suicida desde la adolescencia hasta los 35 años y a partir de los 65. Se calcula que cuando alguien se quita la vida, deja entre seis y siete vidas rotas”, explica.Para construir su personaje leyó libros como La vida que nos queda, de Matteo Bianchi, que cuenta qué sucede a los padres, hijos, amigos y amantes de aquellos que renuncian a la vida, y Recuérdame bailando, el testimonio personal de Mara Torres dedicado a una hermana que se quitó la vida con 33 años. Pero su fuente principal para crear a Anna Ripoll ha sido ella misma. “De mi personaje he apuntado esto”, dice. Saca una pequeña libreta llena de notas y empieza a leer: “Anna es una persona que siente que su alma está muy magullada, cegada por el dolor. Es incapaz de distinguir entre lo sensato y lo inoportuno, entre lo confidente y lo extraño”.Tras una breve pausa, añade: “Pues yo soy un poco esa”. Hay un dolor profundo dentro. Ella lo describe como una “herida infantil”. Sus padres, Antonio y Pepa, se deslomaron para sacar adelante su bar en Gavá (Barcelona). Trabajaban desde las nueve de la mañana hasta las doce de la noche. Candela, que entonces era Pili, tuvo que irse a vivir con sus abuelos. “A mí no me enseñaron a amar, solo me enseñaron a trabajar: trabajar, trabajar, trabajar”, explica. El cine del pueblo se convirtió en su refugio. “No sé qué habría sido de mí sin ese cine”. Vivió con sus abuelos hasta los 14 años, hasta que un día le preguntó a su madre si podía volver a su casa. Al final, pudo regresar, pero la herida nunca se cerró.Intuyo que es terriblemente insegura.Yo soy el peor atentado contra mí misma. Me he dado mucha caña, me he hablado muy mal, y a veces lo sigo haciendo. En la vida soy terriblemente insegura; como actriz, no lo soy. Una vez le oí decir a Juliette Binoche que un rodaje es el único sitio en el que siente que no molesta. Me pasa lo mismo. En un rodaje me siento segura. Es mi lugar, donde creo que aporto. La vida me da más miedo transitarla.En los rodajes es una “fiera”. Para hacer de Rosario Porto en El caso Asunta, la miniserie sobre el asesinato de Asunta Basterra, luchó mucho. Los productores le querían dar un papel secundario. Insistió tanto para que la probaran para el principal que lo consiguió. Cuando la vieron, no lo dudaron. “En esas situaciones me sale el chico que llevo dentro. Mi energía masculina es la que siempre me ayuda a salir adelante”, apunta. “Mi energía femenina, en cambio, es más frágil. Soy de las que lloran casi en todos los sitios. Tengo una parte casi quebradiza”.Durante la preproducción de La desconocida tuvo que pelear para que la dejaran interpretar a Anna Ripoll como ella quería. Los productores querían verla guapa y segura de sí misma. Ella, en cambio, quería mostrarse desaliñada, sin maquillaje, despeinada, con canas, “como un zombi funcional”. “Apreté mucho ahí. Me costó defenderlo. Me puse pesada y dije: no pasa nada, no la hago”. Al final, cedieron. Cree que tomaron una buena decisión. “A muchas actrices no les gusta salir feas en pantalla. A mí me divierte. Para mí es una manera de colocarme frente a la vida y de decir que no todo es bonito y no todo está bien”.Ha perdido la cuenta de las veces que las cosas no le han salido bien. “He tenido muchas crisis, una en cada momento de mi vida”. La más difícil, quizá, la tuvo en 2013. Ese año murió su padre y, poco después, nació su hijo, Román. A los tres meses de parir, se separó de su pareja y asumió la maternidad en soledad. “Ahí empezó el tomatón. Eso fue el principio de ‘ahora cómete lo que viene”. Los siguientes ocho años fueron duros. Rechazó muchos trabajos porque no quería separarse de su hijo. “Podría haber pagado a una señora para que lo cuidara y no lo hice. Tuve una infancia tan solitaria que no podía permitírmelo”, explica. Ahora, Román tiene 14 años. “Se viene el otro tomatón: aprender a desprenderme de él”.¿Ahora en qué momento está?En un momento vital particular, complejo. Me he sentido un poco perdida. Antes de venir a esta entrevista me dijeron que no hablara de esto porque tengo proyectos preciosos. Pero no quiero negarme a mí misma. Está bien que la gente sepa que he tenido otra gran crisis.¿Por qué se ha sentido perdida?Porque cuando eres pequeña fantaseas con que a los 50 ya habrás llegado a un sitio y yo no he llegado a ese sitio.¿Qué sitio es ese?Era la hija de los señores del bar del cine y en ese cine fantaseaba muchísimo. Con 14 años, imaginaba que con 52 estaría con una copa en la mano navegando en mi velero. Me refiero a que me imaginaba con una carrera más fluida y que ya no tendría que demostrar nada. Esto no acaba nunca. Siempre estás a prueba.Su crisis de los 50 ha ido más allá de lo habitual, de sueños frustrados y expectativas inalcanzables. En estos años, ha perdido a amigos y referentes, gente importante en su vida y en su carrera. “Cumplí 50 y me asusté un montón porque personas a las que quiero han enfermado y han muerto. Pensé: estoy soltera y tengo un niño. Si yo enfermara, él tiene que seguir adelante”. De ese pensamiento oscuro surgió una idea muy clara: “Me dije a mí misma: tengo que empezar a monetizar mi carrera”.En febrero de este año fichó por Vertical, la agencia de