Bastante antes de ser imputado, el pasado mes de marzo, Rodríguez Zapatero compareció en el Senado y no tuvo problemas para explicar por qué figuraba la empresa de sus hijas, What The Fav, en todo aquel lío, que aún no se llamaba “trama”. El expresidente dijo: “Fue parte del acuerdo. Cuando acepté la propuesta de realizar las tareas de consultor de Análisis Relevante, le propuse también que la agencia de mis hijas hiciera las tareas de marketing y de comunicación”. Y pronunció esas palabras con la tranquilidad que da el pensar que lo que dices se va a entender a la primera. Dani DuchLo que flotaba, sin ser dicho, era un sobreentendido cultural muy del sur de Europa: ¿acaso no lo harían ustedes?, ¿no estamos todos en la tarea de colocar a los chavales, con lo difícil que está todo? Claro que hay unas 200 líneas rojas entre pagar un máster a los hijos y desviar más de un millón de euros a una agencia de marketing que en el auto queda descrita como un “centro de distribución de flujos financieros”.De los hechos admitidos emana algo francamente feo, una manera incomprensible de dilapidar un legado políticoPara desentrañar en qué momento ese tipo de cosas pasan a parecer normales, casi lógicas, hace falta una paciencia de novelista a la antigua, de los que se detienen en el desarrollo psicológico del personaje. Solo así se puede alcanzar a comprender cómo un señor de León que parecía haber llegado a la Moncloa con el marco mental de las clases medias de provincias, versión socialdemócrata, salió de ahí con esos objetivos y esas compañías. Dónde se echó, querríamos saber, esos amigos empresarios que en dos tardes te ayudan a montar un entramado societario.Al caso aún le queda recorrido y falta despejar hasta qué punto la persecución a Zapatero es solo lawfare o hay ahí un verdadero foco de corrupción. Pero, de entrada, de los hechos admitidos emana algo francamente feo, una manera incomprensible de dilapidar un legado político. Propongo, para empezar, volver a poner en circulación la palabra codicia, tan precisa, y empezar a adjudicársela no solo a expresidentes que ejercen dudosas consultorías verbales, también a quien acumula más pisos de los que necesita para vivir y los pone en el mercado a precios abusivos solo porque­ puede, porque todo el mundo lo hace.La codicia a gran escala debería volver a estar mal vista. Puestos a invocar una emoción colectiva muy común, urge volver a preguntarse ante estos excesos: y todo esto, ¿para qué? Si para vivir ya tiene.