Díaz Ayuso demuestra que está dispuesta incluso a boicotear la diplomacia española para alimentar su perfil político
La visita de más de 10 días de Isabel Díaz Ayuso a México no puede entenderse como un gesto inocuo. Supone, más bien, la irrupción de una lógica política doméstica en un momento particularmente delicado de las relaciones entre España y México. Tras años de desencuentros, ambos gobiernos habían comenzado a reconstruir puentes sobre una base más madura: el reconocimiento de los agravios históricos, la voluntad de cooperación y la apuesta por una narrativa compartida. Ese proceso, todavía incipiente, requiere prudencia, inteligencia política y respeto a los símbolos. Requiere entender que la historia común no es un campo de batalla ideológico, sino un terreno complejo donde conviven memoria, dolor y vínculos culturales profundos. Frente a ello, Ayuso ha optado por la estridencia.
Su homenaje en la capital mexicana a Hernán Cortés, acompañado de una reivindicación acrítica de la Conquista como proceso civilizatorio, no solo ha provocado rechazo social y político en México, sino que ha reactivado las peores inercias de un debate que ambos gobiernos trataban de encauzar. No es casual que el acto generara protestas de comunidades indígenas: el gesto no fue leído como un ejercicio historiográfico, sino como una provocación política.








