“La tradición del hielo y la nieve en España son lo que son”, asume May Peus, el presidente de la federación de deportes de invierno

Dos oros en 54 años; siete medallas en total en 90 años de participación olímpica invernal, desde el debut español en Garmish 1936.

¿Números rácanos para España, un país que tampoco es una mina de metales en los Juegos de verano? ¿O son Paquito Fernández Ochoa, su hermana Blanca, Regino Hernández, Javier Fernández, Queralt Castellet, Ana Alonso y Oriol Cardona sencillamente un milagro, un tesoro inaudito como un árbol en Tierra de Campos?

La nieve y el hielo son apenas una mancha mínima, una arruga en el mapa de la península más meridional europea. Una actividad minoritaria en un país en el que, hasta hace nada, el esquí de fin de semana o de semana blanca era una actividad de pijos, aristócratas y nuevos ricos, o de trabajadores de estación de esquí y sus familias, a los que, como a los profesionales o los caddies de golf, no les importaba nada bajar al barro de la competición y hacer lucir su talento. Es mucho más sencillo para un joven con talento deportivo lanzarse al fútbol, al tenis, al atletismo, al judo, al ciclismo, al baloncesto, a cualquier deporte antes que a la nieve. En todos ellos, aparte de un acceso más fácil, España cuenta con deportistas míticos, figuras que despiertan deseos de emulación. El éxito de la versión light olímpica del skimo español nace de la figura única de Kilian Jornet, el mejor de la historia en todo lo que es nieve, escalada, travesías, ultratrail, aventura extrema.