Las noticias sorprenden, indignan, alegran o entristecen. Nunca causan indiferencia. Algunas, como la detención de Jonathan Andic, dejan, simplemente y nada menos, ese mal sabor de boca contra el que no hay dentífrico o enjuague que valga.Me incluyo en la lista de saludados de Isak Andic y aclarando esto no aspiro a darme importancia –pecado muy del oficio, yo el primero–, sino a argumentar ese mal sabor de boca, propio de toda tragedia shakespeariana. Y esta lo es. Mané EspinosaCompartimos dos cenas de unos diez invitados en casa de uno de sus buenos amigos y vecino. En la primera, Andic me pareció reservado y poco dado a protagonismos. Mi sorpresa llegó cuando me preguntó si veía posibilidades de una insurrección contra Putin. ¡Ni la intuía! Menos mal que añadí que pobre del que lo intentara.... Dos o tres semanas después, Prigozhin enviaba sus mercenarios de Wagner camino de Moscú.Isak Andic me pareció un hombre justo, de los que hoy dirían que dejemos actuar a la justiciaLa segunda cena aprecié una personalidad más calurosa y de una cordialidad auténtica, en las antípodas de los vendedores de humo. Ahí me ganó porque siendo la primera fortuna de Catalunya escuchaba, incluso a un mindundi recién llegado de Israel en plena guerra. Lo último que hizo fue soltar sus opiniones y tratar de imponer sus puntos de vista. Transmitía ese magnetismo de los grandes, con el añadido del hombre hecho a sí mismo. Del empresario al que nadie ha regalado nada y merece hasta el último euro de su fortuna. En este país, como en todos, faltan personas así. De las que a fuerza de exigir derechos olvidan las obligaciones andamos ya sobrados.Coincidimos por última vez en la fiesta del premio Planeta, 15 de octubre del 2024. Tuvo el detalle de acercarse a saludar. Un gesto que nadie clasista hubiese tenido (el clasismo es un defecto muy interclasista en España). El 14 de diciembre murió como murió, sin tiempo para seguir disfrutando de la vida, los vinos, la navegación y cuantos placeres se había ganado a pulso, haciéndose rico y creando riqueza para los demás.Me pareció un hombre justo, de los que hoy dirían que dejemos trabajar a la justicia y no hablar por hablar. Y eso intensifica el mal sabor de boca por tot plegat.Nacido en Barcelona, licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra y becado un curso en la Missouri-Columbia University, entró en 'La Vanguardia' en 1982, donde ha hecho casi de todo. Corresponsal en Hong Kong (1987-1993), Washington (1993-96) y París (1996 al 2000). Ha cubierto tres elecciones presidenciales en EE.UU., tres en Francia, las guerras de Kuwait, Irak, Ucrania y Gaza, los funerales de Hiro Hito, Rajiv Gandhi, Deng Xiaoping, Nixon o Hassan II, el 11-S de Nueva York, el accidente nuclear de Fukushima así como tres mundiales de fútbol y los JJ.OO de Seúl, Barcelona, Atlanta y Atenas. Redactor jefe de Internacional y actualmente articulista del diario. Ha perpetrado tres libros: 'Menuda tropa', 'Esta ronda la pago yo' y 'Cuando de dejan'.
Qué mal sabor de boca..., por Joaquín Luna
Las noticias sorprenden, indignan, alegran o entristecen. Nunca causan indiferencia. Algunas, como la detención de Jonathan Andic, dejan, simplemente y nada menos, ese mal sabor de boca contra el que no hay dentífrico o enjuague que valga. Me incluyo en la lista de saludados de...








