Hay instantes en los que flota en el ambiente una peculiar sensación de que está sucediendo algo especial. Como si la Historia estuviera marcando un hito en ese mismo momento y las personas que lo viven fueran perfectamente conscientes de que así es. Se crea una corriente de optimismo y comunidad que se convierte en el flujo principal, al que se van sumando, poco a poco, todos los estamentos. Instituciones, sociedad civil y empresas coinciden en un objetivo y la realidad se transforma un poco en esas escenas de película en las que la música acompaña a las imágenes; todo va bien, todo está en orden. Ocurrió, por ejemplo, con los Juegos Olímpicos celebrados en Barcelona en 1992. Incluso muchos años antes, cuando se anunció que la ciudad acogería la cita deportiva. Porque a las 13:30 del 17 de octubre de 1986, cuando Juan Antonio Samaranch pronunció aquellas cinco palabras —á la ville de Barcelona— el júbilo recorrió los 847 kilómetros que separan Lausana de la capital catalana y se instaló en sus calles. La ilusión de alcanzar un objetivo común —organizar brillantemente unos Juegos, aprovechar la oportunidad para mejorar la ciudad— une a miles de personas, 44.767 de las cuales participaran activamente como voluntarios.
Alegrías y tristezas olímpicas
Natalia Carrero ofrece una ficción alternativa al subidón que supusieron los juegos de Barcelona en 1992 en el libro ‘Vistas olímpicas’