representación del piloto Marc Márquez y la influencer María Pombo. Ahora ellos se encargan de gestionar sus oportunidades comerciales y de marca, desde campañas publicitarias hasta colaboraciones estratégicas. Juan Antonio Bayona y Victoria Luengo también son representados por Vertical, pero hay personas en el entorno de Candela, personas a las que respeta, que no han entendido este movimiento. Ella lo explica sin rodeos. “Si hoy tuviera 20 años, igual no sería actriz. Le habría dado la vuelta al teléfono y me habría convertido en una creadora de contenidos. Como mis padres estaban todo el día trabajando en el bar, habría pegado unos rollos patateros sola en mi cuarto. También habría sido un peligro”.Supongo que hay gente que no ha entendido este cambio en su carrera porque el estereotipo del artista “muerto de hambre” sigue estando muy presente. Si no pasa hambre, no es artista.Yo no quiero eso. Y no puedo. Tengo un hijo de 14 años y tengo que inventarme otros trabajos. Mi hijo es de otra generación y me está enseñando a no sufrir. Yo le pregunto: ¿no tienes vocación? Me responde: “Mamá, yo quiero vivir bien, quiero ganar pasta”. También me dice: “Mamá, tienes que ponerte objetivos”.Así es como se incorporó a La revuelta, el exitoso programa de David Broncano en el prime time de La 1. Ya había colaborado en La resistencia, en Movistar+, entre 2019 y 2024, así que se sentía cómoda volviendo a la televisión de la mano de Broncano. “Me fui de La resistencia siendo fértil y he vuelto a La revuelta como una señora menopáusica”, bromea. “Antes, los chicos me enviaban fotos cochinas por las redes. Ya no. Me he dado cuenta de que ahora soy una señoraca”.Sus intervenciones en La revuelta se viralizan en internet. Aclara que no están guionizadas, que es ella misma “con un poco más de sentido del humor”. También quiere puntualizar que no se considera una humorista. “¿Pero qué cómica ni qué niño muerto? No soy cómica y no quiero robarles ese título a los verdaderos humoristas. No voy a la tele con la intención de hacer humor. Voy un poco para poder pagar el Mercadona a fin de mes”.En sus gags toca temas serios como el edadismo o la presión estética que sufren las mujeres. Hace unas semanas, defendió la regularización de los inmigrantes y los derechos de las empleadas de hogar. En sus discursos siempre hay verdad y un trasfondo político, aunque ella no lo quiera reconocer. “Tengo la sensación de que nunca me he posicionado políticamente. Solo intento decir cosas que creo que son importantes, ponerme en el lado justo de la historia. Hay cosas que no son política. Hay cosas que son justicia divina, sentido común”.Tiene muchos fans, también muchos detractores. Después de cada una de sus apariciones en La revuelta suele recibir un rimero de insultos en las redes. “Por lo que dije de los inmigrantes he sufrido muchas agresiones”, asegura. En 2022 detuvieron a una mujer que la acosaba y amenazaba de muerte por internet. “Ahora, cualquiera con un teléfono móvil puede ser una bomba de odio. Estamos en un momento de mucho enfado y polarización y eso me asusta. Pienso en mi hijo y el mundo que le espera”.La televisión le ha dado una nueva popularidad y le ha vuelto a abrir las puertas del teatro. Está teniendo mucho éxito en la gira por España con Peña + Peña, un show de improvisación junto a Secun de la Rosa. “El público viene a ver a Candela, la de La revuelta. Yo les digo: ‘Os han estafado porque solo vengo a contaros cómo sobrevivir en esta profesión”. El personaje quiere devorarla, pero ella se resiste.No la veo entusiasmada con su éxito.Sí, pero volvemos a la herida infantil. A la niña que todavía habita dentro de mí le gustaría que vinieran a verme por hacer a Hedda Gabler, no a Candela la de La revuelta. Ahora me gano más la vida por quien soy que por los personajes que interpreto. Me pagan más por hacer de mí que por hacer de Hedda Gabler. Parece un chollo, lo sé, pero a mí se me hace bola. Lo hablo mucho en terapia y entro en bronca. Soy consciente de que tengo que abrazar esta nueva faceta.Con tantos altibajos, ¿cómo hace para mantenerse cuerda?Haciendo terapia. Me ayuda a lidiar con mi peor enemiga: yo misma. Llevar una vida nada flipada también me ayuda. Llevo a mi hijo al fútbol y a sus extraescolares y me encuentro con los profesores y las madres, gente que nada tiene que ver conmigo o con mi trabajo. Ya no fantaseo con el velero. Solo quiero estar feliz, tranquila y tener suficiente para mi hijo y para mí.¿Quizá se esté acercando a la tan ansiada felicidad?Estoy contenta con quien soy. Me costó mucho llegar hasta aquí. Tengo cosas terribles, como todo el mundo, pero también cosas buenas y las quiero abrazar. Con 52 años, no quiero pedir perdón. Tampoco quiero justificarme. Las mujeres siempre estamos justificándonos. Los hombres no dan tantas explicaciones. Créditos de equipo: Fotografía: Javier Biosca Estilismo: Beatriz Moreno de la CovaMaquillaje y peluquería: Ricardo Calero (Uno Artists) para Salon 44, Chanel y OribeProducción: Cristina Serrano Asistente de fotografía: Álvaro ToméAsistente de estilismo: Diego SernaAsistente maquillaje y peluquería: Roberto MeloniAsistente de producción: Marina Marco