La decepción entre diputados y votantes con el primer ministro británico vaticina una nueva crisis de liderazgo en el Partido Laborista y en el Gobierno
“¿Por qué cree el primer ministro que las acciones de todos los demás deben tener consecuencias, pero las suyas no?” El 20 de abril de 2022, el entonces líder de la oposición laborista, Keir Starmer, acorralaba con esas palabras en el Parlamento británico a
elpais.com/internacional/2022-07-07/boris-johnson-anunciara-hoy-su-dimision.html" data-link-track-dtm=""> un Boris Johnson en declive, incapaz de superar el escándalo nacional que supuso el partygate, las fiestas prohibidas en Downing Street en medio del confinamiento.
Esta semana, Starmer, primer ministro del Reino Unido desde julio de 2024, ha tenido que escuchar más de una vez esos mismos reproches, dirigidos a su persona, a cuenta del escándalo de Peter Mandelson, el exministro laborista nombrado primero embajador de Washington y cesado fulminantemente pocos meses después cuando salió a la luz, con toda su crudeza, su turbia relación con el multimillonario pederasta estadounidense, Jeffrey Epstein.
Su error de juicio al nombrar a un personaje tan conflictivo y dudoso se ha cobrado ya la cabeza del jefe de Gabinete de Starmer, Morgan McSweeney (el hombre que más apostó por el nombramiento de Mandelson); de su director de Comunicación, Tim Allen; del secretario de Gabinete, Chris Wormald, y la semana pasada, de Oliver Olly Robbins, el secretario permanente del Ministerio de Asuntos Exteriores. Robbins aparcó el informe de los servicios de seguridad internos que vetaba el nombramiento de Mandelson y usó su prerrogativa, sin decir nada a Starmer, precisamente para cumplir los deseos del primer ministro, que quería ver cuanto antes en Washington a su designado.






