Suleiman Zeidouni es el último ganadero libanés antes de la zona bajo ocupación israelí. Frente a su granja, en el descenso del municipio de Qlaya, se encuentra la planicie de Marjayún, una superficie agrícola en el sur de Líbano a la que Israel impide el acceso. En tres años de bombardeos israelíes, más del 22% de las tierras de cultivo del país han sufrido daños.Convertido en un paisaje atroz, que resulta inevitable de observar desde Qalaya, y cuya inverosimilitud hace que parezca un montaje, el municipio de Al Jiam luce en la colina de enfrente como una extensión arrasada y grisácea, sobre un valle verde y bajo el cielo azul a apenas cuatro kilómetros de la frontera israelí. A su espalda, Zeidouni tiene su pueblo, que todavía se sostiene en pie, y cuya capacidad de permanencia siente que pesa sobre sus hombros.“Yo sostengo a Qlaya”, explica este trabajador, de 49 años, a EL PAÍS. El ganadero, el único de la zona que continúa elaborando productos lácteos, ve con preocupación que su actividad sea uno de los últimos hilos de los que pende un municipio rodeado por la guerra. A diferencia de otros lugares de alrededor, Israel no ha forzado el desalojo indiscriminado en Qlaya, una de las pocas localidades fronterizas de mayoría cristiana y donde Hezbolá no tiene presencia.“¿Ves esa carretera?”, pregunta Zeidouni, señalando un punto entre su granja y el límite del llano. “De ahí para abajo nadie pasa”, relata. La llanura, un triángulo entre Qlaya, Al Jiam y Bourj el Mlouk, limítrofe con Israel, estaba antes “llena de agricultores”. Durante el verano, cultivaban pepinos, tomates o sandías; en invierno, cereales. “Ahora es una zona de muerte”, lamenta una vecina que pide no ser nombrada. “A veces vemos al ejército israelí pasar de noche con bulldozers, pero desconocemos qué hacen”, añade.Ambos residentes, que piden no fotografiar el paisaje por miedo a que Israel dispare, dialogan entre explosiones mayúsculas que suceden a lo lejos. Son las detonaciones controladas con las que Israel hace desaparecer gradualmente las 55 aldeas que mantiene bajo ocupación. Ahí ha destruido 10.600 hogares desde la supuesta tregua iniciada el pasado 17 de abril ―según el recuento que hace una institución vinculada al Gobierno, el Consejo Nacional de Investigación Científica del Líbano―, pero también bosques y campos de labranza. “No solo oímos las explosiones”, cuenta Zeidouni, refiriéndose al temblor de la tierra. Consciente de su papel para que Qlaya siga habitada, el trabajador mantiene su actividad durante la guerra. Cuando Israel aisló la región bombardeando puentes para cortar el movimiento de Hezbolá, se quedó en su posición para abastecer a quienes se quedaron. También para seguir comprando leche a otros productores. En su ausencia, “¿a quién se la venderían?”, pregunta.El ganadero sonríe amargamente cuando admite que las doce familias que emplea están “sentadas en casa” porque ha tenido que reducir la producción. Pese a todo, es de los pocos que sigue trabajando en el sur, una de las regiones más fértiles, donde la agricultura sostiene a más de un tercio de la población.La ofensiva israelí, que ha causado más de 3.000 víctimas mortales desde marzo y mantiene forzosamente desplazadas a 1,2 millones de personas a base de bombas, miedo y órdenes de desalojo —este martes, sobre 12 municipios más—, ha expulsado al 78% de los agricultores de la zona, según el ministerio de Agricultura libanés. La situación empuja al hambre a aquellos que alimentaban a Líbano. Este abril, la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (CIF), el sistema internacional apoyado por Naciones Unidas que calibra la situación alimentaria en el mundo, ha alertado de que una cuarta parte de la población del país —una porción similar a la desplazada— padece inseguridad alimentaria aguda: no pueden permitirse alimentos básicos o reducen comidas.Aunque los campesinos regresaran mañana, el sector seguiría de rodillas. Tras casi tres años de bombardeos, 18.600 hectáreas de tierras agrícolas meridionales, incluyendo en la planicie de Marjayún, han sido afectadas. La cifra supera las 56.000 hectáreas —un 22% del territorio cultivable nacional— si se incluyen las regiones de la Beká y Baalbek.El destrozo alcanza lugares de producción y distribución de alimentos. La voladura en 2024 del mercado histórico de Nabatie, una de las mayores ciudades del sur, ejemplifica las dificultades para que los productos locales encuentren salida. También para que la zona obtenga semillas, combustible o fertilizantes para sembrar y cosechar.La guerra, “el golpe mortal”“Los agricultores quieren cosechar porque empieza la temporada de verano, pero el ejército israelí les niega el paso aunque haya una tregua”, protesta Georges Chahine. Tras décadas en el sector, este campesino colabora con AVSI, una organización internacional que asiste a quienes permanecen en la zona durante la guerra, y que desde 