�Qu� m�s se requiere para que cunda, ya para quedarse, el convencimiento de que S�nchez, adem�s de gobernar por decreto con la anti-Espa�a y la antimonarqu�a parlamentaria, se rodea con gente de aparente conducta mafiosa que est� bajo sospecha de haber cometido graves delitos?En los �ltimos diez a�os Reino Unido ha tenido cinco primeros ministros, miembros todos ellos del partido Conservador, y el futuro del actual, sir Keir Starmer, que es el l�der del partido Laborista y lleva dos en el cargo, cuelga de un hilo. En esta �ltima d�cada Espa�a ha tenido dos presidentes del Gobierno y el actual, Pedro S�nchez, tambi�n socialista, vive las horas m�s bajas de sus ocho a�os en el poder.Gente ecu�nime y bien preparada para afrontar problemas pol�ticos porque cuentan con una larga experiencia en la vida p�blica se pregunta si la democracia brit�nica est� en un proceso de desintegraci�n. Los laboristas que ganaron una impresionante mayor�a parlamentaria hace dos a�os con la promesa de acabar con el desgobierno conservador perdieron las elecciones municipales hace quince d�as de manera estrepitosa.Puede que algo parecido se pueda decir en la Espa�a que estren� la Constituci�n en 1978. Todos recuerdan que en la moci�n de censura que le llev� a La Moncloa S�nchez tambi�n prometi� regenerar la democracia representativa y que lo hizo por boca de Jos� Luis �balos, su entonces pe�n de confianza, que fue el orador que escogi� para abrir el debate y poner el toro en suerte.Es enteramente l�cito hacer provocativas preguntas acerca de la putrefacci�n como estado existencial de un sistema pol�tico cuando se quiebran sus tradicionales cauces representativos. El pasado siete de mayo el partido Laborista se qued� sin poder local en un ancestral feudo suyo tras otro porque le hicieron una pinza el populismo insurgente, el de la extrema derecha identitaria y el de la extrema izquierda anticapitalista.La descomposici�n pol�tica y social es la secuela de la suspicacia y la desconfianza es muy contagiosa, al igual que lo es su pariente cercano que es el miedo. Se ha abierto en Reino Unido una amplia brecha entre electores y elegidos y han desaparecido viejas lealtades a la hora de votar. El primer ministro Starmer, hombre lento y prudente, cuando no vacilante, solo se parece al audaz S�nchez en las alt�simas cuotas de impopularidad que comparte con su correligionario espa�ol.En Espa�a, la man�a que se le ha tomado a S�nchez es ya enfermiza como lo es la que se lanza a la cara de Starmer. La humillaci�n del sanchismo en las elecciones andaluzas y en las anteriores auton�micas hubiera sido ya apote�sica de haberse conocido la imputaci�n por la Audiencia Nacional de Jos� Luis Rodr�guez Zapatero.�Qu� m�s se requiere para que cunda, ya para quedarse como una mancha que nada ni nadie puede quitar, el convencimiento de que S�nchez, adem�s de gobernar por decreto con la anti-Espa�a y la antimonarqu�a parlamentaria, se rodea con gente de aparente conducta mafiosa que est� bajo sospecha de haber cometidos graves delitos?Zapatero, el precursor de S�nchez y el "padre espiritual" del sanchismo que tan activamente, y a final de cuentas tan in�tilmente, particip� en las diversas campa�as electorales, es un pol�tico manifiestamente indeseable. Es el presidente del Gobierno que dej� Espa�a en la ruina econ�mica y el pol�tico con el pensamiento perdidamente desordenado que abri� las heridas de la Guerra Civil y foment� el plurinacionalismo.S�nchez recogi� el testigo de Zapatero, y en su caso la bancarrota es netamente del orden moral. Su legado ser� una Espa�a desconfiada y rota que la derecha tendr� que reconstruir; no la roja que hubiera querido.Se puede seguir despotricando contra el sanchismo todo lo que se quiera y al repetir el relato de las iniquidades cometidas por fulano, mengano y zutano se tendr� m�s raz�n que el proverbial santo. Sin embargo, es m�s �til reconocer que la desintegraci�n, la putrefacci�n y la descomposici�n transcienden las maldades individuales y responde al esp�ritu de los tiempos, al zeitgeist que gustaba emplear el fil�sofo Hegel.Espa�a y Reino Unido, �ltimos reductos de la socialdemocracia en el poder, son claros ejemplos de c�mo la pol�tica se ha fragmentado con la irrupci�n de formaciones a la izquierda de la izquierda y a la derecha de la derecha y por el fortalecimiento de partidos separatistas en Escocia y Pa�s de Gales, en Catalu�a y Pa�s Vasco.La ventana que enmarca el campo de la actuaci�n pol�tica es distinta. Y esto no sale gratis porque las instituciones siguen siendo las de otro tiempo cuando mandaba la uni�n y la centralidad y cuando solo dos se disputaban la mayor parte de la tarta.Los hay que celebran la fragmentaci�n pol�tica diciendo que el multipartidismo refleja con mayor fidelidad las complejidades de la sociedad al dar representaci�n y voz a todos. Se