Hoy, el deporte puede aparecer donde menos te lo esperas, incluso en la Fundación Juan March. Concretamente, en una entrevista que el historiador Santos Juliá le hizo a Álvarez Junco, el gran investigador del mito de la nación española. En un momento de la conversación, preguntándose por la compleja identificación con el país que sienten sus ciudadanos, entre la exaltación, el desapego y el rechazo, Junco sacó a colación el grito de “yo soy español, español” que, a su juicio, paradójicamente sí había logrado identificar a una importante proporción de la población. Se estaba disertando sobre si en la dictadura al no ser uno ciudadano de un Estado, no podía ser nacional de la nación, pero toda esta serie de abstracciones teóricas quedaron sepultadas bajo una palabra: fútbol.
No tiene sentido engañarse. El fútbol en España es una afición mainstream que toca a todos los miembros de la familia y es capaz de paralizar el país en fechas señaladas. Si cuando juega la selección se reduce al mínimo el telediario, la última hora sobre Gaza y Ucrania se da en el descanso del encuentro. Y nada de eso es fruto de la dictadura ni de sus continuidades, ha sucedido en democracia.
En los estertores del franquismo y durante la Transición, la situación no era tan boyante para el fútbol en particular y el deporte en general. En las revistas especializadas se escribían columnas de opinión lamentando los estadios semivacíos y el desinterés de la juventud. Se decía que las gradas, entre nubes de farias y Varón Dandy, estaban envejecidas. Los adolescentes preferían el rock and roll y el cine –escribían– y contra eso poco se podía hacer.








