España no necesita propaganda para defender su historia. Isabel Díaz Ayuso no ha ido a México a defender España. Ha ido a utilizar una versión simplificada de España para alimentar su propia batalla política. La pregunta no es si España debe conocer, valorar o defender su historia. Claro que debe hacerlo. La pregunta es otra: ¿puede una presidenta autonómica usar la historia, un país hermano y las instituciones madrileñas como decorado de una estrategia personal? A mi juicio, no.PublicidadEl viaje a México no puede entenderse solo como una torpeza, ni como una simple provocación que ha salido mal. Ha sido algo más reconocible: una operación política. México ha sido el escenario; Hernán Cortés, el pretexto; la disputa por el liderazgo de la derecha española, el verdadero asunto.Ayuso busca varias cosas a la vez. Intenta disputar a Pedro Sánchez una proyección internacional que no se improvisa con gestos. Trata de competir con Vox en el terreno del españolismo emocional. Refuerza su papel dentro del PP como dirigente nacional en campaña permanente. Y utiliza Madrid como plataforma de una ambición que ya no se esconde demasiado.Su larga marcha hacia la Moncloa pasando por Génova tiene un problema: en el camino, las instituciones madrileñas acaban convertidas en instrumento de una carrera personal. La ambición política es legítima; no lo es subordinar la acción institucional de una comunidad autónoma a esa ambición.Vamos al terreno de los hechos. Si el viaje era económico, ¿qué inversiones concretas se han cerrado? Si era cultural, ¿qué resultados ha producido? Si era institucional, ¿qué acuerdos se han firmado? ¿Cuál ha sido el coste total? ¿Qué agenda real se cumplió? ¿Qué beneficio concreto ha obtenido Madrid? Porque lo que hemos visto no ha sido una acción exterior útil, prudente y bien medida. Lo que hemos visto ha sido ruido, tensión, titulares negativos y una nueva escena de confrontación política. Y Madrid no necesita que su presidenta monte broncas simbólicas en el extranjero. Necesita que defienda sus intereses reales: la educación pública, la sanidad, la vivienda, las universidades, el transporte, la investigación, la cultura y los servicios públicos.PublicidadLa derecha madrileña dice que con este viaje se defiende España. Pero defender España no es convertir su historia en propaganda. Defender España es conocerla bien, con orgullo cuando corresponde y con lucidez cuando incómoda.La historia común entre España y América ha dado lugar a una realidad cultural, lingüística, humana y social de enorme valor. El mundo hispánico existe. La lengua compartida existe. Los vínculos familiares, culturales y sociales existen. El mestizaje existe y es una realidad fundamental para entender México y buena parte de América Latina. Negar todo eso sería absurdo.Pero reconocer esa realidad no obliga a maquillar la conquista. La conquista de México fue un proceso violento, imperial y traumático. Hubo guerra, dominación, explotación, imposición religiosa, destrucción de poderes indígenas y reorganización colonial. Eso también forma parte de la historia. No de una "leyenda negra", sino de la historia.PublicidadAhora bien, tampoco sirve sustituir una simplificación por otra. La conquista no fue una película sencilla de españoles malos contra indígenas buenos. El mundo mesoamericano era plural, complejo y conflictivo. No existía México como Estado nacional moderno. Había pueblos, señoríos, alianzas, rivalidades y poderes enfrentados. Muchos pueblos indígenas se aliaron con Cortés contra el dominio mexica. Las epidemias fueron decisivas. El mestizaje posterior cambió de manera profunda la historia de ambos lados del Atlántico.Dicho de forma sencilla: fue violencia y fue complejidad. Las dos cosas. Por eso resulta tan pobre convertir aquel proceso en un eslogan político. La historia no sirve para que cada partido elija un héroe y lo ponga en una pancarta. Sirve para entender qué pasó, por qué pasó, quién ganó, quién perdió, qué consecuencias tuvo y qué heridas dejó abiertas.Ayuso no está haciendo eso. No está invitando a entender. Está invitando a tomar partido. Y cuando la historia se usa así, no se pide a la gente que piense: se le pide que reaccione.Ese es el verdadero problema educativo y democrático. Hablo como responsable político en materia educativa, pero también como profesor de Historia. Me preocupa que desde las instituciones se transmitan relatos cerrados, simples y emocionales sobre procesos que deberían estudiarse con rigor. Porque la ciudadanía aprende historia en las aulas, sí, pero también en los discursos públicos, en los medios, en las campañas y en los gestos de quienes gobiernan.Cuando una presidenta convierte cinco siglos de historia en cinco frases para redes sociales, no está defendiendo la cultura. La está empobreciendo. Y esto no significa que la izquierda deba caer en la trampa contraria. No se combate una leyenda rosa con una leyenda negra. No se responde a la propaganda con propaganda inversa. La conquista de América debe estudiarse con toda su dureza y con toda su complejidad. Sin esconder la violencia colonial. Sin negar el mestizaje. Sin borrar a los pueblos indígenas. Sin convertir a Cortés en santo ni en demonio. Sin aplicar mecánicamente conceptos actuales a realidades de hace cinco siglos. Sin usar la historia como arma arrojadiza.También en México existen usos políticos del pasado. También allí hay relatos oficiales, simplificaciones e intereses presentes que miran al pasado buscando legitimidad. Pero eso no exime a Ayuso de responder por lo que ella ha hecho como presidenta de la Comunidad de Madrid y en nombre de los madrileños.La crítica principal, por tanto, no es que haya hablado de Hernán Cortés. Se puede hablar de Cortés. Se debe hablar de Cortés. La crítica es que lo haya usado como cartel electoral. Que haya convertido una relación histórica y cultural de enorme importancia en una bronca de consumo interno. Que haya presentado como defensa de España lo que en realidad encaja mucho más con una estrategia personal dentro de la derecha.La historia de España no necesita ser blanqueada para ser defendida. Necesita ser conocida. Esa debería ser una posición compartida por cualquier demócrata. Se puede querer a un país sin falsificarlo. Se puede sentir orgullo por una tradición histórica sin convertirla en caricatura. Se puede defender la lengua, la cultura y los vínculos entre España y América sin negar la violencia de la conquista. Y se puede criticar el uso partidista del pasado sin caer en el desprecio a la propia historia.PublicidadLo que no se puede es utilizar las instituciones públicas para fabricar conflictos útiles a una carrera personal. Lo que no se puede es confundir Madrid con un plató permanente. Lo que no se puede es pedir a los ciudadanos que aplaudan una operación política envuelta en banderas y presentada como defensa de la historia.España no necesita propaganda para defender su historia. Madrid no necesita una presidenta que use el pasado como coartada de su ambición. Y la democracia no necesita más consignas: necesita más conocimiento, más rigor y más respeto por la inteligencia de la ciudadanía.Defender España no es montar una bronca en México. Defender España es conocer su historia sin miedo. Defender Madrid no es usar sus instituciones como trampolín personal. Defender Madrid es gobernar para los madrileños.
Ayuso, el viaje a México y la disputa por el liderazgo de la derecha
Cuando una presidenta convierte cinco siglos de historia en cinco frases para redes sociales, no está defendiendo la cultura. La está empobreciendo