equivocan.El bipartidismo aseguraba la centralidad porque los partidos, el Socialista y el Partido Popular, el Laborista y el Conservador, rivalizaban para parecerse m�s a Espa�a y a Reino Unido, respectivamente. Por el contrario la competencia entre varios grupos divide porque cada uno enfatiza lo que le separa y le diferencia del otro. Y ese otro no es el adversario con quien uno se tiene que entender sino el enemigo que se ha de machacar.En toda Europa, con Alemania y Francia en primer lugar, parece que se tambalean sistemas pol�ticos que se fundaron sobre los principios de la democracia liberal y que adoptaron el modelo bipartidista. Aquellas recetas ya no sirven y no hay que darle demasiadas vueltas para dar con el porqu� del desenga�o que se respira. La principal caracter�stica del zeitgeist que mueve nuestra �poca es el desencanto que espolea tanto a partidos "patri�ticos" como a los antisistema.Dos cosas destacan en el ambiente que se respira. Una es la sensaci�n, la intuici�n, la certeza, como se quiera entender y llamar, de que por primera vez desde la revoluci�n industrial y a las puertas de la de la inteligencia artificial las nuevas generaciones van a vivir con menos comodidades -la vivienda en propiedad, por ejemplo- que las conseguidas por sus progenitores.El agravio generacional y el c�mulo de frustraciones que crea el hurto de cualquier aspiraci�n es un elefante que se hace presente en la mism�sima habitaci�n que acoge a la sociedad occidental y que todos los que est�n en ella evitan se�alar. Y, por si este amenazante paquidermo en la sombra no fuese suficiente para tomarse las cosas en serio, hay un segundo en el mismo espacio habitacional que es igualmente ignorado.El otro elefante tiene que ver con la no menos novedosa situaci�n, transcendente y, a la vez, desmoralizante, que han causado, causan y causar�n grandes flujos inmigratorios. Referirse a ello es como soltar tacos malsonantes en una refinada reuni�n de gente exquisita. Las �lites cosmopolitas no saben lo que en la otra punta de la escala social supone que uno se sienta extranjero en su propia patria chica. Ni les importa no saberlo.Se ha extendido en las llamadas sociedades avanzadas lo que los franceses llaman malaise y se traduce no muy satisfactoriamente por malestar. Es la desequilibrada tensi�n entre la inquietud y el desasosiego que desgasta y la apat�a que acaba carcomiendo el esp�ritu.Los liderazgos pol�ticos que tienen como misi�n fundamental solucionar problemas se estrellan ante la malaise.En Reino Unido han colisionado contra ella cinco primeros ministros a lo largo de una d�cada ominosa que comenz� con el refer�ndum del Brexit en 2016. El aciago plebiscito polariz� el pa�s y lo paraliz�. Las desbocadas ideas identitarias, el supremacismo y el racismo han llegado para quedarse en la pol�tica brit�nica.Aquel a�o de 2016 el malestar fue tal en Espa�a que se inaugur� una legislatura ins�litamente nonata porque nadie reun�a suficientes votos para ser investido presidente del Gobierno. Hubo que repetir elecciones y, a continuaci�n, echar al S�nchez del "no es no" de la Secretar�a General del Partido Socialista, para que el Congreso de los Diputados pudiese echar a andar.S�nchez volvi� de la mano de �balos y de Koldo Garc�a, rescat� el catecismo de Zapatero, construy� "muros" para separar las dos Espa�as, amnisti� a golpistas, pact� con terroristas y form� una coalici�n con descerebrados neocomunistas que dec�a detestar. S�nchez se declaraba progresista pero pasaba de espa�oles libres e iguales. Ha acabado gobernando sin Presupuestos y de espaldas al Parlamento.Se comprende demasiado bien el malestar en Espa�a. Se intuye el atractivo para algunos -�para muchos?- de la "prioridad nacional" y se entiende la rabia que causan las aspiraciones estancadas.A la ofensa que denuncian los "arraigados" ante la desaparici�n de sus comunidades se a�ade la de la desigualdad y la angustia por llegar a fin de mes. Estremecen los datos de pobreza infantil cuando las empresas del Ibex consiguen beneficios r�cord. Tres cuartas partes, o m�s, de lo mismo se puede decir de Reino Unido.La desintegraci�n de la democracia brit�nica fue el t�tulo de una reciente tribuna publicada por el Financial Times que escribi� David Blunkett, una de las m�s respetadas figuras en la vida p�blica de Reino Unido que fue el mejor de los ministros en los gobiernos de Tony Blair hace m�s de veinte a�os.Blunkett ped�a un civilizado y respetuoso di�logo para que se puedan tomar decisiones de largo alcance. Solo la decencia y la moderaci�n podr�an asegurar el bienestar de la sociedad. Jos� Mar�a Aznar, amigo de Blair y por aquella �poca presidente del Gobierno, aprovech� su intervenci�n en el VII FORO INTERNACIONAL EXPANSI�N esta semana para decir que las pr�ximas elecciones generales en Espa�a ser�n "constituyentes".