Llevando la contraria a una sociedad en la que las ideas trumpistas de confrontación y destrucción invaden las conductas, cracks como Sinner y Alcaraz proclaman amor y respeto, y muchos les siguen
En el año 394 d. C., un militar español fanático nacido en Coca, a orillas del Eresma y sus pinares espesos, el emperador romano Teodosio I, enfurecido contra el deporte, que busca la belleza corporal y la armonía del movimiento, y contra el helenismo, que significa razón y libre examen, promulgó un edicto que prohibía la celebración de los Juegos en el año 1.200 de su existencia y sumió a Olimpia en el olvido. El general Teodosio el Grande, titán del cristianismo y su expansión, seguramente se habría enfurecido más aún contemplando, ya en el siglo XXI, cómo los mejores deportistas del mundo, y quizás de la historia, aúnan no solo belleza, armonía y libertad de pensamiento, sino también un c...
ierto punto de inconsciencia, despreocupación y alegría infantil que los lleva a amar a sus rivales como hermanos verdaderos –no como Caín amaba a Abel—antes y después de haber peleado a muerte uno contra otro.
Teodosio habría prohibido la alegría, instaurado la obediencia, y los deportistas se habrían liberado para abrazarse como Carlos Alcaraz y Janik Sinner después y antes de sus finales en Grand Slam y Masters 1000, conscientes de que la grandeza de uno se mide por la grandeza del otro, o como Mondo Duplantis y Manolo Karalis en Tokio en celebración de un récord del mundo atómico, o como María Pérez con la rival italiana Antonella Palmisano, a la que invita con un sudoroso abrazo a subir a su podio de doble campeona mundial de marcha, y come con ella, cena con ella y se va de vacaciones en su compañía, o como los golfistas europeos de la Ryder Cup alzan a hombros a Shane Lowry, que firma la remontada imposible ante el imperio, y el primero que le exalta es otro irlandés, Rory McIlroy, que ha ganado por fin el Masters –y ya completa la colección de los cuatro grandes, y el mundo del golf se emociona–, y los haters de Bethpage Black, los aficionados norteamericanos que le lanzan cerveza y exabruptos, se tragan los insultos.






