Que la Unión Europea no solo no figura entre las prioridades de la política exterior y de seguridad de Donald Trump, sino que es vista como un objetivo a destruir por parte de quien sostiene que fue creada para “joder” a Estados Unidos, es una realidad con la que los Veintisiete debemos contar sin titubeos.

Que, además, el actual inquilino de la Casa Blanca está despilfarrando el poder estadounidense, demostrando que su poderío militar no le sirve para hacer claudicar a una potencia media como Irán, y que su capacidad de atracción se ha transformado en una generalizada imagen de socio no fiable e indeseable, también es un hecho que afecta a su propia seguridad.

Que, en consecuencia, su soberbia y narcisismo están poniendo en riesgo los intereses de su propio país es un peligro que muy pronto puede lamentar quien hasta ahora era reconocida como la superpotencia de referencia, mientras China aprovecha esas circunstancias para ir consolidando su imagen de nuevo hegemón mundial.

La última señal (aunque el tiempo que media entre lo escrito y lo publicado hace que cualquier contabilidad quede anulada por su frenético ritmo de anuncios y contraanuncios) de esa pauta de errático y caprichoso comportamiento es lo ocurrido con el despliegue de tropas y material de defensa estadounidenses en territorio europeo. En un contexto de crecientes amenazas contra varios aliados europeos (con España y Alemania en cabeza), reforzadas por la profunda decepción que Trump dice sentir ante el comportamiento reticente de algunos de ellos para sumarse a la agresión ilegal contra Irán, se amontonan los mensajes que incluso llegan a apuntar a su retirada de bases de utilización conjunta.