2006 apoya a trabajadores del campo como Zeidouni con proyectos que crean empleo agrícola o instalan sistemas de riego e invernaderos.Chahine, que atiende a EL PAÍS ante la iglesia de Qlaya, asegura que el sector encadena malas temporadas desde 2019. El colapso de la libra libanesa frente al dólar desde ese año obstaculizó la comercialización de productos, llevando a los campesinos a invertir sus ahorros para preparar temporadas que, en plena pandemia, tampoco fueron boyantes. Y entonces llegó la guerra. “Fue el golpe mortal”, relata Chahine. En octubre de 2023, Hezbolá disparó contra Israel en apoyo a Gaza, propiciando una campaña militar israelí sobre el sur libanés, ininterrumpida hasta hoy. “Los agricultores habían preparado la tierra, comprando cultivos y aplicando pesticidas, pero Israel cerró el acceso en 2024”, lamenta. Ese verano, la falta de riego mató a limoneros, melocotoneros y aguacateros. Antes de emprender el exilio o ante la imposibilidad de alimentarlos debidamente, algunos ganaderos malvendieron sus animales. “Uno vendió 14 vacas valoradas en 43.000 euros por 8.000”, recuerda Chahine, reprochando a los compradores del norte, donde no hay guerra, una insolidaridad que magnifica la sensación de abandono en el sur. A otros les fue peor, y sus animales murieron o se perdieron en el campo abierto. Las vacas, cabras, ovejas y aves de corral “perdidas” desde 2023 superan los 1,8 millones, según Agricultura, que añade la destrucción de 29.000 colmenas y el malbaratamiento de 2.000 toneladas de pescado.Como en 2024, muchos campos tampoco tienen hoy quien los trabaje. “No poder llegar a lo que queda de nuestras tierras provoca tristeza y desesperación”, reconoce Hanna Daher, agricultor de 67 años de edad y alcalde de Qlaya. A Daher, que recuerda por teléfono que las familias del pueblo poseen los campos de alrededor desde hace siglos, el conflicto le ha propinado varios reveses. En 2024, las fuerzas israelíes “arrancaron de raíz” 600 olivos que había plantado con sus manos en 1985 con su “difunto padre”. Ahora, Israel sigue negándole la planicie de Marjayún, donde tiene hectáreas de trigo y de hortalizas, además de mil aguacateros, melocotoneros o nogales. “Hemos perdido centenares de miles de euros”, señala.Impacto en el medio ambiente El impacto de la ofensiva israelí sobre el medio ambiente provocó pérdidas de 600 millones de euros hasta 2025 ―según un estudio reciente, en el que participa el ministerio de Medio Ambiente―, que no incluye las pérdidas tras el regreso de la guerra abierta en marzo. En la investigación, el ministerio acusa a Israel de ecocidio al dañar el entorno “intencionadamente”, y se registran 2.154 hectáreas de huertos quemadas ―incluyendo 814 de olivos— y 500 de bosque afectadas.Militarmente, destruir la vegetación “impide que Hezbolá se esconda”, señala Ahmed Baydoun, investigador de la Universidad Delft de los Países Bajos. Arrasar campos y bosques —como uno de robles en Yarún— anula también “el principal sector económico del área” y crea “una tierra de nadie”.Baydoun recuerda el uso de glifosato, una sustancia química ampliamente utilizada en productos herbicidas. En febrero, Beirut acusó a Israel de lanzar sobre el sur ese herbicida, que la Organización Mundial de la Salud clasifica como “probablemente cancerígeno”, en concentraciones “hasta 30 veces” superiores a lo permitido. Pero la herramienta más utilizada por Israel para quemar tierras es el fósforo blanco. Baydoun registró 248 bombardeos con esa sustancia —que alcanza hasta 800 grados al exponerse al oxígeno—, desde 2023 hasta noviembre de 2024. Israel llevó a cabo el 98% de esos disparos dentro de lo que hoy describe como Línea Amarilla, la franja fronteriza que ocupan sus tropas y donde expertos de la ONU denuncian una posible limpieza étnica. Algunos fueron sobre áreas residenciales, incumpliendo el derecho internacional. En 2024, la experiencia acumulada tras el uso bélico por parte de Israel de ese producto levantó la sospecha de que 15 cascos azules atendidos lo fueron por inhalación del químico, a diferencia de 1982, cuando el diario The Washington Post informó sobre la sorpresa que generó entre los doctores en Beirut ―que desconocían los efectos del fósforo blanco entonces― al recibir pacientes con el cuerpo humeante tras bombardeos israelíes sobre la capital.Zeidouni, mientras faena ante una llanura de Marjayún donde ha visto los disparos de fósforo blanco, sabe que esos campos volverán a estar quemados y amarillos en un mes, como en 2024. Daher, apartado de sus árboles, teme lo peor. “Si no logramos desbrozarlos, los incendios podrían arrasarlo todo”, anticipa. “Entonces”, concluye, “no habrá razón para permanecer aquí”.
Tierra quemada por Israel en los campos del sur de Líbano
El Estado judío ha dañado el 22% de las zonas de cultivo del país vecino y expulsado al 78% de los agricultores del área meridional













