La sensación que quedó después de “A Todo Trigo”, que se celebró la semana pasada en Mar del Plata es que vamos mejorando. Porque allí se lanzó la primera estimación de la próxima cosecha de trigo, cuya siembra está comenzando ahora en el norte. Estoy convencido de que la cifra que se menea, de 22 millones de toneladas, se quedó exageradamente corta.Que contrasta demasiado con las 28 millones de toneladas de la campaña anterior, un récord absoluto, que sorprendió a todo el mundo porque solo una vez se habían superado, y ahí nomás, las 20 millones de toneladas. Todo un hito, compuesto por una superficie sembrada de 7 millones de hectáreas y un rinde promedio excepcional de 40 qq/ha. Esto último es lo que explica semejante cosechón. Ese rinde superó en un 50% el promedio de los cinco años anteriores.Por eso, cuando se observan el panorama en detalle, aparecen razones suficientes para pensar que el escenario podría ser bastante menos pesimista. En primer lugar, corresponde reevaluar la “excepcionalidad” de ese salto de rendimiento unitario. Veamos.El potencial de rendimiento, desde la irrupción de la genética introducida con el germoplasma francés (generación Baguette, que arrancó con Nidera y hoy está en todos los cultivares competitivos) a mediados de los 90, se elevó abruptamente. Como toda ruptura paradigmática, tuvo mucha resistencia. Pero como dice Jorge Castro, la realidad siempre se subleva.Los modelos vigentes en los 90 hablaban de un techo de rendimiento en el orden de los 50 quintales. Llamó de inmediato la atención de que muchos productores se arrimaron, casi de entrada, a los 100. Recuerdo que Carlos Villar, del CREA Pringles, triguero por antonomasia, quería replicar aquí el “Club de los 100 quintales” que se había fundado en Francia, replicando la experiencia del “Ten ton Club” de Gran Bretaña. Aquí andábamos debajo de los 20 como rinde nacional, así que la vara parecía demasiado alta.El año pasado, en todo el mapa triguero, desde la región centro hasta el sudeste, hemos visto infinidad de lotes de arriba de 80 quintales. Están documentados. Los mapas de rendimiento que entregan las cosechadoras no mienten. Por supuesto, hay una gran variabilidad, pero todos sienten que lo que antes era un techo, ahora puede ser un piso.Por supuesto, para esos 70 u 80 quintales hizo falta que el clima acompañe. Pero el promedio nacional fue la mitad. ¿Qué pasó? Que hubo zonas muy importantes en las que faltó el agua. Y sobre todo, hubo heladas tardías que pegaron muy fuerte en partes sustanciales del mapa triguero. Por ejemplo, en el sudeste, una de las zonas trigueras más importantes y de mayor potencial del país. En muchos partidos hubo pérdidas significativas de rendimiento, macollos dañados y lotes que quedaron muy por debajo de su capacidad productiva.Así y todo, llegamos a las 28 millones. Es decir: aun con castigo climático, la Argentina logró una cosecha gigantesca.Esto obliga a replantear la idea de que necesariamente deba producirse ahora una caída tan abrupta. A diferencia del año pasado, los perfiles arrancan bien cargados de humedad. Y todo indica que será un año bien regado, Niño mediante.El segundo argumento que se esgrime para justificar la caída posible de la producción es el achique del área sembrada, del orden de las 200.000 hectáreas. Pero llevada a números relativos, esa caída representa apenas cerca del 3% de la superficie total implantada. Resulta difícil imaginar que semejante ajuste explique por sí solo una reducción productiva de seis millones de toneladas, es decir, un 20%. Los pronosticadores estarían tomando un “rinde de tendencia”, apoyado en la experiencia de las campañas anteriores. De nuevo: no se debe analizar el futuro con los parámetros del pasado. Estamos aprendiendo mucho y rápido.Para que ocurriera esa caída, además de la baja marginal de área, debería verificarse un derrumbe muy fuerte de los rindes promedio nacionales. Y allí aparece el tercer supuesto del pronóstico: una menor aplicación de tecnología, particularmente fertilización nitrogenada, debido al fuerte aumento del precio de la urea.Es cierto que la urea subió abruptamente. Hoy vale aproximadamente el doble que hace un año. Pero