Donald Trump tiene entre ceja y ceja un nuevo objetivo: Cuba. La sucesión de declaraciones y actuaciones de la Administración republicana en los últimos días deja claro que la Casa Blanca no tiene suficiente con el colapso energético que sufre la isla, provocado por el bloqueo estadounidense. El “haremos algo pronto con Cuba, creo que puedo hacer lo que quiera con ella”, que el republicano expresó a mediados de marzo, va cobrando cuerpo.La imputación dictada en Miami por el Departamento de Justicia contra Raúl Castro, de 94 años, expresidente y hombre fuerte del régimen cubano, acusándole de cuatro asesinatos de ciudadanos estadounidenses tras el derribo de dos avionetas anticastristas en 1996, cuando él era ministro de Defensa, es el último paso dado por EE.UU. para situarse en un escenario similar al de Venezuela hace unos meses. Con esta imputación, Washington sigue el mismo guion que usó en el 2020 al acusar a Nicolás Maduro de narcotráfico, y que la Casa Blanca utilizó como base legal para la captura y traslado a Nueva York del en­tonces presidente venezolano, el pasado 3 de enero. Obviamente, el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, ha rechazado las acusaciones y asegura que Estados Unidos solo busca una excusa para una agresión militar a Cuba.En su estrategia de máxima presión sobre el régimen castrista, Trump se mueve entre el palo y la zanahoria, en su ya conocida política de cambios de opinión. Igual arremete contra el Gobierno cubano y le advierte sobre acciones militares, aludiendo a una supuesta amenaza de drones, que defiende la posibilidad de llegar a un pacto con La Habana que facilite cambios en el régimen y su apertura.Al imputar a Raúl Castro, EE.UU. justifica tener base legal para poder intervenir en la islaPor un lado, mantiene mediante un bloqueo petrolífero el ahogo energético total de la isla, que atraviesa una situación crítica y para cuyos habitantes la vida es cada día más difícil y desesperada por la escasez de alimentos, medicinas y energía eléctrica, y cuyas protestas en forma de caceroladas son tan estériles como reprimidas por el castrismo. Pero, por otro lado, EE.UU. envía a John Ratcliffe, el director de la CIA –la misma agencia a la que Cuba ha acusado durante décadas de sabotear su revolución– a entrevistarse con responsables del Ministerio del Interior en La Habana, entre los que estaba Raúl Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro.Ratcliffe transmitió una lista de exigencias de EE.UU. al tiempo que ofrecía 100 millones de dólares en ayuda para “reformas significativas del sistema comunista de Cuba”. Ayer, el secretario de Estado, Marco Rubio, dijo que el Gobierno cubano había aceptado esa ayuda, pero no es seguro que Washington acepte las condiciones puestas por La Habana, y añadió que la posibilidad de un acuerdo negociado y pacífico no es alta en este momento.El Gobierno de Trump ha endurecido la retórica sobre Cuba y ahora ha puesto el foco sobre Raúl Castro, de quien Rubio dijo que es “un fugitivo” de la justicia. El miércoles, en un mensaje en español a los cubanos, Rubio, hijo de inmigrantes cubanos, acusó al Gobierno castrista de corrupción, robo y represión. Afirmó que Castro no solo es un presunto asesino, sino que es el jefe máximo de Gaesa, un conglomerado empresarial militar que controla casi el 70% de la economía del país, y al que calificó como el gran expoliador de la isla, culpándole de la crisis energética. Rubio –que lleva tiempo fustigando al castrismo como motor de su carrera– ofreció una “nueva relación” entre los dos países, pero con la condición de que La Habana aplique drásticos cambios en su economía y acepte celebrar elecciones libres y multipartidistas.El presidente busca ahora en La Habana el cambio de régimen que no ha conseguido en IránLos movimientos de Trump contra Cuba tienen en gran parte el objetivo de distraer la atención de la opinión pública sobre su evidente fracaso para hallar una salida a la guerra contra Irán y desbloquear el estrecho de Ormuz, y de su incapacidad hasta ahora para terminar con el conflicto de Ucrania o avanzar en las etapas del plan de alto el fuego en Gaza. A Washington, en principio, le resultaría más fácil cambiar el régimen de La Habana que el de Teherán, copiando el modelo venezolano.La acusación contra Castro es un giro cualitativo en el enfrentamiento que EE.UU. mantiene desde hace casi 70 años con Cuba. Puede leerse como una maniobra de doble juego de Trump, que podría intentar presionar aún más al régimen cubano, buscando la colaboración de los miembros más débiles y pragmáticos dispuestos a dialogar. En otras palabras, buscar una Delcy Rodríguez cubana. Pero el frente legal abierto con la imputación de Castro también podría ser un pretexto para una acción militar o una incursión de fuerzas especiales como la que derrocó a Maduro en Caracas, si bien un enfrentamiento directo entre EE.UU. y Cuba tendría consecuencias imprevisibles y sería otro enorme desafío para los republicanos en las elecciones de mitad de mandato.