La connivencia de Trump con Putin en su plan para Ucrania obliga a la UE a dar pasos concretos hacia su autonomía estratégica

La estrategia de Donald Trump para poner fin a la guerra en Ucrania es la constatación definitiva de que Europa no puede confiar ciegamente su seguridad al lazo transatlántico con Estados Unidos, hoy más débil que nunca. Tanto la revelación del plan presentado por Washington a Kiev —que se ajustaba con precisión a los objetivos del Kremlin— como la actitud del enviado estadounidense a Rusia,

idente-estadounidense.html" data-link-track-dtm=""> cuya impúdica cercanía a Putin quedó a la vista esta semana, han dejado al descubierto la fragilidad de una alianza que durante décadas se consideró inquebrantable.

Con su desdén característico y su querencia por los negocios de cierre rápido, Trump actúa convencido de que puede dejar de lado tanto a los aliados europeos como, lo que es peor, a la víctima: Ucrania. La UE no puede entrar en el juego tremendista del actual inquilino de la Casa Blanca, pero está obligada a una respuesta serena y firme. Lo primero es reconocer sin medias tintas la realidad: Europa no puede depender exclusivamente de EE UU en materia de defensa, pero esa dependencia no desaparecerá de la noche a la mañana. Sin embargo, esta circunstancia no puede traducirse en una subordinación automática a los vaivenes políticos estadounidenses en función de quién ocupe la presidencia de aquel país. El gran desafío de Europa está en mantener, en medio de esta dinámica, su talante democrático y liberal. Algo que solo conseguirá con más integración, no con menos.