En mi familia las mujeres siempre están haciendo dieta u operándose para bajar de peso. Algunas lo han hecho varias veces a lo largo de su vida, y hace unos años, incluso, me enteré de que una se había sacado el estómago. Al principio pensé que era un error, ¿cómo una persona va a vivir sin estómago?, me pregunté. O, peor aún, ¿cómo un médico va a acceder a realizar ese tipo de operación? Luego descubrí que se puede y se hace, por diversos motivos, no solo estéticos, y que es posible adquirir de formas alternativas los nutrientes necesarios para seguir funcionando. No lo juzgo, porque creo que se debe haber atravesado una lucha muy tremenda para haber llegado a tomar esa decisión, pero me preocupa. Sé que la relación de las mujeres de mi familia con la comida tiene que ver con estructuras sociales, que van más allá de nuestro núcleo. Somos parte de una cultura que, pese a todos los discursos reivindicatorios y el body positive, sigue juzgándonos en función de qué tan cerca estamos de los estándares de belleza. Sin embargo, como dice la doctora en psicología, Clarissa Pinkola Estés, en su libro “Mujeres que corren con lobos”, algunas familias actúan como una especie de escudo o amortiguador de ese tipo de lógicas, mientras otras terminan reforzándolas implícita o explícitamente. Mi familia es un ejemplo de esto último.Crecí escuchando comentarios sobre los cuerpos de las personas: juicios y bromas sobre quienes subían o bajaban de peso, lo bien o mal que les quedaba la ropa, o lo linda y lindo que era cierto niño o niña de la familia, el barrio o el colegio. Por cierto, la presión de la delgadez operaba particularmente sobre las mujeres. Tanto así, que mi abuela materna tenía una loza especial para todos sus nietos y yernos; unos platos tan grandes que parecían ensaladeras. Las mujeres, en cambio, comíamos en platos de tamaño normal, y como éramos las últimas en sentarnos, generalmente comíamos lo que quedaba. Recordando esos detalles, pienso que no es casual que tres de las mujeres de mi generación hayamos tenido trastornos alimenticios, y que la mayoría se siga relacionando con la comida desde la ansiedad en vez del goce o la nutrición. Es como si nunca hubiésemos tenido derecho a ocupar ese espacio y tuviésemos que permanecer diminutas para encajar en algún resquicio sobrante.Aunque llevo décadas sin recaídas, mi trauma con el peso es algo que me acompaña hasta el día de hoy; así como a mis primas, a mis tías, y a muchas otras mujeres. Me sigo sintiendo culpable cuando como más de la cuenta y casi todos los días, salvo pocas excepciones, vigilo mi peso, los cambios de mi cuerpo y mi apetito. Incluso a veces me premio o me castigo con comida o bebestibles, aunque sé que está mal. La mayor parte del tiempo me siento bien respecto a mi apariencia, pero ha sido difícil interiorizar otros estándares de belleza cuando los primeros me fueron inculcados con tanta violencia. Pasé muchos años juzgando en silencio la apariencia de otras mujeres, asumiendo que su sobrepeso era sinónimo de mala salud o infelicidad, o que había ropa que solo personas delgadas y curvilíneas tenían derecho a usar. Fue triste darme cuenta de lo injusta que estaba siendo, no solo con el resto, sino también conmigo. Porque esos parámetros que yo le exigía al resto también me los exigía a mí y me impedían experimentar a cabalidad sensaciones importantes por el solo hecho de no cumplirlos, como sentirme atractiva, deseable o simplemente digna de afecto. Hoy siento que soy capaz de maravillarme de manera genuina con la diversidad de cuerpos y estilos con los que me topo diariamente. He aprendido a aceptar también que, a pesar de la presión con la que he vivido por calzar con los estándares de belleza, siempre me ha importado mucho más la personalidad y los intereses de las personas, que su aspecto. Gracias al aprendizaje que da el paso del tiempo y la terapia, mi concepción de lo que es atractivo se ha ido complejizando. Al final, lo que anima un cuerpo siempre me va a parecer mucho más atrayente que el cuerpo en sí. Me he cuidado también de caer en el dogma inverso de obligarme a sentirme linda todo el tiempo. Hay días en que siento que mi aspecto es irrelevante y otros en los que derechamente me encuentro horrible, pero mientras no se convierta en un pensamiento obsesivo, no me preocupo.En lo que sí pienso mucho es en las nuevas generaciones de niñas y adolescentes que, por su etapa vital, se encuentran mucho más susceptibles a discursos que buscan normar, no solo su apariencia, sino la percepción que tienen de ellas mismas. Me preocupa su constante exposición a imágenes photoshopeadas de mujeres famosas, actrices, cantantes e influencers que se operan constantemente para calzar con el prototipo de turno, sea este la voluptuosidad o la delgadez extrema. No soy madre, pero me consta que muchas mujeres de mi edad se esfuerzan día a día porque la apariencia física no sea un eje en la identidad de sus hijas e hijos. A ellas les agradezco, y espero de corazón que quienes no cuentan con ese tipo de apoyo puedan encontrar en otros espacios la contención necesaria para entender que estar en paz consigo mismas es más importante que adecuarse a cualquier estándar.NEWSLETTERPaulaJueves, AMLos temas que atraviesan nuestra vida: género, amor, sexualidad, maternidad, trabajo y más. Relatos que interpelan, resuenan y abren preguntas.Al suscribirte estás aceptando los Términos y Condiciones y las Políticas de Privacidad de La Tercera.