Cuando el miedo arrecia, la gente experimenta una patológica necesidad de encontrar culpables

Una querida amiga argentina que vive en nuestro país me llamó angustiada hace algunos días porque había escuchado alguna entrevista radiofónica y ciertos comentarios de compañeros de trabajo en los que se estigmatizaba a los argentinos por el hantavirus. Yo no he percibido nada de esto, por lo menos hasta el momento en que escribo estas líneas, pero no dudo de la existencia de un puñado de bocazas mentecatos dispuestos a culpar de todo a los argentinos o al primero que se les ponga a tiro, porque el ser humano es así de necio y de rastrero. En fin, espero que, para cuando lean esto (repetiré la cansina cantinela de que redacto el artículo 15 días antes de su publicación), la crisis del nuevo virus haya remitido, pero, si no es así, no sólo estoy segura de que aumentará la fobia antiargentina, sino que, además, los españoles también pasaremos a formar parte de la primera línea del pim, pam, pum de los descerebrados. Porque ya saben que, transidos de congoja y de esperanza, intentamos decirnos que las situaciones graves sacan lo mejor de los humanos, y bueno, vale, acepto pulpo como animal de compañía, en parte es posible que sea así, pero por otro lado también emergen las mezquindades como imparables géiseres.