El mismo día en el que estalló la guerra contra Irán, un proyectil israelí cayó sobre una pequeña estructura de seguridad a la entrada de una calle sin salida en Narmak, un barrio obrero del este de Teherán. Al fondo estaba la casa del expresidente Mahmud Ahmadineyad. La versión inicial, difundida por medios iraníes, fue que el político había muerto. Luego llegó la corrección: seguía vivo; los muertos eran sus supuestos “guardaespaldas”. Pero esos no eran sus guardaespaldas, sino miembros de la Guardia Revolucionaria que lo vigilaban y lo mantenían bajo arresto domiciliario. Y el ataque, lejos de ser un intento de matarlo, buscaba liberarlo. ¿Por qué querrían Estados Unidos e Israel liberar a Mahmud Ahmadineyad, probablemente el único presidente iraní que un occidental puede recordar sin mirar Wikipedia gracias a sus discursos delirantes? Durante su mandato, entre 2005 y 2013, describió al gobierno israelí como un “cadáver apestoso”, una “rata muerta” y un régimen que debe “desaparecer de la página del tiempo”. También se refirió al Holocausto como una “leyenda inventada” y dijo, ante la Asamblea General de la ONU, que la mayoría del planeta creía que EEUU había organizado los atentados del 11 de septiembre de 2001. La respuesta, según ha revelado este miércoles una investigación de The New York Times, es que Israel y Estados Unidos habían pensado en convertir a su antiguo enemigo en el rostro de un cambio de régimen en Irán. Según el diario, el plan fue desarrollado por los israelíes y comunicado a altos cargos estadounidenses. Ahmadineyad había sido consultado al respecto, aunque no está claro quién lo contactó, en qué términos aceptó participar ni qué papel exacto esperaba desempeñar después de los primeros ataques. De acuerdo con dos funcionarios israelíes citados por el rotativo, la estrategia preveía varias fases. Primero, ataques aéreos de Israel y Estados Unidos contra la cúpula política y militar iraní. Después, la movilización de fuerzas kurdas contra unidades iraníes. En paralelo, campañas de influencia destinadas a extender la percepción de que el régimen había perdido el control del país. La última fase debía ser la creación de un “gobierno alternativo”. Ahmadineyad encajaba en ese esquema porque seguía siendo una figura conocida dentro de Irán y, al mismo tiempo, llevaba años enfrentado con la dirección de la República Islámica. Después de dejar el poder, intentó volver a presentarse a las elecciones presidenciales en 2017, 2021 y 2024, pero el Consejo de Guardianes bloqueó sus candidaturas. También empezó a acusar a altos cargos del país de corrupción, mala gestión y abuso de poder. En los últimos años, Ahmadineyad también había dado algunas señales que alimentaron las sospechas sobre sus contactos exteriores. En 2019, en una entrevista con el propio NYT, elogió a Trump y defendió un acercamiento entre Irán y Estados Unidos. “Trump es un hombre de acción”, dijo entonces. “Es un empresario y, por tanto, es capaz de calcular costes y beneficios y tomar una decisión”. En 2024 y 2025 viajó a Hungría, un país cuyo entonces primer ministro, Viktor Orbán, mantenía una relación cercana con su par israelí, Benjamin Netanyahu. Regresó de su última visitar a Budapest pocos días antes de que Israel comenzara una oleada de ataques contra Irán con el respaldo de EEUU. Durante este conflicto, conocido como la guerra de los 12 días, mantuvo un perfil bajo y publicó pocos mensajes en redes sociales, algo que llamó la atención entre usuarios iraníes. Para los planificadores israelíes, Ahmadineyad podía hablar el lenguaje de la República Islámica, apelar a sectores populares que aún recordaban su etapa en el poder y, al mismo tiempo, atacar a los actuales dirigentes. La apuesta era que, si el régimen quedaba descabezado y bajo presión militar, Ahmadineyad podía aparecer como una figura de reemplazo con suficiente reconocimiento nacional y con una mayor predisposición de negociar con Estados Unidos. Un Delcy Rodríguez persa. Pero el plan falló desde el minuto uno. El ataque que debía liberar a Ahmadineyad lo dejó herido y, según una fuente cercana al expresidente citada por el NYT, también hizo que perdiera todo atisbo de confianza en la operación. Desde entonces, no ha vuelto a aparecer en público y su paradero es desconocido. Tampoco funcionó el resto de la secuencia prevista. Los ataques iniciales eliminaron a una parte importante de la cúpula iraní, incluido el líder supremo, Alí Jamenei, pero no provocaron el derrumbe del sistema. Además, varios de los posibles interlocutores que Washington había identificado para una posible transición murieron en los bombardeos. “La mayoría de la gente que teníamos en mente está muerta”, reconoció el propio Trump a comienzos de marzo. La movilización kurda y las campañas de influencia tampoco produjeron el efecto esperado. Tras esos fracasos, la Casa Blanca abandonó rápidamente de la idea de un cambio de régimen. Eso, pese a que Trump había comenzado la guerra con un mensaje directo a los iraníes: “Cuando terminemos, tomad el control de vuestro Gobierno. Será vuestro si queréis tomarlo”. Poco más de un mes después, en su discurso del estado de la Unión ante el Congreso, afirmaba lo siguiente: “Nunca hablamos de cambio de régimen, pero el cambio de régimen se ha producido por la muerte de todos sus líderes originales”. El mismo día en el que estalló la guerra contra Irán, un proyectil israelí cayó sobre una pequeña estructura de seguridad a la entrada de una calle sin salida en Narmak, un barrio obrero del este de Teherán. Al fondo estaba la casa del expresidente Mahmud Ahmadineyad. La versión inicial, difundida por medios iraníes, fue que el político había muerto. Luego llegó la corrección: seguía vivo; los muertos eran sus supuestos “guardaespaldas”.
Un 'Delcy' persa: así fue el plan más delirante de Israel y EEUU para cambiar el régimen iraní
Según ha revelado este miércoles una investigación de The New York Times, Israel y Estados Unidos habían pensado en convertir a Mahmud Ahmadineyad en el rostro de un cambio de régimen en Irán










