Estoy en mi oficina. Piso cincuenta y siete del edificio Belgorod. Desde mi escritorio puedo ver dos rascacielos del pujante Moscow City, parte del río Moskva y unos doscientos metros de la avenida Kutúzovski, con su habitual tráfico infernal. Por las mañanas, cuando llego a trabajar, veo algunos autos de lujo estacionar en la zona y a sus choferes bajar apurados a comprar café para sus jefes en el Chokolatnitsa de la esquina.
El espacio de mi oficina abarca ochenta y cinco metros cuadrados. Podrían ser menos; solo tres personas trabajamos aquí. Mi secretaria, el encargado de ventas y quien les habla. Yo quería tener este lugar. Una demostración del crecimiento de mi empresa y de mi patrimonio. Además, un lugar amplio donde poder entretenerme con Lera, mi secretaria.
Para mis antiguos amigos y para mi familia, la vida que llevo no está bien. Tampoco es que me importe. Lo cierto es que existen unas cuantas posibilidades de que hoy me maten. Alguno podría preguntarse qué hago para salvarme si sé que voy a morir. La respuesta es: nada. En todo caso, me estoy grabando, sentado en mi confortable sillón, con mi iPhone 17 de caja dorada, hablando a puertas cerradas, a la espera de que entren mi secretaria, el ejecutivo de ventas o un sicario.













