Hubo que viajar muy lejos, a la tierra de la nieve, el hielo y las manos enrojecidas ante los quemadores encendidos a todo gas en las cocinas glaciales de Moscú para encontrar un amor de verano. No iba a ser tan fácil como ir a cualquier playa y conocerlo, no.
Hubo que sufrir. Hubo que congelarse. Hubo que plegarse entre sábanas acartonadas, mantas gélidas y hasta algún abrigo extendido por encima para intentar entrar en calor y ni aun así se conseguía, no.
Pasó tanto frío Irene, nuestra protagonista, pasó tanta hambre de calor físico y humano que la temperatura solo la encontró en su propio cuerpo, febril, espasmódico, agotado y delirante hasta perder el sentido. Irene enfermó. La salud le dio la espalda y ella se la dio a la Perestroika, las guerras y los tiros que debía cubrir para un periodicucho y que, de repente, se apagaron para su conciencia.
Apagada la vida, quien se abrió paso hasta su cama fue una doctora en bata blanca, bigote fino sin depilar y gafas gruesas que se asomó a la almohada en que reposaba su cabeza sucia y sudorosa y le preguntó:
- ¿Qué le pasa?






