Actualizado Viernes,

mayo

23:11Ya s� que la degradaci�n parlamentaria es el �ltimo consenso que nos queda. Y que todos los plenos llevan invariablemente aparejado el adjetivo �bronco�. Desde estas p�ginas yo mismo he contribuido modestamente a extender esa nefasta impresi�n sobre el estado de nuestra oratoria nacional, incluida la plurinacional. Pero aun as� debo confesar que durante a�os yo me levantaba feliz cada mi�rcoles, me hac�a el caf�, agarraba la libreta y me sumerg�a en el metro. Y cuando emerg�a en Sevilla (la estaci�n, no la ciudad), si la ocasi�n promet�a dosis excepcionales de violencia verbal me embargaba una incomprensible expectativa y una anacr�nica reverencia por el viejo caser�n de San Jer�nimo.Nunca entr� en el Congreso sin sentir el debido respeto, quiz� no tanto por los presentes como por los pasados. Diputados fueron Espronceda, C�novas, Sagasta, Gald�s, Maura, Mara��n, Ortega, Campoamor, Besteiro, Aza�a. Y cronistas fueron Larra, Azor�n, Camba, Pla, Chaves Nogales, Wenceslao Fern�ndez-Fl�rez (el mejor en el g�nero), Carabias o Carandell.Cuando atravesaba la galer�a de retratos que conduce al patio, yo dirig�a a todos aquellos ilustres una imperceptible inclinaci�n de cabeza. Luego, bajo los timbrazos que anuncian el comienzo de cada sesi�n, sub�a a la tribuna de prensa y me colocaba detr�s de la bancada de la izquierda, asomado a la barandilla, vigilado por el ujier. Muchos mi�rcoles me sent� junto a Gistau cuando hac�a la cr�nica para ABC. Era tan divertido comentar la sesi�n con �l que tuvimos que dejar de hacerlo para no desperdiciar los chistes que merec�an acabar en el folio.Despu�s me he re�do all� con otros cronistas de talento. �ltimamente, antes de que la dulce servidumbre de la radio me arrancara sine die del hemiciclo, sol�a sentarme con David Portabella, del Avui. M�s de una vez tuvo que prestarme un bol�grafo porque al m�o lo hab�a dejado seco la fluvial verborrea de sus se�or�as.Hace unos d�as recib� en la redacci�n de EL MUNDO un libro que inclu�a una nota manuscrita. Conf�o en que David no se enfade si revelo este fragmento: �Apreciado Jorge. He dejado pasar un curso parlamentario para corroborar una obviedad que ya intu�a: observar las andanzas de Pedro, Gabi Cooper y el resto del elenco es mucho m�s divertido compartiendo palco. Como en su d�a lo dejamos en alto coincidiendo en que Gaziel es y ser� el mejor periodista catal�n de todos los tiempos, aqu� tienes a otra grande de los a�os 20 y 30. Un abrazo y larga vida a la irreverencia en los palcos y en las columnas de los diarios. David Portabella�.El libro en cuesti�n se titula Irene Polo. Una intrusa en la prensa, y lo acaba de editar Renacimiento. Quiz� por ese culpable desconocimiento rec�proco que a�n lastra las relaciones entre lo castellano y lo catal�n no ten�a yo noticia de esta pionera que moderniz� la t�cnica del reportaje, alcanz� el estrellato, se exili� durante la Guerra Civil y termin� suicid�ndose en el exilio bonaerense sin haber cumplido los 34 a�os.Autodidacta de origen humilde, reun�a coraje de sobra para disputarles el espacio tipogr�fico a todos sus compa�eros (compa�eras no hab�a), que murmuraban sobre su desinhibido lesbianismo sin que a ella le importara demasiado. Irene Polo se convirti� en la periodista m�s le�da de aquella ciudad de los prodigios que escuchaba enardecida los m�tines del Emperador del Paralelo, se arremolinaba en los cines para ver a la Garbo y se engalan� con la tricolor cuando se proclam� la Rep�blica.Brill� en el reportaje cultural y en la cr�nica de costumbres, pero tambi�n era capaz de exclusivas como el paradero de los redactores del Estatut. La modernidad de Polo estriba en el rigor con que desmiente un bulo sobre ladrones de ni�os, pero tambi�n en la eficacia de su estilo antirret�rico, basado en el di�logo �gil y la descripci�n precisa, completado por un prop�sito de denuncia social que nunca cae en excesos doctrinarios. Cuando se infiltra en una c�rcel de mujeres o en un manicomio, nos recuerda al periodismo gonzo de Magda Donato –otra pionera poco reivindicada–, que tambi�n sab�a entretener al lector sin renunciar a la pedagog�a. Y en todo caso late en la prosa vital y bienhumorada de Polo un entusiasmo contagioso por el propio oficio que vuelve a�n m�s indescifrable su suicidio.Quer�a agradecer a mi compa�ero del Avui que me haya descubierto a una nueva cl�sica del viejo periodismo. Ese que precisamente nunca envejece.