también es cierto que el trigo cambió radicalmente de escenario económico. El cereal aumentó alrededor de 35% en su cotización internacional y mantiene una tendencia firme, impulsada por la incertidumbre climática global, tensiones geopolíticas y menor oferta exportable de algunos países competidores. Ayer pegó otro respingo de 10 dólares por tonelada, y cotiza a 260 dólares la posición diciembre en Chicago. Todo el hemisferio norte viene mal. Empezando por Estados Unidos, donde las grandes planicias trigueras están atravesando la peor sequía en 50 años. La misma que diezmó su stock de vientres, generando la escasez de carne y el aumento de las importaciones. Brasil también viene para atrás, Rusia (el principal exportador) estaría perdiendo 10 millones de toneladas, y en el sur la única competencia es Australia, que está también cerca de su techo y con un potencial notoriamente inferior al que ahora alcanzan estas pampas.Y en simultáneo, el precio de la urea está bajando. Traducido al lenguaje del productor: el trigo volvió a cerrar. Y cuando el trigo cierra, la fertilización no se abandona; se optimiza.De hecho, el debate actual ya no pasa solamente por cuánto nitrógeno aplicar, sino por cómo aprovechar mejor cada kilo de urea. Hoy se estima que alrededor del 40% del nitrógeno puede perderse por lixiviación o volatilización. Pero esos procesos ya no son inevitables. Existen manejos agronómicos que permiten reducir significativamente esas pérdidas y aumentar la eficiencia del fertilizante.Ahí aparece otro cambio silencioso, pero profundo, en la agricultura moderna. La nutrición dejó de ser un esquema lineal basado únicamente en nitrógeno, fósforo y azufre. Cada vez gana más espacio la estrategia de nutrición balanceada, incorporando micronutrientes como zinc y boro, que mejoran el metabolismo vegetal y favorecen un uso más eficiente del nitrógeno. Estos elementos intervienen en la producción de fitohormonas, especialmente auxinas, vinculadas con la síntesis de aminoácidos y el desarrollo vegetal.En otras palabras: no se trata solamente de poner más urea, sino de lograr que la planta transforme mejor ese nitrógeno en biomasa y proteína.También evolucionó la forma de aplicación. Los nuevos equipos permiten fraccionar las dosis de nitrógeno en dos o más etapas, acompañando la evolución climática y el estado real del cultivo. Esto reduce riesgos y mejora notablemente la eficiencia. Incluso los drones empiezan a jugar un papel importante: cada vez son más accesibles, reducen costos operativos y permiten aplicaciones precisas en momentos críticos, especialmente en lotes húmedos o difíciles de transitar.Y quizás lo más disruptivo venga de la mano de los fertilizantes biológicos. Para algunos incrédulos, “humo”. Pero se trata de productos de aplicación foliar, basadas en microorganismos capaces de establecer mecanismos de “mutualismo” con la planta. Cuando la hoja abre sus estomas para captar CO₂ —la materia prima de la fotosíntesis— también ingresan ciertos microorganismos que utilizan azúcares producidos por la planta y, a cambio, generan compuestos nitrogenados aprovechables. Una especie de microfábrica biológica de nitrógeno funcionando directamente sobre el cultivo.Todo esto muestra que el análisis puramente lineal entre “urea cara” y “menor producción” puede quedarse corto frente a la velocidad con que evolucionan la agronomía y la tecnología.Por supuesto, nadie puede garantizar hoy una nueva cosecha récord. Falta atravesar todo el invierno, la primavera y los momentos críticos de definición del rendimiento. Pero entre una campaña “normal” y un derrumbe de seis millones de toneladas hay una distancia importante.Para cerrar, un comentario. El año pasado, cuando maduraba el trigo, las estimaciones arrancaron en 21 millones de toneladas. Dijimos aquí que se quedaban cortos. Al mes, subieron a 23. Nosotros ya “veíamos” 25 o 26. Y nos animamos a cantar las 28.Fueron 28. Es el nuevo piso.
Se quedaron cortos con el trigo
La proyección de 22 millones de toneladas contrasta demasiado con la cosecha anterior.Mejoran los precios del cereal, baja la urea y se suman nuevas modalidades de fertilización y de aplicación.















