Los padres de Candela Peña tenían un bar al lado de un cine. En vez de pasar su infancia jugando al escondite o saltando a la comba, ella estaba metida en una sala, a oscuras, viendo películas que muchas veces no correspondían a su edad. Se subía a la cabina de proyección y, desde allí, como si fuera la versión cañí de Cinema Paradiso, se quedaba fascinada con las historias que veía proyectar en la gran pantalla.

Ya entonces sintió esa fascinación que la llevaría a estudiar interpretación. Y aquella formación autodidacta la hizo mejor actriz. Una que está siempre atenta a todo, que construye sus personajes a conciencia. Los estudia, los prepara. Les da una vida con la que ella pueda moldear lo que luego saca delante de la cámara.

Lo ha demostrado desde hace décadas. Desde aquel debut que fue como un terremoto en Días contados hasta su nueva película, La desconocida, donde interpreta a una policía que vuelve tras un duelo personal para comenzar una investigación que apunta a trata de mujeres. Un filme que llegará a Netflix el próximo 5 de junio y donde construye un personaje roto y frágil. Mientras tanto, sigue plantándose en La revuelta a decir las cosas que pocos se atreven a decir en televisión. Y la gente lo agradece, porque Candela Peña no se corta, y eso sigue siendo algo raro hoy en día.