El ciclo de elecciones autonómicas que comenzó en Extremadura y ha terminado en Andalucía deja un paisaje político áspero para los dos grandes partidos. El PSOE sale claramente derrotado, hundido, pero el PP dista mucho de haber construido una hegemonía sólida. Lo que emerge es un sistema dependiente de los extremos y marcado por la erosión de sus liderazgos tradicionales. Para los socialistas, el balance resulta particularmente severo. Andalucía tenía un fuerte valor simbólico: no solo por su peso demográfico y político, sino porque allí el PSOE construyó durante décadas una cultura de poder casi orgánica. La incapacidad para recuperar terreno confirma que el desgaste del sanchismo ya no puede explicarse únicamente por coyunturas. Existe también un problema de credibilidad territorial y de agotamiento de figuras llamadas a encarnar el relevo. El caso de María Jesús Montero es especialmente significativo. Convertida en primera espada del partido y proyectada como referente político en Andalucía, sale dañada de un ciclo electoral que debía servir para consolidar su liderazgo. Algo parecido ocurre con Pilar Alegría en Aragón: su exposición nacional no se ha traducido en fortaleza autonómica. Son derrotas que pesan más porque afectan a dirigentes promocionados directamente por el núcleo presidencial y porque revelan las dificultades del PSOE para reconstruir poder territorial fuera de sus alianzas parlamentarias en el Congreso. Pero sería un error interpretar estos resultados como la confirmación de una alternativa estable encabezada por el PP. Los populares aguantan, sí, pero lo hacen a costa de una dependencia creciente de Vox, cuya influencia para a ser estructural. El problema para Alberto Núñez Feijóo no es solo aritmético, sino estratégico: cuanto más poder territorial acumula el PP, más difícil le resulta sostener la imagen de una derecha homologable a la alemana desligada de la extrema derecha. La paradoja es evidente. El PSOE pierde poder porque aparece preso de sus socios izquierdistas e independentistas, y de una estrategia de supervivencia personal de Pedro Sánchez; el PP conserva posiciones, pero a costa de asumir una tutela política cada vez más incómoda. Nadie consigue ocupar el espacio central que articuló la política española durante décadas. El resultado final de este largo ciclo autonómico es una profundización del bloqueo del mapa político. El bipartidismo resiste en votos, pero ya no posee autonomía suficiente para gobernar sin apoyos que condicionan decisivamente su orientación política. Y eso anticipa una etapa más crispada, más territorializada (como lo ejemplifica el éxito de la nacionalista Adelante Andalucía) y menos capaz de reconstruir consensos de fondo.