Hace solo diez años, Bolivia era una perla para el mundo bolivariano. Dentro de los denominados gobiernos “progres”, “populistas” o “comunistas” (cada bando elegirá su denominación), el país gobernado por Evo Morales mostraba datos financieros y macroeconómicos notables: un tipo de cambio estable y respetables niveles de crecimiento. El 12 de octubre de 2014, Morales era reelecto por el 61,3% de los votos, cerrando una performance de mayoría legislativa. Había llegado a la presidencia en enero de 2006, y mostraba a América Latina que, una semana antes de su reelección, colocaba deuda en el mercado voluntario financiero internacional al 3,7% anual. Una de las más bajas del continente y competitiva con la de cualquier país en desarrollo de características económicas ortodoxas. Era casi el ejemplo de lo bien que podía hacer las cosas un gobierno bolivariano, al menos en términos de mercado. Además, Bolivia exportaba 6.624 millones de dólares en metros cúbicos de gas natural, rompiendo un récord histórico y generando reservas para el Banco Central por un acumulado de US$ 15.200 millones, con dos compradores del combustible casi cautivos: Argentina y Brasil. El primero, en emergencia energética casi permanente, necesitaba cada vez más gas y pagaba al contado y en dólares, ya que no resultaba un país confiable, aún con Cristina Fernández de Kirchner del otro lado del teléfono. Brasil, por su parte, usaba ese gas para producir en el sur del país. Nada podía fallar. Se hablaba de un proyecto bolivariano de versión boliviana casi eterno y consolidado en el tiempo. Unos 12 años después, en mayo de 2025, Bolivia vive un clima prerrevolucionario. Ya no hay bolivarianos en el gobierno. El presidente es hoy Rodrigo Paz, que ganó un ballotage contra Jorge “Tuto” Quiroga, en una contienda donde la disputa fue ver cuán de derecha eran ambos. En octubre de 2025 se puso fin a 20 años de gestión del Movimiento al Socialismo (MAS). Como toda gestión de esta estirpe, todo comenzó con un severo ajuste que llevó a la economía social a una situación de inestabilidad extrema, aderezado con acusaciones contra Evo Morales que lo llevarían a prisión. Un cóctel explosivo sin definición momentánea. Se podría interpretar la crisis boliviana como una cuestión política, fruto de los cambios ideológicos que algunos quieren profundizar y otros se niegan a aceptar. Sin embargo, hay que observar una realidad estructural más profunda que lleva el problema al terreno de las tormentas perfectas. Y evitables. ¿Cuándo? Probablemente en aquellos tiempos dorados de colocación de deuda a menos del 4%, cuando el socialismo de Morales era exhibido como la perla bolivariana.
Bolivia: de perla del bolivarianismo a tormenta perfecta anunciada y evitable
Bolivia fue durante una década el modelo que el bolivarianismo exhibía como prueba de que otra economía era posible: crecimiento sólido, deuda barata, reservas récord, gas abundante. Hoy el país atraviesa un clima prerrevolucionario, con reservas internacionales desplomadas, escasez de combustibles, brecha cambiaria y veinte años del MAS sepultados en las urnas. No fue ideología ni mala suerte: fue la ausencia de una visión estratégica que reinvirtiera la bonanza del gas, ignorara la informalidad estructural del 80% y mirara hacia adelante. La perla se apagó cuando se acabó el recurso que nadie se preocupó en reponer.














